domingo, marzo 25, 2012

En España seguimos levantándonos a la misma hora que Adolf Hitler


Siempre me había parecido raro que en España ajustáramos los relojes para adaptarnos al huso horario del centro de Europa, sin embargo, no sabía hasta hoy que el motivo de este desajuste fuera que en el año 1940, el dictador, Francisco Franco, decidiera que había que levantarse a la misma hora de su homólogo alemán, Adolf Hitler.

Tampoco había hecho la conexión entre la costumbre, aparentemente tan arraigada en España, de comer a las 14,00h o las 15,00 hrs y de cenar poco antes de la medianoche, y el reloj solar. Pues, según leo en un artículo de La Nueva España, los españoles siguen comiendo, cenando y acostándose a la hora correcta. Lo que es incorrecto es la hora que indica el reloj.

Durante gran parte del año, nos levantamos cuando sigue siendo de noche, sin embargo, durante el resto de la jornada, nuestras costumbres se adaptan al reloj biológico y solar. Por consiguiente, tenemos aquella pausa tan incómoda de siete horas entre el desayuno y la comida, y nuestros hijos no quieren irse a la cama hasta bien pasada la medianoche.

Las autoridades llevan años diciendo que habrá que adaptarse a las costumbres europeas de comer antes, en menos tiempo, de terminar antes el trabajo y de llevar a los niños antes a la cama. Sin embargo, ahora resulta que sus recomendaciones obedecen a la misma lógica franquista según la cual había que desfilar al ritmo de la marcha del ganso y de forma sincronizada con nuestros aliados centroeuropeos.

En un mundo sensato, lo único que habría que hacer es volver a retrasar los relojes esta misma noche (y no una hora, sino dos), dormir un par de horas más y empezar, tras esta pausa de 72 años, a levantarse a la hora que indique el sol. De esta forma, tendríamos mejor salud, habría menor fracaso escolar, seríamos más productivos, sería más fácil compatibilizar la vida con el trabajo, y estaríamos todos más felices.

Por fin podemos decir que ‘Spain is not different’. Lo único que es diferente es que después de 35 años de democracia, siguen intentando adaptar el estilo de vida español a la lógica franquista. Por suerte, la sociedad civil no ha cedido. Se sigue haciendo casi todo a la hora que marca el sol. Sólo se ha doblegado ante una cosa: ¡Esos terribles madrugones!

martes, marzo 20, 2012

Oda a la juventud


Los jóvenes son el futuro del país y la pésima situación que atraviesan es un mal presagio para todos.

Porque si el futuro se embarca en un avión de Easyjet, sólo nos quedará el pasado, y eso ya lo estamos viendo.

Y cuando digo ‘jóvenes’, me refiero a eso exactamente. A los jóvenes. Porque una de las primeras cosas que noté al llegar a España fue que en este país se daba a la palabra ‘joven’ un sentido demasiado amplio. Incluso en el año 2000, si tenías menos de 25 años, ninguna empresa española te ofrecía un empleo digno. La única opción era encadenar periodos de 'prácticas' mientras en el norte de Europa la gente de tu misma edad llegaba a puestos de gran responsabilidad en sus empresas. Aquí, en 2012, y con 40 años, eres un chaval.

Los jóvenes están tristemente ausentes. Los periódicos impresos, las tertulias de radio, y los debates del TDT Party rebosan caspa por los cuatro costados. Más allá de la cuestión económica, los debates de índole social que transmiten los medios de comunicación de masas parecen ajenos a esta era. Ellos siguen discutiendo si hay que permitir a las mujeres tomar decisiones soberanas sobre su propio cuerpo, si llamar ‘matrimonio’ un contrato civil entre dos personas del mismo sexo es pecado capital, o si es sacrilegio comparar los crímenes de Franco con los de Mussolini o de Hitler. Los jóvenes ya han llegado a otro capítulo del libro y, obviamente, no les hacen ni caso.

Los países avanzan cuando hay un cambio generacional. Los políticos en este país no cambian. Ya he hablado de este tema en un anterior post pero a veces es como hablar con la pared. Pasan años y seguimos debatiendo las mismas cosas. En mi país el Partido Conservador estaba en contra de dar más derechos a los homosexuales. Ahora un Primer Ministro conservador ha decidido permitir que estas uniones se llamen matrimonio mientras sus correligionarios españoles intentan remar en la otra dirección, contra el progreso y el sentido común. Y no sorprende porque es un Gobierno de viejos, incluso más viejo que el anterior, pero a todas luces menos viejo que el que viene.

Una sociedad joven, que avanzó tanto en tan poco tiempo se ha convertido en una gerontocracia. Una sociedad en la que llaman ‘derechos’ a un sistema laboral que incentiva los contratos precarios para jóvenes y los contratos en hierro forjado para los que necesitan reciclarse.

Los jóvenes entienden la sociedad en la que nos hemos convertido y en el que nos vamos a convertir. No tienen miedo a Internet o a las redes sociales. Aceptan que vivimos en 2012 y que no sirven las soluciones de 1958 o de 1986 para dar respuesta a los problemas de hoy. Sin embargo, los mismos que hace 30 años demostraron que era posible ser joven y llegar lejos se burlan de los que hoy creen que ha llegado su hora, y más si éstas son mujeres.

Los jóvenes en Barcelona hacen cola para irse a Quebec. Después de cursar dos licenciaturas y un máster no me sorprende. En España, con suerte, podrán aprender a manejar una fotocopiadora, mientras los viejos sigan moviendo las sillas de la cubierta del Titanic.

miércoles, marzo 14, 2012

#saveTheHobbit



Mi entrada de hoy toca un tema distinto a lo habitual, aunque también relacionado. Se puede definir como un caso práctico que demuestra el poder de las redes sociales pero escribo que es ‘distinto’ por su vínculo con mi propia sensación de nostalgia por tiempos pasados y con mi deseo de que en un mundo en constante cambio, se respeten por lo menos algunos espacios que nos permiten recordar quiénes somos y cómo nos desarrollamos como personas.

Resulta que hoy he descubierto al acceder a la página web del periódico, The Guardian, que el actor y pilar del establishment cultural británico, Stephen Fry, ha defendido a través de su cuenta de Twitter –que por cierto es el que más seguidores tiene del Reino Unido- que un pub de la ciudad británica de Southampton tenga derecho a mantener el mismo nombre que ha utilizado de forma ininterrumpida durante los últimos 20 años. ¿El motivo? Una empresa que representa a la productora de una película de próximo estreno ha decidido que infringe sus derechos de autor. El pub se llama The Hobbit, nombre tomado, por supuesto, del mítico libro de JRR Tolkien, sin embargo, el responsable de la venta mundial de los derechos de autor, no del autor fallecido en 1973 sino de la película que se estrenará en el Reino Unido a finales del año, ha amenazado al pub de que si no cambia su nombre antes de finales de mayo, presentará una querella.

The Hobbit se encuentra en en un barrio próximo al campus de la Universidad de Southampton, el lugar donde el autor de esta entrada cursó su licenciatura. En el último año de mi carrera vivía a tiro de piedra del pub, sin embargo, también era el antro más frecuentado por los estudiantes de toda la universidad gracias a su música en vivo, sus cervezas y cócteles con nombres de personajes de la novela de Tolkien y su localización estratégica a medio camino entre el centro de la ciudad y la sede universitaria. Aunque el local es de lo más humilde, para la población estudiantil es todo un mito y con sólo leer el nombre me trae un montón de recuerdos de mis tiempos estudiantiles.

Pues, resulta que como consecuencia de la demanda insensata del Saul Zaentz Company de Los Angeles, los propietarios particulares del pub han tenido que recurrir a las redes sociales para hacerse eco de su campaña para defender su derecho a seguir utilizando el mismo nombre que ya utilizaban mucho antes de que pasara por la cabeza de los multimillonarios de Beverly Hills trasladar la obra de Tolkien a las pantallas de cine. En pocos días, han logrado alcanzar la cifra de 30.000 seguidores en su perfil de Facebook, y aparte de Fry, el diputado laborista y alumnus de la Universidad de Southampton, John Denham, y el mismísimo Anonymous, han conseguido apoyos en Twitter desde España hasta Nueva Zelanda.

Ahora bien, puede que todo el follón que se ha montado no sea más que una estrategia de marketing de guerrilla por parte de los promotores de la película, sin embargo, si es así, amenazar de esta forma a una pequeña empresa en tiempos de crisis global demuestra un nivel de avaricia por parte de una empresa que no pierde nada con la publicidad gratuita que les ofrece no sólo The Hobbit de Southampton, sino los numerosos locales de hostelería que llevan este nombre en todo el mundo.

La empresa norteamericana también ha perseguido en los últimos meses a una sandwichería de Birmingham que lleva el nombre, The Hungry Hobbit. Parece que, en efecto, los bárbaros de Hollywood quieren que todos los demás pasemos hambre mientras ellos se forren con sus pleitos contra sus propios consumidores.

En este mundo hecho a medida de Estados Unidos, no hay derechos sin dinero y pocos pueden hacerse frente al poderío de la industria cinematográfica norteamericana. Sin embargo, en un caso como este es bastante obvio que los creadores de la película no tienen derecho a usurpar el nombre, The Hobbit, a todas las otras empresas que hayan tenido la ocurrencia de utilizarlo antes que ellos. Pues si quieren utilizar este nombre tan popular en la cultura británica para ganar dinero con su película, que lo compartan como hasta ahora lo han hecho todos los demás. ¿O quieren que los dueños del pub de Southampton presenten una demanda contra ellos por falta de originalidad?

Invito a mis lectores a hacerse seguidores de la página de Facebook de The Hobbit, Southampton, a firmar la petición para que puedan mantener su nombre, a seguir su perfil de Twitter, @savethehobbit y a utilizar el hashtag #saveTheHobbit para ayudar que se convierta en un trending topic mundial. Las redes sociales sirven para hacer fuerza para las personas pequeñas para que los poderosos dejen de burlarse de la gente humilde, y esta causa me parece de lo más justa, además de cercana.  Y si no prospera, siempre nos quedará boicotear la película. Os mantendré informados.

martes, marzo 13, 2012

Con Internet y las redes sociales no hay espacio para medios obsecuentes


Parece que en el PP no están contentos con la cobertura que les da Televisión España. Desde luego, algo habrá hecho bien el anterior Gobierno si después de tres meses en el cargo Mariano Rajoy no ha conseguido transformar al canal estatal en un órgano de propaganda oficial. Algo de objetividad estará demostrando el equipo de informativos si hasta el partido del Gobierno lo critica. Por lo que todos podemos ir a dormir con tranquilidad.

Y es que en los tiempos que corren, no debe haber ni un solo medio que se niegue a criticar la labor del Gobierno. Sería incumplir con su obligación como informadores. El Partido Popular controla la inmensa mayoría de las administraciones públicas a nivel nacional, regional y autonómica. Es la primera vez en la historia democrática que un solo partido concentra tanto poder. Apenas cuenta con oposición en el Congreso porque con su mayoría absoluta puede hacer lo que le da gana, tal y como ya está haciendo con la reforma laboral.

El Ejecutivo y la Legislatura los controla el PP, y también, de forma indirecta controlan la Judicatura, después de que el Tribunal Supremo haya amordazado al único juez independiente. Y en cuanto a los medios de comunicación privados, tras el cierre del único diario nacional crítico, el PP cuenta con la hegemonía absoluta, con excepción del canal estatal que, por sus estatutos, tiene la obligación de ser objetivo. Es decir, tampoco es un medio hostil, pero por lo menos intenta cumplir con su deber de ser imparcial.

Nada de esto tiene sentido hoy en día. La revolución de Internet y de las redes sociales proporciona a todos los partidos los medios necesarios para transmitir sus mensajes oficiales a sus audiencias, quienes si así lo desean pueden acceder a la información sin que ésta haya pasado primero por el filtro de los periodistas. En este contexto, no hay necesidad alguna de unos medios de comunicación que se hagan eco de la propaganda oficial, sin analizarla previamente con un ojo crítico. Para eso no les tenemos que pagar. Vamos directos a la web del PP.

Uno de los mayores problemas de las redes sociales es que la información se transmite de boca en boca sin que se aplique el sentido crítico, generando una opinión pública que muchas veces carece de fundamento en la razón o el sentido común. Más que nunca, los ciudadanos necesitan que haya medios de comunicación capaces de analizar de forma inteligente la información que se difunde y de ofrecer una valoración de cara a sus audiencias, una valoración que siempre tiene que ser crítica porque cualquier propuesta de cualquier gobierno va a ser criticable. Por esta razón existe el Parlamento que tiene la obligación de controlar el Gobierno y mejorar las leyes. Pues, los medios de comunicación también tienen que ayudar al Gobierno en esta tarea. Son, a día de hoy, la única oposición real que tiene el Gobierno, y si no ayudan a los legisladores a darse cuenta de sus errores antes de que sea demasiado tarde flaco favor les estarán haciendo.

Por tanto, celebro que en el Gobierno estén descontentos con la labor de TVE, aunque lo ideal sería que lo celebrasen también, porque demostraría un talante democrático tristemente ausente. Quiere decir que los periodistas están haciendo el trabajo para el que fueron formados, y no el trabajo que quería que hicieran el que mandó construir las facultades de Ciencias de la Información en la que muchos de ellos estudiaron. La sociedad se ha modernizado desde aquellos tiempos y los medios de comunicación públicos son libres. Tienen la obligación de controlar a la Administración. Una obligación que comparten con Antena 3, Telecinco, Telemadrid, Intereconomía (Sí, Intereconomía, también), etc. En nuestra época en la que la gente sale a la calle todos los días a protestar, lo que menos necesitamos en los medios de comunicación es la adulación de los obsecuentes. Sólo servirá para que los espectadores y oyentes vayan a buscar la información en otro sitio, y si hace falta fuera del país, tal y como se hacían en un pasado que muchos querían olvidar.

Todos debemos desear que gobierne quien gobierne, todos los medios sean críticos con su actuación. Y si algún día un Gobierno de cualquier signo se muestra satisfecho con lo que lee en un periódico o ve en la televisión, debe ser causa de máxima preocupación. Deberíamos sospechar que nos estamos acercando cada vez más al modelo norteamericano con el que los medios no cuestionan sino alimentan los prejuicios de sus lectores e imposibilitan el debate sosegado sobre las cuestiones que más nos afectan como ciudadanos. Un camino que sólo conduce a la división de la sociedad en dos mitades irreconciliables, con unas ideas que nadie sabe de dónde provienen.

miércoles, marzo 07, 2012

¿Quién tiene la culpa de todo?


Estamos obsesionados; no, peor, diría que estamos enfermos con la necesidad de encontrar culpables de la crisis económica que nos asola. Cuando las cosas van mal, los humanos siempre buscamos consuelo en la búsqueda del chivo expiatorio. “¡Alguien tiene que tener la culpa!”

Por supuesto los más débiles no tienen la culpa. Incluso en la época de bonanza tenían que luchar para llegar a fin de mes, y muchos de ellos se dejaron caer en la tentación de aceptar préstamos y otros instrumentos financieros que con el tiempo volverían en su contra. Se les podría tildar, cruelmente, de ingenuos, pero cuando tienes pocos recursos, tienes que mantener una familia y no quieres terminar en la calle, intentas no perder nunca la dignidad o la sensación de que algo valen tus esfuerzos. Si para tener casa, por muy modesta que sea, hay que aceptar un préstamo que no terminarás de amortizar hasta dentro de cuarenta años, para muchos esta opción sigue siendo un salvavidas. Y si el director de tu banco te dice que te lo puedes permitir, ¿quién no se lo va a creer? Nosotros somos meros mortales pero se supone que el banquero tiene un puesto de responsabilidad y si él decía que nos lo podíamos permitir, ¿quién iba a pensar otra cosa?

¿Pero entonces es la culpa del director del banco? Puede que en parte que sí, sin embargo, él sólo forma parte de una cadena muy larga y compleja y probablemente ni él sabía a ciencia cierta qué pasaba con la deuda de sus clientes, ni que ésta se vendía a otras entidades para crear instrumentos cada vez más complejos que luego se revendían sin que tuvieran valor alguna y sin que algún regulador en algún momento del proceso se levantara y dijera, “Oiga usted, eso que quiere vender son las deudas de particulares que muy difícilmente vayan a poder devolver el dinero prestado”.

“Ajá”, os oigo decir. “Entonces, la culpa será de los reguladores”.

Pues, podría seguir con una larga lista de culpables de nuestras desgracias, que si George Bush, que si Bill Clinton, que si José Luis Rodríguez Zapatero, que si el Primer Ministro de Islandia… De todas formas, ¿a dónde vamos a llegar con esto? Pues, sólo a la creciente indignación, cada vez más seguros de que todo lo que nos pasa no tiene nada que ver con nosotros sino, con “los que mandan”.

Y es que creemos que ya no mandamos nada en este mundo, que los que mandan son otros. No tenemos ningún control sobre nuestras vidas, simplemente tenemos que sentarnos a rezar que alguien allí arriba, en la Oficina Oval, en Wall Street o en el Banco Mundial haga las cosas de manera que a nosotros nos salga mejor. Aunque luego descubramos la verdad amarga de que esa persona a la que rezábamos no nos escuchaba porque se encontraba distraído en un prostíbulo.

Ya no creemos en Dios pero seguimos pensando que alguien es culpable de todo lo que nos ocurre, que hay alguien allí arriba que tiene que rendir cuentas por todas las desgracias del mundo. Nos olvidamos de que lo único que hay son más personas falibles,  iguales que nosotros, y que en muchos casos las personas que han llegado a lo más alto son los mismos que empezaron más bajos que nosotros, que se encontraron en lo más alto de la torre sólo para darse cuenta de que todo el edificio estaba fabricado en hilo de algodón y que no tenían ni idea qué pasaba o quien hacía qué en los niveles inferiores.

El fallo del sistema no es que haya personas corruptas, aunque la corrupción desde luego es un síntoma muy grave. El problema es que hemos construido algo demasiado complejo para la comprensión humana. Todos somos expertos en algo, o por lo menos así lo creemos, sin embargo no somos capaces de ver el todo. ¿Y quién querrá verlo si luego de alguna forma habría que arreglarlo todo?

Lo único que podemos hacer es poco a poco ir buscando los fallos e intentar arreglarlos para que no haya cada 10 años una nueva crisis, y cada vez más grave. Sin embargo, mientras sigamos pensando que con meter en la cárcel a un dirigente islandés, al banquero que le asesoró, al regulador que no reguló al banquero,... al propietario que pagó más por su vivienda que la cantidad que declaró,… lo único que vamos a conseguir es que todos estemos presos sin haber ayudado que la humanidad progrese un milímetro sino más bien al revés.

Creemos que no tenemos control sobre nuestras vidas pero sí las podemos controlar. Cada día tenemos que tomar decisiones importantes, y mientras nos guiemos sólo por tomar las decisiones que nos permitan sobrevivir un día, una semana o un mes más como individuos, flaco favor estaremos haciendo a la sociedad en su conjunto.

Si pensamos como individuos, sólo tenemos una garantía, y esa garantía es que dentro de unos años nos vamos a morir. En cambio, si pensamos como sociedad, al igual que lo hacen las abejas o las hormigas, podemos tener la confianza de que el esfuerzo conjunto podrá garantizar la supervivencia de la especia por muchos años más.

Cuando lleguemos a ese punto, tendremos que hacer muchas cosas, cambiar muchos hábitos y asumir que lo más importante es el bien común. Ya no valdrá decir, “Vale, trabajo como esclavo pero por lo menos me da de comer”. Se convertirá en una necesitad vital luchar por cambiar las cosas y dejar de doblegarse ante la manipulación de los egoísmos. Nos haremos más fuertes, más vivos, más alegres,… porque ya no aceptaremos hacer cosas que nuestro cuerpo no nos pida. Seremos capaces de escuchar a los demás, porque nuestra opinión ya no lo será todo.

¿Es una utopía? Supongo que sí. Pero si no soñamos con utopías, sólo nos queda seguir  la habitual senda de destrucción.

Sólo falta añadir que la imposición no genera el cambio sino agrava la enfermedad. El cambio tiene que venir desde dentro. ¿Seremos capaces de abrir cada día un poquito más los ojos? 

¿De hablar con valor y no por interés, de expresar lo que nos dice el alma y no sólo la cabeza?

Si el que lee esto acepta una parte de mi conclusión, eso quiere decir que también acepta, al menos en parte, que el culpable de todo esto no está en Islandia, y que sí nos queda algo de soberanía para construir cada uno a su manera un mundo mejor. Me pregunto por qué Stephane Hessel decidió titular su libro, “¡Indignaos!” Es una expresión tonta. Tenía que haber dicho, “¡Levantaos!”, “¡Despertaos!” u otra cosa así. La indignación no sirve para nada. Es sólo síntoma de la sensación de desolación y de que toda la culpa es de los demás.

martes, marzo 06, 2012

Vivir sin aire en Madrid

Las alergias se han adelantado este año en Madrid. Lo leí ayer en una noticia de La Gaceta, y resulta que la razón no es la habitual. Este invierno apenas ha llovido, sin embargo, la boina de contaminación ha llegado a tal nivel que mezclada con las primeras gramíneas, produce un cóctel explosivo para muchos alérgicos.

Por supuesto, no tuve que informarme a través de los periódicos. Ya van dos lunes que paso el día estornudando tras disfrutar la tarde del domingo en el parque. Y tampoco es un fenómeno que se limita a esta época del año. La situación ha empeorado en los últimos días, sin embargo, desde finales del verano, la calidad del aire en esta urbe se ha hecho insoportable para los bronquios. No sé cómo sobrevive la gente que también fuma si con sólo salir a pasear acortamos nuestras vidas en por lo menos un par de lustros.

Sin embargo, la alcaldesa de Madrid no sólo no cree en el cambio climático sino ya no siente la contaminación. Pasará el día en sitios cerrados con el aire condicionado o la calefacción puesta y sólo saldrá a la calle en coche oficial, contaminando. Eso a excepción de sus vacaciones, en las que con casi total seguridad respira el aire puro de Ávila o algún otro lugar material y moralmente impoluto. Desde luego, es mejor estar dentro meando hacia fuera que estar fuera meando hacia dentro, y más en estos tiempos en los que cada vez más están fuera, y sin un lugar higiénico para mear.

Otras ciudades han tomado medidas contra la contaminación y los datos de la Unión Europea indican que Madrid está siempre entre las capitales con el aire más sucio. Lo que no quita que sea una maravillosa ciudad y con buena gente y una gran calidad de vida. Es sólo una pena que nuestros dirigentes hacen todo lo que está en sus manos para quitarnos el tubo de oxígeno.


¡Aaaaaachú!

jueves, marzo 01, 2012

Nacionalismos caducos y francamente peligrosos en la sociedad global


No recuerdo quien dijo que el mejor antídoto al nacionalismo era tener un pasaporte. Una de las principales ventajas de viajar y de conocer otros países, más allá de los tópicos que enseñan las guías turísticas, es que por el camino conoces a muchas personas y te das cuenta de que tenemos más cosas en común que lo que nos intentan hacer creer. Y viajar de verdad significa cada vez más salir no sólo de tu propio país sino también de la Unión Europea, que rápidamente se va convirtiendo en una región más homogénea en la que, para bien o para mal, y a pesar de los obstáculos, se va formando una identidad propia más allá de la identidad nacional de cada uno de los países que la componen.

Es algo que no vemos con tanta claridad cuando estamos en casa. Los medios de comunicación nos intentan transmitir que los alemanes son expansionistas; los franceses, chauvinistas; los británicos, insulares; los griegos perezosos, etc. Y son demasiados los que se lo creen. Sin embargo, cuando he viajado fuera de Europa y he conocido alemanes, franceses, italianos, suizos,… de inmediato he encontrado muchos más lugares comunes que los que me pueden vincular con un norteamericano, un chino o un indonesio. Lo que no quiere decir que no tenga también una afinidad con las gentes de estos países, o que no cuente con muy buenos amigos de algunos de ellos, sino que tendría que viajar aún más lejos para ver las cosas suficientemente en perspectiva y para darme cuenta de todos los factores que nos unen como seres humanos. Todos somos seres humanos pero cuanto más cercanos geográfica y políticamente, mayor afinidad cultural tenemos. ¿No es ya bastante obvio como para tener que repetirlo?

La internacionalización de la sociedad es imparable. Sin embargo, el ritmo no es igual para todos. El programa, Erasmus, ha permitido mejorar el intercambio cultural (e incluso el de genes – dicen que las mujeres españolas y los hombres italianos los que más), entre los distintos países europeos de manera que nuestros políticos deberían, en teoría, aunque no parece que haya funcionado en la práctica, por lo menos haber roto algunos de sus prejuicios respecto a sus países vecinos. Y mi país es tal vez el que menos lecciones puede dar en ese sentido, aunque dicha afirmación sea también la retransmisión de un prejuicio – Los franceses o los alemanes, más allá de las palabras bonitas, defienden ferozmente sus intereses en las instituciones europeas y muchas veces les interesa retratar a los demás como los intransigentes para así avanzar en sus propios objetivos nacionales.

Los británicos que no viajan creen que tienen más en común con los norteamericanos que con los franceses o los italianos. Quizás en algunos casos sea verdad, no lo niego, sin embargo, poder divertirnos con las mismas películas y en la misma lengua sigue siendo una manera muy superficial de conocer a un país. Muchos aspectos de la vida norteamericana tienen poco o nada que ver con la inglesa; y no sólo me refiero a la ‘América profunda’. Aunque el Reino Unido se ha transformado en los últimos 50 años en una sociedad realmente multicultural, Londres todavía dista mucho de ciudades como Nueva York o Chicago, en las que se da mucho más importancia al mérito que a la clase social. Como sociedad construida por medio de la inmigración, Estados Unidos tiene enormes diferencias respecto al Reino Unido, una sociedad tradicional del modelo europeo en el que los inmigrantes, incluso los nacionalizados, no siempre se consideran ciudadanos de plenos derechos. (Lo digo no por mi experiencia sino por lo que me han contado personas no británicas que han vivido en ambos países).

Tener el lujo de poder viajar y percibir estas diferencias y similitudes enriquece y proporciona mayor amplitud de miras a cualquiera. Sin embargo, el migrante sigue encontrando que la gente le valora no según su propia identidad como persona sino según la percepción que se tiene de su país de origen. Empobrece el debate cuando al criticar algo que te parece incorrecto, injusto o simplemente mejorable en tu país de residencia, te responden que tú no eres nadie para dar ejemplo a la vista de lo que pasa en tu país. Pero es aún peor cuando, por razones de objetividad, tu opinión coincide con la de tus gobernantes y por ello te tachan de ‘nacionalista’. No, no por no identificarnos con un nacionalismo propio tenemos que tragar las locuras de los nacionalismos o populismos foráneos. Hay que buscar la verdad, y a veces es muy escurridiza.

Todos somos capaces de ejercer diferentes niveles de objetividad al analizar y criticar las cosas que pasan a nuestro alrededor, sin embargo, por encima de nuestra identidad como pertenecientes a una nación o a un Estado, somos seres humanos con las mismas necesidades, deseos y sueños que el resto de la humanidad. Somos responsables de la actuación de nuestros políticos porque vivimos en democracia y les elegimos, pero eso no quiere decir que por pertenecer a un país tengamos que estar de acuerdo con y defender a capa a espada todo lo que hagan o digan nuestros políticos, o sentirnos ofendidos cuando otros les critiquen.

Precisamente, hace unos cuantos años, mientras conversaba con unos compañeros estadounidenses, estos mostraron sorpresa cuando critiqué con dureza determinadas actitudes de mis conciudadanos. “Cómo puedes hablar así de tu patria”, me recriminaron. Es precisamente una de las virtudes que tenemos los europeos. Nuestra historia común nos ha dado suficientes lecciones para que desconfiemos de las recetas de nuestros gobernantes y cuestionemos los valores ‘oficiales’ de nuestra sociedad. Y poder hacerlo en libertad es fundamental para la democracia, y algo por el que tenemos que luchar especialmente en estos momentos de gran dureza a nivel regional y global.

Los nacionalismos son caducos. El concepto de patria, no. Todos tenemos un sentido de pertenencia a algo, pero tenemos derecho a definir ese algo a nuestra manera, sin tener que izar las banderas o repetir las consignas nacionalistas de nuestros gobernantes.

Muchos de nuestros políticos han cursado Erasmus, y gracias a ello tenemos una mayor garantía de paz en nuestro tiempo. Sin embargo, poco conocen de la vida más allá de las fronteras europeas. Igual habrá que pedirles que aprovechen un poco más su pasaporte antes de llegar a los más altos niveles institucionales. Quizás así será posible que haya menos guerras y que los que no tenemos nada que ver con la política, pero sí hemos viajado, no tengamos que enrojecernos cada vez que abramos el periódico y veamos como nuestros dirigentes intentan crear falsas enemistades con países con los que los ciudadanos normales podemos sentir una afinidad como seres humanos. En definitiva, acabar con esa tan fea costumbre de la clase política que no ha evolucionado desde la Edad Media de construir y romper alianzas a su antojo, y de enfrentarnos con nuestros hermanos de forma brutal e innecesaria.