viernes, enero 25, 2013

¿Quién mató al capitalismo?


Mientras unos debaten el Socialismo del Siglo XXI y otros reclaman un mundo alternativo alejado de los dos extremos ideológicos tradicionales, nadie encuentra respuesta a otra gran pregunta de nuestra era: ¿Quién ha acabado con el capitalismo? Y es que el modelo capitalista que mantuvo a la economía funcionando desde la revolución industrial se ha derrumbado y ha sido sustituido por otro modelo que algunos definen como  la economía de Internet, aunque tecnología tiene mucho y economía, salvo en el sentido del ‘ahorro’, tiene más bien poco.

A ver si me explico: Todo esto empezó en algún momento a mediados de los años ’90 cuando el uso de Internet empezó a generalizarse en los países avanzados y algunos empresarios –principalmente de los medios de comunicación, aunque luego se extendería a otros sectores- tuvieron la genial idea de compartir el conocimiento de todos de forma ‘pro bono’, es decir sin cobrar un duro. Hasta aquel momento, una parte importante de la población –entre la que me incluyo– invertía una media de unos 40 euros por cabeza y mes (unas 6000 pesetas) en prensa escrita. Gracias a estos millones de inversores, existía un sector muy profesionalizado que daba empleo a cientos de miles de personas y echaba luz sobre las actividades de las empresas y los responsables públicos. Un negocio capitalista, sin lugar a dudas, controlado por los grandes magnates de la comunicación, y que se basaba en el concepto de cobrar por un servicio útil para la sociedad y así generar una riqueza inmensa, una parte de la cual, es cierto, se reinvertía en causas sociales y otra parte en actividades menos benéficas. Un modelo criticable como todos pero que permitía a muchas personas de clase media dedicarse a una actividad profesional apasionante y a vivir moderadamente bien.

Pues, a mediados de los ’90 casi de la noche a la mañana esos mismos empresarios se dieron cuenta de que esa información, de la que dependían las democracias liberales para su buen funcionamiento, se podía ofrecer de forma electrónica a través de Internet. Y para impulsar ese nuevo modelo decidieron ofrecer los mismos contenidos por los que hasta entonces cobraban de forma totalmente gratuita. Por consiguiente, los que antes gastábamos unos 40 euros mensuales en información no dejamos de gastar esa cantidad, pero no la invertimos en información sino en cables de fibra óptica. Ya no se enriquecían los Murdoch y los Polancos sino los Aliertas y los Villalongas y el fenómeno empezó a contagiarse a otros sectores que también vieron como podían ganar audiencia y visibilidad si ofrecían sus servicios en forma altruista o en el mejor de los casos, financiados por la publicidad. Una publicidad ofrecida por empresas que también prestaban sus servicios bien de forma gratuita o bien por unos precios cada vez más reducidos de manera que se formaba un círculo vicioso con cada vez menores niveles de consumo y menos dinero para los sectores que daban sustento a gran parte de la población.

Por supuesto la gente seguía gastando. Bueno, unos siguieron gastando. Unos pocos. Los ricos empezaron a invertir, no en bienes tangibles, sino en sectores especulativos como la construcción o los mercados financieros a la espera de cosechar gran riqueza. Sin embargo, tal y como se descubriría unos años más tarde, se trataba de poco más que de hilo de algodón; de humo, que con soplar un poco desaparecería y nos dejaría con un paisaje desértico y unas economías completamente empobrecidas en las que todos los bienes, tanto tangibles como intangibles, se habían financiado a base de deuda y el crédito llamaba la atención por su ausencia.

Y es que hoy, en Europa y Estados Unidos, no nos queda nada. Como nos explicó la revista, The Economist, en un especial de la semana pasada, el nivel de innovación en los países industrializados está en sus horas más bajas. La supuesta ‘revolución’ de Internet no ha transformado de manera significativa nuestra forma de vivir si la comparamos con las transformaciones anteriores cuando, por ejemplo, se mejoraron los sistemas de sanitación o se inventaron los equipos modernos de refrigeración y de conservación de los alimentos. Si estas anteriores revoluciones supusieron transformaciones que permitieron a los países crecer, enriquecerse y competir, la actual ha servido para desvalorizar el capital intelectual de las economías más avanzadas, para deslocalizar el empleo a las economías más baratas y para enriquecer a unos pocos desarrolladores exitosos de hardware y aplicaciones quienes pueden beneficiarse de unas economías de escala realmente enormes mientras el ciudadano de a pie medianamente formado tiene que luchar con cada vez mayor dureza para llegar a fin de mes.

Ahora algunos se han dado cuenta de su error y quieren volver a cobrar por su esfuerzo. Sin embargo, el consumidor español que ha dejado de gastar sus 40 euros al mes en prensa para invertirlos en negocios más especulativos hoy no está dispuesto a gastar ni 40 euros al año a cambio de obtener información de calidad a través de los medios electrónicos. Cree que así puede informarse mejor y sin gastar un duro. Pero, ¿qué hay de verdad en eso? ¿De verdad estamos mejor informados cuando la mayor parte de los internautas se informan a través de unas redes sociales llenas de noticias falsas publicadas por fuentes anónimas sin credibilidad alguna, y sin que medie un periodista profesional para analizar y contrastar la información. Con todo el respeto hacia los internautas, cuando observo su capacidad –o más bien la falta de ella- de contrastar noticias de otros usuarios de las redes sociales, no me inspira ninguna confianza, y menos cuando veo que ni siquiera los periodistas mal pagados del mayor periódico del país se muestran capaces de evitar la publicación en portada de una fotografía que dos semanas antes había demostrado ser falsa. Y hasta la BBC ha visto como su credibilidad se ha puesto en tela de juicio ante el hecho de que una de las mayores organizaciones periodísticas del mundo no haya sido capaz de darse cuenta de que durante más de 30 años empleaba a uno de los peores pederastas y violadores de la historia.

Hace pocos años las empresas y los particulares tenían que gastar dinero para poder contar con determinados recursos de fiabilidad. En la redacción de un periódico, en una agencia de comunicación, en un bufete de abogados hacía falta invertir en bibliotecas, en diccionarios, en enciclopedias… para que los profesionales pudieran informarse y ejercer su labor medianamente bien. Ahora estos conocimientos y recursos han desaparecido y creemos que lo que nos ofrece Internet es mejor y que encima es gratis. Pues, no. No es mejor. Es bastante peor, y nos hace pensar que cualquier persona puede convertirse en experto sobre cualquier tema a través de su navegador. ¿Para qué pagar a un médico si con unos clics podemos consultar a una red de hipocondríacos? ¿Para qué pagar a un abogado si a través de Facebook podemos pedir los consejos de un estafador profesional? ¿Para qué comprar un periódico si Twitter está llena de ciudadanos histéricos cargando contra todos los estamentos de la sociedad, muchas veces sin base ni fundamento? ¿Para qué querer convertirnos en una economía basada en el conocimiento si podemos transformarnos en una sociedad de imbéciles y encima creernos los más listos?

En 1995 en Cuba, vi como la llegada de dólares del exterior había transformado un modelo socialista desastroso en otro en el que convivían dos economías separadas. Por un lado, había médicos, profesores, arquitectos y científicos con unos niveles de formación altísimos pero que no se veían compensados económicamente por su trabajo. Y por otra, una sociedad en la que una ama de casa podía pasteles en puestos callejeros y ganar bastante más que un cirujano. Hoy veo pasar algo parecido en los países avanzados. No se respeta la educación ni los conocimientos. Los médicos y profesores están en huelga mientras los futbolistas se sienten ‘tristes’ con sus salarios multimillonarios. El esfuerzo y el talento no se ven compensados y los jóvenes preferirían ser ignorantes pero ricos, como Berlusconi, que conseguir grandes hazañas para la sociedad cuando saben de antemano que no se respetará ni se valorará su esfuerzo, y que en muchos casos ni siquiera cotizarán a la Seguridad Social. El capitalismo tuvo tanto éxito porque premiaba al esfuerzo. ¿Quién tuvo la genial idea de acabar con esa filosofía y qué vamos a construir en su lugar?

Que no piensen que no reconozco los beneficios de la Red. Es una herramienta de comunicación muy útil pero sólo empezaremos a beneficiarnos de esa utilidad cuando nos demos cuenta de que, por mucho que haya cambiado el canal, no ha cambiado el concepto de la información. Y en una sociedad capitalista y de libre mercado, la información, al igual que hace medio siglo, tiene un precio. En los países realmente capitalistas lo empiezan a comprender. El New York Times y el Financial Times ya han dado con un modelo de negocio generador de beneficios y que se basa, como debe ser, en cobrar por los contenidos. E incluso la industria discográfica británica no lo está pasando tan mal como en otros países porque los ciudadanos siguen estando dispuestos a pagar por productos de calidad. En España, en cambio, se exige tener todo regalado, menos las entradas para el Bernabeú. Y si esa mentalidad no cambia, pronto dejaremos de ser un país de primer mundo. Las clases medias no vivimos del aire. Entendámoslo y obremos en consecuencia.

martes, enero 22, 2013

Una imagen para comentar; una imagen para informar

Leo el periódico y observo que la mayoría de las fotos que publican hoy en día son meras ilustraciones y en nada son informativas. No aportan pruebas de ningún tipo, no añaden a la noticia en sí. Eso sí, comentan la noticia, transmiten con fuerza una idea, una interpretación de la realidad. Tratan a las audiencias no como personas que hay que informar sino como objetos sobre los que hay que influir, en cuyas cabezas han de imprimir una idea, una opinión.

Hoy, día de elecciones en Israel, veo en la portada de un medio online de referencia una foto de Benjamín Netanyahu rezando en el Muro de las Lamentaciones. Según señala el subtítulo, la foto se ha sacado hoy mismo. Se ha hecho a posta, es decir, en este caso la iniciativa no viene del medio sino del equipo de campaña del más que probable vencedor de esta contienda electoral. El medio se limita a difundirla, por poco que tenga valor informativo. Eso sí, nos intenta transmitir los nervios del candidato en las últimas horas de unas elecciones en las que los resultados están cantados, pero sobre todo refuerza la idea de los enormes retos que va a enfrentar el líder de Likud en los próximos años, unos desafíos que serán aún más duros a la vista de la más que probable necesidad de aliarse con la derecha extrema. 

La imagen, sin embargo, no nos comunica una noticia como tal. Se trata de un mensaje simbólico. Propagandístico. No la podemos analizar con una visión crítica. Se limita a transmitir con fuerza y con cierta pasión, una idea, con la intencionalidad de generar una reacción no racional sino emocional en el lector.

En algunos casos puede ser una técnica útil y deseada. No sólo las palabras sirven para transmitir lo que se siente en un lugar y en momento. Sin embargo, también necesitamos imágenes que transmitan hechos y pruebas; en definitiva, que aporten un valor adicional a la información textual fría en la que deben fundamentarse, ante todo, los medios de comunicación 'serios'.

El otro día, en la Cineteca del Matadero de Legazpi, ví el documental de Basilio Martín Patino, "Libre te quiero", sobre las manifestaciones del 15M. Un documental con un fuerte componente emocional que imprimió lágrimas en las mejillas de la mayoría de los asistentes. Sin embargo, más allá de esa tensión que provoca ver en la gran pantalla algo que hemos vivido hace todavía muy poco tiempo y que todavía tiene gran relevancia para nosotros, nos permitió ver con imágenes y en primera persona algo de lo que pasó esos días hace un año y medio, antes de las elecciones locales y regionales; nos enseñó cómo actuaron los manifestantes, y como se portó la policía.

En una escena concreta, vemos cómo la masa popular se acerca peligrosamente a una barrera policial. Los que están al frente de la manifestación se ven obligados a avanzar, empujados por la presión de los que se acercan por detrás, presentando así una amenaza al dispositivo policial que intenta limitar el espacio ocupado por la movilización. Unos empiezan a caerse y los antidisturbios reaccionan intentando contener la situación. Algunos con medios pacíficos, otros con mayor violencia y golpes de sus porras. Uno saca una cámara de vídeo para grabar -¿o asustar?- a los manifestantes. En otra escena vemos como un policía pega a una manifestante y luego como otro le da agua y le intenta calmar. Son imágenes que pueden ofrecer una visión parcial, que pueden ser sacadas desde una perspectiva ideológica. Desde luego, la objetividad total es imposible y menos en un momento tan emotivo como fue el 15M. Sin embargo, en este caso nos aporta datos, pruebas documentales, evidencia que podemos analizar, estudiar, comparar y que nos ayuda a formular una conclusión sobre lo que realmente ocurrió esos días de la primavera madrileña de 2011.

Los medios enfrentan una crisis de credibilidad en nuestro país. En este contexto, cuánto les beneficiaría a algunos volver a sus raíces y ofrecer contenidos informativos, tanto a nivel de texto como visuales, y marginalizar un poco más la utilización de las imágenes como recurso para opinar, para manipular. Imágenes que nos aporten valor informativo en vez de alimentar uno u otro discurso. Imágenes que nos muestren con el mayor realismo posible qué pasa a miles de kilómetros de distancia o a la vuelta de la esquina. Creo, personalmente, que si lo hicieran ganarían más de un lector. ¿Es mucho pedir? ¿Qué opinan los lectores?

domingo, enero 20, 2013

Compañeros, reivindiquemos la utilización del “usted”

En España hablamos cada vez menos de usted y creemos que esto se trata de evidencia del progreso social, de la abolición de las jerarquías y, en definitiva, la constatación de la igualdad. Hecho curioso, a la vista de que en Francia, patria par excellence de la egalité, solidarité et fraternité, es bastante más común comunicarse con el formal, ‘vous’. También nos sorprende la formalidad de nuestros hermanos latinoamericanos, que se saludan a menudo con un, “buenos días, señor”, por mucho que la conversación sea entre conocidos de por vida. Y eso sin mencionar a los británicos. En mi tierra, hasta el peluquero saluda con un “Good morning, Mr Smith”, en cambio, en España las operadoras telefónicas más modernas alardean de iniciar sus comunicados con un “Hola Pepe”, y de tutearnos cuando llamamos, cabreados, a su servicio de Atención al Cliente.

Curiosamente, en el mundo anglosajón, al margen de la aparente formalidad, no existe distinción entre lo formal y lo informal cuando usamos la segunda persona. El pronombre, ‘you’, nos vale para todos. Sin embargo, como hoy nos recuerda el blog de The Economist, el ‘you’ inglés no es, en realidad, el equivalente del castellano, ‘tú’ sino el del “usted”. En el lenguaje medieval, como vemos en las obras de Shakespeare, existía también el pronombre informal, ‘thou’, y si bien el ‘ye’ y, posteriormente, el ‘you’, se utilizarían exclusivamente para dirigirse a personas de los estamentos más altos, poco a poco su uso se democratizaría y se extendería al resto de la población, eliminándose el variante informal. Pasaría algo parecido en Francia, España y Alemania, sin embargo, en aquellos países se mantendría el pronombre informal para dirigirse a las personas más cercanas, aunque bien es cierto que los franceses a menudo se saludan cortésmente con el ‘vous’, incluso entre amigos y familiares.

Los motivos de estas divergencias pueden ser diversos y, desde luego, en América Latina hay variaciones de uso entre países e incluso entre las diferentes regiones de un mismo país, que pueden deberse, al menos en parte, a factores de clase o a las diferencias jerárquicas a partir de la colonización hispánica. De todas formas, no deja de llamar la atención un hecho concreto. Y es que en Francia y Gran Bretaña, -y en cierta medida también en las repúblicas latinoamericanas-, a medida que las sociedades han evolucionado, el pronombre cortés ha dejado de utilizarse en exclusiva para dirigirse a los superiores para ser patrimonio de toda la sociedad. En España pasó algo parecido, no obstante, en los últimos años monárquicos se ha dado la situación inversa y es que ahora el español común ha tenido que acostumbrarse a que las autoridades públicas, e incluso las empresas que supuestamente le prestan servicio, se dirijan a él con un pronombre que antaño se utilizaba para dirigirse a personas de menor estatus social. ¿Será que mientras para nuestros vecinos, y también para nuestros hermanos latinoamericanos, todos han alcanzado la igualdad ante la ley y forman parte de la misma estructura democrática, mereciendo por tanto ser tratados con la misma cortesía, en España, a excepción de las capas más altas de la sociedad, todos nos hemos convertido en meros súbditos, y por tanto, aceptamos que nos tuteen sin darnos cuenta de que con cada frase se reafirma nuestra subordinación ante la ley?

Desde luego, mi hipótesis generará polémica pero, tal vez, en un momento en el que nos sentimos ninguneados por las instituciones y constatamos que nuestros ‘representantes’ expolian las instituciones públicas todos los días del año sin respetar nuestros derechos como ciudadanos, ha llegado la hora de reivindicar nuestro estatus en la sociedad, de volver a hablarnos de usted y de exigir que así nos hablen los demás. Por supuesto, con cariño y con respeto, justo como nos merecemos en un país supuestamente de iguales.

Le agradezco a usted por leerme y, por supuesto, le agradecería sus comentarios.

sábado, enero 12, 2013

La ideología neoliberal vs. los golpes de martillo

El debate político en España está encallado. El Gobierno prosigue su programa -no el programa con el cual fue elegido sino el que acordó previamente y en secreto con la Troika-, con torpeza e improvisación pero con una línea ideológica clara. Aunque el modelo económico defendido por Thatcher y Reagan ha sido una de las principales causas de la crisis económica actual, el PP cree que ahora hay que aplicar las mismas recetas en España. Para Rajoy, y en mayor medida para el PP madrileño, la única solución es la privatización, y que siempre que sea posible hay que comprar acciones en las empresas que serán beneficiarias de las licitaciones para poder así ganar dinero mientras destruyan unos servicios que son la única garantía de supervivencia de las clases medias y bajas. Sin embargo, acierta en una cosa, y es que el modelo de la sociedad y la economía española no puede seguir como está. Y la oposición sigue sin asumir esta realidad, por tanto, en vez de proponer alternativas, corre el riesgo de convertirse simplemente en el partido del 'no'.

El otro día estuve hablando con una ingeniera que trabaja en Madrid en el proyecto del Eurofighter. Todos conocemos los tópicos que genera este proyecto militar en el que colaboran Francia, Reino Unido, Alemania, España e Italia. En los países del norte se cree que las cabezas pensantes son los alemanes y los británicos, que los italianos sólo se ocupan de que los aviones tengan mucho estilo, y que los españoles se limitan a pintarlos. Pues, mi interlocutora me confirmó que aunque la realidad no era tan dramática, sí se asemejaba en algo al estereotipo. Las piezas se diseñan en fábricas en los distintos países. Debido a las distancias y la falta de coordinación entre fábricas y oficinas, a menudo no encaja una pieza con la otra. Cuando esto ocurre y es responsabilidad de los alemanes o lo ingleses, estos realizan un ejercicio profundo de análisis y de auditoría para depurar los motivos y las responsabilidades y para, a partir de allí, encontrar una solución. Los españoles y los italianos, por su parte, si la pieza no encaja, siguen golpeándola con el martillo para ver si mediante la fuerza consiguen hacer algún apaño. Seguramente la analogía no es completamente justa, sin embargo, como el PSOE no cambie rápidamente de rumbo, corre el riesgo de que se le perciba precisamente como el partido que cree que la política del martillo es la mejor solución para salir de la crisis en la que nos encontramos. Dice 'no' a la reforma de la sanidad, 'no' a la reforma educativa, 'no' a la política de austeridad, pero no propone ninguna alternativa.

El síndrome no se limita sólo a la centroizquierda. El PP tiene la peculiaridad de haber visto que a veces, aunque sólo a veces, la política del martillo funciona. En siete años de oposición no cambió ni una letra de su proyecto político. Los votantes dijeron dos veces que sus recetas no eran la solución, que no confiaban en su líder y que querían una oposición más constructiva. Sin embargo, al final la sonrisa de Zapatero se deshizo como el jamón de jabugo y Rajoy llegó a la Moncloa como Presidente por defecto. La consecuencia es que los votantes están desanimados ante un proyecto político y un líder que cuentan con un alto nivel legitimidad en lo formal pero que en la práctica generan poca simpatía. La consecuencia puede ser que, en 2015, la derecha también se deshaga en la boca y tengamos un Congreso multicolor con partidos moderados y extremistas a la imagen y semejanza del actual parlamento griego. Estarán contentos los que luchan tanto contra el 'bipartidismo' pero el país, sin duda, volverá a ser tan ingobernable como Italia.

No se trata de un problema exclusivo de la política o del sector público. Los que trabajamos con los medios de comunicación hemos visto como cada día se anuncia un ERE o directamente cierra otra cabecera impresa. La respuesta de los afectados, sin embargo, no es asumir que el papel ya no es rentable y que hay que buscar formas para rentabilizar los medios online, sino seguir dando golpes de martillo para intentar que se reactiven milagrosamente los medios impresos. Y mientras tanto, los responsables de marketing de las empresas se empeñan en seguir gastando en publicidad en estos medios que ya no tienen lectores. Así se sienten más cómodos porque sus jefes son de la 'vieja escuela', llevan 30 años calentando la silla, y es más fácil explicarles qué se ha hecho y qué resultados pueden esperar. Los pocos que dan al salto al medio online llevan años molestando a sus audiencias con formatos de publicidad cada vez más intrusivos que consiguen clics mediante el engaño, porque creen que generar impresiones en la web es más importante que conseguir negocio para sus clientes. En el Reino Unido y Estados Unidos ya han aprendido que lo importante en un anuncio no es molestar al lector con un robapantallas sino generar mensajes sencillos, creativos e irrestibles que hagan que el usuario los busque activamente. Funciona, y  combinado con una política de suscripciones online inteligente ha hecho que periódicos como el New York Times vuelvan a entrar en beneficios.

Por supuesto, hay excepciones. De los últimos años me vienen a la cabeza dos grandes proyectos empresariales españoles que a través de la innovación y de escuchar a los consumidores han dado luz a modelos de éxito que en el primer caso alcanza una escala planetaria. Por supuesto, el primer ejemplo es la cadena de moda, Zara. Y el segundo son los supermercados Mercadona, que al transformar completamente el modelo de distribución han puesto a la defensiva a grupos tan grandes como Carrefour o El Corte Inglés. Pero ambos son  proyectos que originaron en empresas que bien no existían antes o bien eran muy pequeñas y en las que no perdían nada en arriesgarse. No así Telefónica o el Santander, que obtuvieron su escala primero mediante la adquisición -con sospecha de prácticas en algunos casos fraudulentos o mediante sobornos a políticos- de empresas de telecomunicaciones y entidades financieras latinoamericanas, y finalmente gracias al dinero en caja extendieron su red a otros países europeos, pero sin introducir grandes innovaciones que les permitieran realmente destacar de la competencia o que garantizaran su éxito a largo plazo. Telefónica, por otra parte, ha tenido durante muchos años la política de comprar empresas 'start-up' que acabaran de alcanzar el cúspide de su éxito -ej. Terra y Tuenti- y que nada más ser adquiridos han caído en picado. Una estrategia que demuestra la falta de visión de una empresa que mantiene la mentalidad de entidad pública y cuyos máximos directivos tienen la bendición no de unos grandes profesionales de Recursos Humanos sino de un padrino político.

Pero volviendo al tema principal, los ejemplos positivos de proyectos empresariales que sí han funcionado -y hay muchos más a nivel de la Pyme- demuestran que España es un país muy creativo en el que se generan ideas de éxito. Sin embargo, sus políticos y gestores no saben afrontar las crisis o adaptar su modelo de negocio a un cambiante entorno económico. ¿Cómo puede ser que un medio como El País, que por tantos años era considerado uno de los periódicos de mayor prestigio del mundo, ahora corra el peligro de caer en manos del empresario de telecomunicaciones mexicano, Carlos Slim? Otra vez más, no ha sabido adaptarse y no ha sido capaz de atraer el talento o redireccionarse de manera que siga siendo líder de su sector. El resultado, casi siempre, es que cuando las cosas se ponen feas, las empresas se caigan, echen a sus empleados, y tengan que ser otros los que tomen el relevo y vuelvan a empezar desde cero. Un país de 'start-ups' puede ser muy dinámico en épocas de bonanza pero en periodos como el actual, la incapacidad de las empresas líderes de renovarse, de seleccionar nuevos empleados en función de su habilidad, y de dar respuesta a la cambiante demanda de los consumidores, es uno de los principales factores que condenan a miles de nuestros jóvenes y mayores a unas cifras de paro intolerables en un país de primer mundo.

Es una enfermedad que contamina a todos los estamentos del país pero especialmente la política, porque si los partidos políticos no son capaces de modernizarse, ¿quién va a liderar la transición en el conjunto de la sociedad? Desde luego, si el PSOE no sabe crear y liderar un nuevo proyecto político que reconozca de una vez que el statu quo no nos conducirá a ningún sitio pero que hay alternativas a la política exterminadora del PP y que no pasen por hacer meras chapuzas, probablemente dentro de poco se desintegrará todo el modelo político actual y una nueva generación tendrá que volver a levantarnos desde las ruinas. Podría ser hasta ilusionante para las generaciones futuras, no obstante, un país no puede llegar a ser grande si no aprende a construir sobre lo que ya existe. Si no lo hacemos, lo harán otros y tendremos que mirar desde la barrera como otros países y regiones se hagan grandes mientras nosotros volvamos a perder el tren del futuro.