sábado, abril 28, 2012

El J. Edgar Hoover español que se cree Franklin D. Roosevelt


Mariano Rajoy cree que la mejor estrategia de gobierno es echar la culpa de todos sus problemas del país a los que vinieron antes. Desde luego, en línea con todo lo que venga de la boca de este señor, no tiene nada de novedoso. Es algo que se ha intentado muchas veces y que con una buena estrategia de relaciones públicas mediante, puede dar resultados por bastante tiempo.

Sin embargo, los votantes pueden ser ingenuos, pero no son tontos. Y con el paso del tiempo se van dando cuenta de que nuestras desgracias son, en gran parte, responsabilidad de los que nos gobiernan y que ellos son los primeros que tendrán que rendir cuentas. Porque no fue el anterior Gobierno el que decidiera los últimos recortes de Rajoy, que han endurecido aún más las políticas de austeridad y que nos están conduciendo a una tasa de desempleo y una recesión aún mayores, a pesar de que este hubiera prometido que nada más llegar al poder las cosas iban a mejorar. No fue el anterior Gobierno el que decidiera aumentar el IRPF, y ahora el IVA, reduciendo la capacidad de consumo y de ahorro de los ciudadanos, a pesar de haber centrado su labor de oposición en criticar a unas medidas similares por considerar que no nos iban a permitir volver a crecer. Y no fue el anterior Gobierno el que decidiera introducir el copago en la sanidad pública o restringir el acceso a los inmigrantes, aunque se ha demostrado que esta medida de tintes racistas tiene mucho de populismo y poco de eficacia porque los que menos consumen en servicios sanitarios son justo los que pretende castigar.

Los ciudadanos entienden que el señor Rajoy tiene pocas alternativas, al igual que ocurrió en la segunda legislatura de Zapatero.  La diferencia es que mientras este recortó con desgana –sabía que los que más iban a verse perjudicados eran sus propios votantes- el PP lo disfruta. Para bien o para mal, la política de austeridad es la niña de su correligionario, Angela Merkel. Rajoy, la niña de Merkel. Y además cree que si mientras aplique los recortes, finge dolor y se excusa, siempre a través de su sufrida portavoz, Soraya Sáenz de Santamaría, con el argumento de que la culpa es de los demás, la gente le perdonará todo.

Gobernar significa tomar decisiones. E incluso cuando se recorta, hay que elegir qué recortar. No es lo mismo aumentar el precio del transporte público que imponer un canon a los coches en los centros urbanos. No es lo mismo poner un vendedor de armas como Ministro de Defensa que cobrar un impuesto a las grandes fortunas. El Gobierno sabe quien representa. Los demás son carne para las urnas que se gana manipulando.

El PP criticó la manera con la que recortaba el PSOE y prometió hacerlo de otra manera, y con otras prioridades. Dijo que el IVA perjudicaba sobre todo a los jubilados y a los parados, y que él no iba a hacer semejante cosa. Dijo que no se podía reducir el déficit recortando, porque más paro y más recesión siempre significan menos dinero para las arcas públicas. Nos prometió otra cosa pero nos ofrece lo mismo, sólo con mayor dureza, mayor rapidez y con menos vergüenza. Si estamos como estamos por lo que hicieron los demás, ¿por qué hace lo mismo de lo que hicieron los demás? O reconoce que Zapatero tenía razón o tiene que rectificar y aplicar la doctrina keynesiana que él tanto reclamaba.

Por mucho que se critique al anterior Gobierno, en sus últimos dos años se leían editoriales cada vez más halagüeños por parte de The Economist y el Financial Times, que llegaron a afirmar que tarde o temprano los españoles agradecerían su gestión por evitar un escenario como el griego. Sin embargo, en los últimos meses en medios extranjeros sólo se leen críticas al Gobierno de Rajoy, unas críticas que apenas se leen en El Mundo o El País, como sí ocurría cada vez que algún pirata informático suplantaba la identidad de Zapatero para burlarse de la presidencia española de la Unión Europea. Primero, Rajoy dijo que no iba a alcanzar los objetivos de déficit, perjudicando la imagen de España de cara a los inversores e las instituciones europeas. Sin embargo, le mandaron a freír espárragos y ahora se ríen de que ni siquiera ahora España va a alcanzar los objetivos revisados. Él promete alcanzar el 3% en 2013, sin embargo, el FMI dice que no llegaremos al 3% hasta 2018. Sigue aplicando la misma doctrina que le enseñaron desde pequeño, y dice que lo que hay que hacer es dejar de tomar café. Antes había café para todos. Ahora sólo hay café para Rajoy y sus ministros. Los demás tenemos que ajustar el cinturón o emigrar. Mientras los ministros del anterior gobierno repetían hasta la saciedad que España era solvente, el jefe de la diplomacia muy poco diplomático de Rajoy acaba de afirmar que esto es como el Titanic. Y por supuesto, toda la culpa es del PSOE y de Cristina Kirchner. La Merkel no entra en sus críticas porque son amigos.

Estarán esperando que la semana que viene en Francia gane Hollande para que por fin se puedan aplicar unas políticas que impulsen el crecimiento. Unas políticas socialdemócratas que nos ayuden a salir de la crisis. Y de la misma forma que Aznar logró hace 12 años subirse el carro del laborista, Blair, Rajoy podrá posicionarse como el nuevo ‘centroman’ y ponerse la medalla por la futura recuperación. Aunque él no haya hecho nada más que adular y seguir a los que realmente ostentan el poder en Europa. Y mientras tanto, vemos como berlusconiza la tele, invierte cada vez más en antidisturbios, privatiza el poco que queda del sector público y planta las semillas de la próxima crisis, que como siempre, será culpa de otros.

martes, abril 17, 2012

Locos en el mundo: Surrealismo en pleno siglo… no sé qué


Esta cabina en el tiempo se encuentra desorientada desde que a alguna hora de la noche del sábado, se transformó en una de máquina de tiempo y nos hizo retroceder unos 100 años hasta una lejana época colonial cuando los reyes iban a la caza de osos en la Casa de Campo y de proboscidios al sur del continente africano. Resultó, de todas formas, que en realidad siempre habitábamos en aquella época, sólo que hasta ahora nuestros medios de comunicación nos habían hecho creer que en realidad los monarcas se dedicaban a pasar noches insomnes preocupándose por el futuro de la generación más joven o por las perspectivas de las pequeñas y medianas empresas.

El rey se cayó y se rompió la cadera, sólo unos días después de que su nieto, Froilán, se pegara un tiro en el pie, porque efectivamente, ser aristócrata en este siglo XIX presupone que llevas arma, y manejar una escopeta requiere sobre todo experiencia, es decir, prueba y error, tal y como descubrió el Jefe de Estado en sus años juveniles a expensas de la salud y la vida de su hermano.

Pero avancemos un poquito, que el uniforme del Coronel Tapioca, por mucho estilo que tenga, se consideraba algo pasado de moda incluso a finales de los años 50, década a la que fui trasladado 24 horas después cuando la Presidenta de Argentina decidió expropiar el 51% de los activos de la empresa petrolera YPF al más puro estilo de los rebeldes de la revolución cubana, expulsando a los directivos de sus despachos en el mismo momento de hacer el anuncio. Sigo dándole vueltas en mi cabeza intentando encontrar una explicación por semejante maniobra, más allá del efectismo del momento. Desde luego, se trata de una decisión soberana del Gobierno argentino y las consecuencias las percibiremos en los próximos meses. Sin embargo, incluso en los casos en los que sea de interés nacional hacerse con el control de una industria estratégica, hasta ayer creía que vivía en una época en la que estas cosas se hacían con más decoro, ante todo, para no espantar a otros inversores.

Ahora, sin embargo, han pasado otras 24 horas y la reacción del gobierno español a semejante despropósito se acerca más al surrealismo de Dalí que a cualquier otro fenómeno que había visto en este siglo que creía ser el XXI, y más en un continente que se llama Europa. Después de entretenernos por unos días con un espectáculo teatral para intentar afectar indignación por una decisión que ya sabían era hecho consumado, y que en realidad, tal y como ya ha confesado la Comisión Europea y como señala ayer en un duro editorial la revista, The Economist, les deja entre la espada y la pared, hoy nos revelan la primera pieza en su estrategia de represalias: Censurar un programa de viajes en la primera cadena pública. ¡Ya veo como tiembla la Kirchner!

Y es que el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha encontrado en esta desafortunada cadena de sucesos el argumento perfecto para montar su propia aventura trillesca, sólo que en esta ocasión su principal herramienta para tensar las cuerdas con otro país no se llama la Isla Perejil sino RTVE. De esta forma rocambolesca, ha situado en el centro de la polémica por la propiedad de YPF, al programa Españoles en el Mundo, que intenta retratar la vida de los españoles de pie en diversos lugares del planeta. Hoy tocaba la Patagonia, lugar de origen de su nueva enemiga pública número uno, y por tanto, había que censurarla sin falta y sustituirla por otro capítulo sobre Praga. Curiosamente, la defensa de la cadena es que no querían situar al programa en medio de la controversia, pero al hacerlo, han situado a Televisión Española a la altura de Cubavisión, y aquí estoy escribiendo sobre el insólito episodio.

Vale. Lo reconozco. Soy ingenuo. Floto por el mundo en mi cabina y sigo intentando pensar que hay políticos buenos y malos, que la sofisticación se aprende con la experiencia y que las decisiones políticas en los países democráticas tienen un componente estratégico. Sin embargo, en la semana en la que he visto al rey luchar con los elefantes; al ministro, Margallo, acusar a Cristina Fernández de Kirchner de manejar la escopeta de Froilán -y amenazar con duras medidas diplomáticas a un país que más allá del caso Repsol sigue siendo estratégico para algunas de las mayores empresas españolas-; y a la mayor parte de la clásica política argentina aplaudir una intervención de una empresa que aún no se sabe cómo se va a gestionar a partir de ahora; lo único con el que puedo soñar es con despertarme o con que esta máquina de tiempo me devuelva cuanto antes al siglo en el que creía vivir. O eso o que dejen de meter alucinógenas en mi desayuno.

viernes, abril 13, 2012

¿Cuánto cuesta el DNI electrónico al Estado y al contribuyente?


Según una nota de prensa publicada por el Ministerio de Interior en febrero de 2006, el Estado asignó un presupuesto de más de 63 billones de euros para asegurar la financiación del proyecto de implantación del DNI electrónico en España durante el periodo 2005-2009. Una cifra que se suma a un importe de más de 11,6 billones de euros para un ‘acuerdo de colaboración’ para los años 2005-2006.

La cantidad invertida es, desde luego, astronómica, y más si se compara con los 10.000 millones de euros que se recortaron esta semana en sanidad y educación. No debe sorprender a nadie que estemos a punto de ser intervenidos. Ni Francia ni Italia cuentan con un sistema tan ostentoso y en muchos países, incluido Estados Unidos, el DNI sencillamente no existe.

Con estas cifras es fácil explicar por qué, cuando el gobierno de Gordon Brown propuso la introducción del carnet de identidad en el Reino Unido, con un sistema similar al que se utiliza en España, terminó perdiendo las elecciones. La diferencia es que allí el sistema no se iba a financiar sólo por medio de impuestos. En España la tasa por la renovación del DNI es una cifra simbólica de apenas € 10,20, por lo que el ciudadano no es consciente del valor real de la tarjeta que tiene entre manos, aunque sí la paga de manera indirecta. Cuando se reveló que los británicos iban a tener que pagar más de 100 libras cada uno por la expedición del carnet, y que esto sólo iba a representar una pequeña proporción del coste real, que se cifra en aproximadamente 300 euros por tarjeta, la indignación fue mayúscula y al final ganó las elecciones el conservador, David Cameron, en parte gracias a su promesa de abandonar tan faraónico proyecto.

Sin embargo, parece que aquí son pocos los que cuestionan el sistema aunque no parece existir evidencia alguna de que la posesión del DNI ayude a prevenir el fraude o el terrorismo. Tal vez se mantenga sólo por miedo a lo desconocido, aunque no por tener un carnet de identidad se ha conseguido reducir el fraude bancario. De hecho, en este capítulo España es el campeón de Europa.

Eso sí, la existencia del DNI es la mejor excusa para un fenómeno conocido en inglés como ‘racial profiling’, es decir, la costumbre que tiene la policía de detener a cualquier persona de apariencia extranjera y de pedirle que se identifique. Fui testigo de esta práctica hace apenas unas semanas en el Metro de La Elipa, donde en plena hora punta los viajeros latinoamericanos ni siquiera tuvieron que ser preguntados, tan acostumbrados estaban a que les pararan de esta forma tan vergonzosa en un país que se considera democracia y de primer mundo. Por cierto, en mi caso, como extranjero comunitario, ni se me acercaron.

Ahora que el dinero es escaso, tal vez los ciudadanos empiecen a tomar consciencia de cómo se gasta el dinero de sus impuestos, y quizás un día vean que tener que llevar los siete días de la semana una tarjeta plástica con chip sólo para poder demostrar que eres un ciudadano con plenos derechos tiene un coste inasumible, tanto a nivel económico como de libertad de movimiento. Y por cierto, tampoco estoy convencido de que sea un sistema seguro. Hay cada vez más evidencia de que la posesión del DNI aumenta la probabilidad de que te suplanten la identidad debido al riesgo de sustracción del documento.
                            
Hace tres años fui de vacaciones en tren por Europa, empezando en Madrid y terminando en Estocolmo. Una vez que había atravesado la frontera con Francia, no tuve que sacar mi pasaporte ni una sola vez en todo el viaje hasta que llegué al aeropuerto para el viaje de regreso. En cambio, nada más llegar a España, mi país de residencia, lo tuve que presentar para poder pagar la cuenta en un restaurante.

¿Es realmente necesario tanto control? ¿De verdad el DNI es más importante para el futuro de España que la educación o el sistema sanitario? A lo mejor es la primera área donde el Estado debe recortar. O por lo menos donde debe valorar si hay alternativas más prácticas y que requieran menos estado policial. Para el bien de todos habrá que estudiarlo.

jueves, abril 12, 2012

El futuro de España: ¡Elige tu propia aventura!


Son tiempos extraños. Más o menos cada mes nos dicen que el país se va a hundir, y después, misteriosamente, todo se vuelve a normalizar. Son tiempos en los que todos nos sentimos rehén de los acontecimientos. No sabemos si mañana tendremos trabajo o si de repente desaparecerán nuestros ahorros, transformados de un momento a otro en pesetas sin valor, si es que aún guardamos algo de dinero en el banco.

Muchas veces –las pocas veces en las que sueño en inglés- me digo, “bring it on!”, que se adelanten los acontecimientos. Con la caída de la competitividad que hemos sufrido en España en los últimos años, ¿no sería mejor salir de una vez del Euro, aguantar nuestra crisis ‘a lo argentino’, transformarnos de un día para otro en un mercado más barato y permitir a nuestras empresas vender otra vez en el exterior? Mejor que pasar más semanas y meses esperando el cruel destino que presagian los medios germánicos y anglosajones.

Sin embargo, después me despierto, abro el periódico y veo la foto de Sheldon Adelson, el magnate norteamericano que estos días chantajea a los políticos de todos los partidos con vistas a que transformen las leyes laborales, fiscales y sanitarias para permitir que su nocivo negocio se establezca en Madrid o Barcelona, creando miles de empleos para nuevos inmigrantes y pocos beneficios para el español de a pie. Entonces recuerdo como hace tan poco tiempo nuestros políticos se esforzaban por atraer a otro tipo de empresario, de la talla de Bill Gates, Larry Page o Steve Jobs. Con la amenaza de la pobreza han sacrificado el sueño de Silicon Valley por el de Las Vegas y Miami.

En los últimos años en España se ha vivido un sueño increíble. El de un país que creía que con el tiempo sería posible transformarse en una economía productiva, competitiva y basada en el conocimiento. La piedra filosofal para conseguir esta transformación fue el euro, que obligó a España a posicionarse en sectores más especializados ya que al no poder competir en precio, el país tendría que reforzar sus activos intelectuales, optimizar sus procesos y aprovechar mejor sus recursos. Esa necesidad ha llevado a las empresas a modernizarse, a cambiar su modelo de producción, a fusionarse y a crecer. Sin embargo, quedó un largo camino por recorrer. Ya he comentado en un anterior post como en un país en el que predominan las empresas de dos o tres empleados es imposible alcanzar el nivel de especialización de mercados como Alemania o el Reino Unido, y los cambios necesarios para conseguir este avance no se conseguirán si desaparece la presión externa para que el país haga las reformas necesarias.

En Argentina se demostró como, por medio de la devaluación, era posible recuperar en relativamente poco tiempo la senda de crecimiento y unos años más tarde crecer a un ritmo de casi un 10% al año. Sin embargo, ese crecimiento se consiguió a costa de un nivel de inflación que el Gobierno intenta tapar descaradamente y que ahora amenaza con conducir al país a otra crisis más grave. Y todo ello a pesar de la riqueza de sus recursos naturales con los que España no podrá competir. Y ahora las únicas soluciones que ofrecen son medidas populistas: que si aumentar la tensión con el Reino Unido por las Malvinas, que si echar a Repsol, que si espantar a la banca privada. Los peronistas han aprendido en poco tiempo a volver a hacer lo que mejor hacen, libres de la presión del FMI y del Banco Mundial, pero con el grave riesgo de entrar en un espiral que les aparte del éxito de otros países de la región como Chile, Colombia o Brasil.

En 30 años España se ha transformado en un país europeo y así nos sentimos cómodos. La europeización de la economía fue el mayor incentivo a la modernización de las estructuras políticas y económicas; sirvió para alejar a los dirigentes de la tentación del autoritarismo o el populismo. Permitió al país transformarse en un destino codiciado por miles de europeos de los países del norte, e incluso que retornaran grandes cantidades de ciudadanos de su exilio en los países del centro y Sudamérica. Tal y como señaló ayer Felipe González, si España tiene que ser intervenida, desaparecerá el euro y acabará ese sueño no sólo para España sino para todo el continente. Quizás sea bueno para la industria a corto plazo al poder fabricar coches y frigoríficos por precios muy baratos y por atraer a aún más turistas a nuestras costas, mientras miremos pasivamente como China, Brasil e Indonesia se transformen en países líderes en tecnología y conocimiento. Sería en definitiva el fin del sueño californiano de los últimos 20 años y el inicio de una nueva aventura floridiana en la que los principales protagonistas serán los jubilados británicos y alemanes, las afamadas mujeres suecas en las playas del Levante, y los magnates de los juegos de azar. Estamos en un cruce y tenemos que elegir el camino, enfrentándonos a dos opciones muy distintas. ¿Cuál de ellas vamos a elegir?