martes, febrero 28, 2012

Trainspotting: Dos procesos de privatización que acabaron en muerte


Informarme sobre la tragedia de la semana pasada de la estación Once de Buenos Aires me ha traído, además del dolor por los que la han padecido en primera persona, numerosos recuerdos de los tiempos, hace ya 13 años, cuando vivía en la capital argentina y experimenté de primera mano, aún sin recorrer las líneas más degradadas, el pésimo estado de una red de ferrocarriles que antaño era la más grande de América Latina. Mis amigos argentinos me hablaron del abandono de las infraestructuras por el que fuera Presidente de Argentina en aquel tiempo –y cuyo nombre por superstición no se pronuncia– quien había intentado infructuosamente dar respuesta al inmenso problema de la deuda del sistema ferroviario argentino mediante un proceso de privatizaciones que acabaría con las líneas menos rentables, y con ellas pueblos enteros, y dejaría a las restantes a la suerte del libre albedrío de unas operadoras comerciales sin control u obligaciones.




Las analogías entre un país europeo y otro emergente siempre son complicadas y obligan a quien las realiza a obviar muchos factores que conducen al deterioro de uno u otro sistema. Sin embargo, en aquel momento no pude evitar el recuerdo de otro proceso de privatizaciones, de apenas unos años antes y cuyos efectos todavía se notaban a diario en la prensa del país inventor del ferrocarril y hace tiempo el principal inversor en el desarrollo de las vías férreas del país austral. El Gobierno británico de John Major (Juan Mayor para los amigos), quien no se había recuperado aún de la resaca del thatcherismo, pensó que sería posible generar competencia, y por ende mayor eficiencia, en el sistema ferroviario británico mediante la fragmentación de la red y la venta de cada segmento al mayor postor. Empresas, en la mayoría de los casos, gestoras de líneas de autobuses interurbanos sin experiencia alguna en el negocio del ferrocarril. No se entendía con qué motivo el Gobierno conservador creía que así iba a aumentar la competencia a la vista de que cada ruta seguiría siendo un monopolio. Y menos se comprendía la última parte de la privatización, que consistía en la separación de la gestión de las vías de la gestión comercial de las líneas. Las vías las llevaría una empresa, Railtrack, y 25 franquicias distintas repartarían las operaciones. De esta forma, se creó el mayor lío posible y las mejores condiciones para que cada vez que ocurriera un siniestro cada empresa echara la culpa a la otra y nadie se encargara de invertir en las necesarias mejoras.

El estado de las líneas era deplorable de manera que todavía se requerían grandes inversiones por parte del Estado para modernizar la red y para hacer el negocio rentable para los accionistas. Sin embargo, cada cierto tiempo abríamos el periódico para leer la noticia de otro accidente mortal debido a la mala señalización de las líneas o la pésima calidad del material rodante. Nunca se identificaba a un responsable.



En 1997 Major perdió las elecciones al laborista, Tony Blair, sin embargo, a pesar de los intentos de éste de arreglar el lío que había heredado, entre 1997 y 2001 se registraron 52 muertos en accidentes de ferrocarril, uno más que el saldo final del accidente de la semana pasada en Argentina.

En 2001, la gestora de las líneas, Railtrack fue finalmente nacionalizada y en los años posteriores el Gobierno tuvo que intervenir a diversas operadoras de las líneas por la mala gestión de las mismas. Es decir, por suerte, después de sufrir las consecuencias de un proceso de privatizaciones fundamentado más en la ideología que en el pragmatismo, se tomaron las medidas necesarias para empezar a dar la vuelta a la situación. El sistema hoy día todavía deja mucho que desear, a pesar de tener los precios más caros de Europa, sin embargo, si hace 15 años había todavía muchos trenes con una antigüedad parecida a los de la Argentina, hoy se parece un poco más a un servicio de primer mundo, y eso sin mencionar la amplia extensión de la red que tiene pocos rivales en el viejo continente.

Son las historias de dos países con realidades muy distintas, pero cuyos dirigentes compartían en los años ’90 el mismo sueño ideológico de una economía de libre mercado, con escasa presencia del Estado y una total ausencia de regulación. Dos países con unos niveles de riqueza muy diferentes, pero que demostraron que la dictadura de los mercados descontrolados lleva a la ruina, vengas de donde vengas.

El Gobierno de Argentina tendrá que sacar sus propias lecciones de la tragedia de Once, buscar responsabilidades y acabar con la inmensa corrupción y descontrol que le ha llevado a esta situación. Sin embargo, en Europa también debemos aprender algo de las diferentes experiencias de gestión, tanto en el mundo avanzado como en el emergente, en un momento en el que la UE busca aumentar la participación de las compañías privadas en el sistema ferroviario paneuropeo. Ya se ha anunciado que se va a obligar a los gobiernos a abrir las rutas transfronterizas a la competencia y empresas como Ryanair han mostrado su interés en llevar su concepto low cost a las líneas de tren.

No tendremos los mismos problemas de corrupción y de desgobierno que aún tienen muchos países emergentes, sin embargo, sólo hay que pensar en el reciente caso de la Costa Concordia para recordar que también en Europa, y más en unos países que otros, hay claras deficiencias en el control y la regulación de las empresas y de los servicios públicos. Y la actual crisis económica y la situación próxima a la quiebra de algunos países de la región sin duda llevarán a nuestros gobiernos a buscar ‘soluciones creativas’ para reducir el papel y el coste del Estado. Si no queremos que también lleven nuestros servicios a la ruina, como ciudadanos tendremos que ser cada vez más vigilantes. Y no olvidarnos de que la distancia que nos separa de la Argentina es menor que lo que muchos quieren pensar. Hace sólo cinco meses, el Alcalde de Buenos Aires compró 24 vagones de metro a la Comunidad de Madrid. Los mismos trenes que siguen operativos en algunas de nuestras líneas. Y hace cinco años, el Metro de Valencia sufrió un accidente con la muerte de 43 personas, un siniestro que se achacó al mal estado de mantenimiento de la línea.

domingo, febrero 26, 2012

Pervive la mentalidad colonialista del Estado español


El expolio que supone el colonialismo da unas extrañas vueltas. Tantas que pueden pasar 200 años desde que se realice el crimen hasta que finalmente llegue el botín al puerto de la metrópoli.

En 2012 se supone que todos somos anticolonialistas, tanto que un primer ministro inglés utiliza el lenguaje anticolonialista para defender su propia intransigencia respecto a la administración de sus últimos destacamentos coloniales. Los que tienen que decidir son los que habitan allí. Y quien diga otra cosa es colonialista. ¿Quién podrá oponerse a un argumento tan razonable? (Lo que omite, por supuesto, es que en el caso de las Malvinas, los habitantes –cuyos derechos respeto y defiendo tanto como los de cualquier otro, ya que es difícil para la mayoría de nosotros meternos en la piel de los habitantes de unas islas que han vivido hace apenas 30 años el trauma de una invasión por parte del ejército de un país con el que ni comparten lengua ni cultura- no podrán rentabilizar su presencia por mucho tiempo sin que haya algún tipo de acercamiento diplomático con su vecino más próximo.)

Pero para no divagar más, mientras los medios de ambos países refuerzan la guerra retórica, y recurren más a los prejuicios que a la razón para ganar puntos en sus respectivos medios de comunicación sin importar las posibilidades reales de diálogo, en España se celebra la llegada de 595.000 monedas de oro y plata, después de que estas hayan sido rescatadas por unos investigadores científicos, y sin que el ex país colonial haya tenido que invertir un duro en el trabajo. Por supuesto, si no hubiera sido por la empresa norteamericana, Odyssey, el Estado español no habría hecho nada para rescatar las riquezas extraídas de tierras peruanas y brasileñas con el trabajo esclavo de los indígenas, las cuales en un mundo más justo estarían esperando hoy mismo en algún almacén para ser devueltos a su lugar de origen. Otros países con un pasado igualmente infame han tenido por lo menos la suficiente dignidad para llegar a acuerdos económicos con las empresas que se encargan de explorar los mares en busca de tesoro para que los que hagan el trabajo vean alguna recompensa. Sin embargo, España ha considerado desde el primer momento que el botín es suyo y que el trabajo de rescatarlo de la profundidad del océano no merece ningún pago, de la misma forma que los esclavos que trabajaban en las minas tampoco merecían un salario o un trato digno. (Por supuesto, sería grotesco comparar la situación de los esclavos y la del equipo de Odyssey, lo que cuestiono es la actitud del Estado que por lo que veo sigue siendo motivada ante todo por la avaricia).

La consecuencia inmediata de este fallo legal a favor de España será que las empresas que tienen los conocimientos necesarios para hallar fragatas hundidas en ultramar no levantarán un dedo para buscar otras fragatas o tesoros ‘españoles’ a sabiendas de que les caerá una demanda legal y perderán todo el fruto de sus labores. No es, a todas luces, el mejor desenlace para cualquiera de las partes implicadas y no ayudará al trabajo historiográfico a largo plazo, aunque quizás ayude a España a amortizar algunas de sus deudas, de la misma forma que las riquezas traídas desde las Américas en el siglo XVI tampoco beneficiaron al ciudadano de a pie, sino a aquellos países que habían prestado a España el dinero necesario para financiar sus aventuras de descubrimiento y conquista.

Tantas vueltas y sin avanzar un milímetro. Pero, por supuesto, somos todos anticolonialistas.

Nota a pie: Para no causar ofensa a los más susceptibles, me gustaría aclarar que con esta entrada no pretendo criticar a un país en particular, sino a la lógica absurda del colonialismo en general, según la cual la división entre trabajo y propiedad es una relación entre dominante y  dominado. El mundo financiero global sigue funcionando más o menos de la misma forma, pero eso sería tema para otra entrada.

martes, febrero 21, 2012

¿Democracia representativa? Sí, pero representativa


¿Nuestra democracia es representativa? La pregunta es relevante porque últimamente hay cada vez más voces que proponen un cambio del sistema por otro basado en la participación directa de los ciudadanos en la formulación de las leyes. Sin embargo, antes de decidir acabar con un sistema, primero hay que analizar si ese sistema realmente existe, y si no, si sería posible instaurarlo antes de buscar alternativas más arriesgadas.

En una democracia representativa se supone que los votantes eligen a unos legisladores quienes deben ejercer el papel de representante, es decir, defender los intereses de los ciudadanos en el Parlamento, de la misma forma que un abogado representa a su cliente en el juzgado. En España, desde luego, eso no ocurre. Para empezar, los votantes no votan a un candidato a diputado sino a una lista de candidatos y no tienen ningún poder para elegir qué candidatos van a figurar en esa lista. Esa decisión corresponde exclusivamente a los partidos políticos, por lo que se puede decir que en España los diputados representan a los partidos antes que a los ciudadanos.

Pues, los sistemas de partidos no tienen que ser malos por definición, sin embargo, dejan de funcionar cuando los propios partidos también dejan de representar a los intereses de los ciudadanos, o siquiera a los de sus propios afiliados. Antaño era relativamente fácil. El sistema de clases permitía dividir la sociedad en diferentes grupos, cada uno de los cuales estaba conformado por personas con intereses afines. Los trabajadores se organizaban en sindicatos y votaban a partidos socialistas porque creían que los líderes de esos partidos velarían por sus intereses y derechos. Por su parte, los banqueros y los terratenientes votaban a partidos conservadores quienes les garantizaban el mantenimiento del status quo, una realidad que parecía favorecer sus intereses ya que ante todo el sistema, hasta aquel momento, les había permitido acumular riqueza y privilegios, y no los querían perder.

A principios del siglo XXI es mucho más difícil definir a qué grupo perteneces. La clase obrera, que es en realidad cada vez más heterogénea e incorpora también a los que en otra época se definirían con el término ‘clase media’, está más dividida que nunca. Los supuestos avances en libertades de oportunidades permiten a cualquiera que tenga la iniciativa o la suerte llegar a ser millonario sin importar su pasado o su nivel cultural, por lo que los partidos conservadores tienen mayores facilidades para llevarles a su terreno con el argumento de que los socialistas les quieren cortar las alas. En cambio, son cada vez más los que, aún perteneciendo a familias de ‘clase alta’, no son tan ricos como en el pasado y tienen que salir fuera para ganarse la vida. Para ellos, las políticas de facilitar el despido o de permitir a las empresas reducir los sueldos sin causa objetiva suponen una amenaza y pueden llevarles a apoyar partidos que garanticen más derechos para los trabajadores. Los obreros tradicionales, por su parte, fácilmente pueden terminar pensando que los partidos de centro izquierda tradicionales se han aburguesado, que ya no les representan, y que la única alternativa se encuentra en el populismo antiinmigrante de la extrema derecha. Incluso los sindicatos tienen que decidir, cuando pelean en las negociaciones de la reforma laboral, si defienden a los obreros élite con veinte o más años de antigüedad en su empresa, y la garantía de jugosas indemnizaciones, o los jóvenes parados que no tienen derecho alguno. Incluso en España los socialistas pueden ser elitistas.

Sin embargo, esta aparente fragmentación de la sociedad genera otra debilidad importante. Y es que, hoy más que nunca, los partidos no los conforman las personas que dicen que representan. Tienen cada vez menos afiliados y los verdaderos militantes son principalmente jubilados ya que todos los demás están demasiado ocupados con el trabajo o los estudios.

Pues, en este contexto, la toma de decisiones está cada vez más alejada de los ciudadanos. Cuando hay una campaña electoral, los partidos se definen. Unos dicen que defienden tal o cual causa, otros dicen que defienden otra, y finalmente, los ganadores acceden al gobierno sin que los ciudadanos tengan capacidad alguna para frenar su actuación en los siguientes cuatro años. En el Reino Unido existe un refrán, “Pase lo que pase en las elecciones, siempre termina ganando el Gobierno británico”. No existen mecanismos eficaces para que los gobernantes se vean obligados a escuchar a los que les votaron (o a los que en teoría representan, que hay que recordar son todos los ciudadanos), o para que les permitan participar activamente en los debates o la toma de decisiones. Dicen que gobernarán para todos, pero en realidad se limitan a buscar el consenso entre los lobbies empresariales y financieros, que son los únicos que tienen acceso a ellos.

En este escenario, los ciudadanos sólo son representados si por alguna casualidad sus intereses coinciden con los de las empresas. Cuando toman decisiones, dicen que es lo que prometieron y que es lo que la gente pide, pero mienten. Hace poco, Rajoy dijo que la ley del matrimonio homosexual era impopular y dividía a la sociedad. No recuerdo una ley más popular de todas las que introdujo Zapatero. Lo mismo dijo sobre la ley antitabaco, que tenía el apoyo de más del 70% de la población. Miente, pero da igual. No importa lo que pienses sino lo que dicen que piensan los demás. Y viendo algunas de las manifestaciones en la Plaza Colón durante la primera legislatura de Zapatero, con la presencia de Rajoy, Rouco Varela y docenas de banderas preconstitucionales, cualquiera que llegara de otro planeta pensaría que su opinión era la mayoritaria en la sociedad.

Los dirigentes, en este contexto, no son representantes sino ‘líderes’, un concepto que también se ha tenido que adaptar al nuevo siglo. Si, en teoría, un buen líder es el que escucha a las personas que representa, genera autoridad y confianza y toma decisiones que tengan en cuenta primero de todo los intereses de sus subordinados; los líderes modernos, en cambio, tienen que decidir primero, apoyándose en la información que les proporcionan y las presiones que les meten grupos de intereses ajenos a su partido, y después convencer a la opinión pública de que su decisión ha sido la correcta. Para conseguirlo, no sirven los debates tradicionales, porque así dan voz también a sus contrincantes, sino las estrategias de comunicación, la mercadotecnia, y, ¿por qué no? el control directo de los medios de comunicación.

Sin embargo, incluso en este capítulo, el sistema español vuelve a fallar. Quizás el mejor ejemplo sea la Guerra de Irak. Los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y España decidieron que había que invadir Irak aunque sus votantes estuvieran en contra. Entonces, EE UU y Reino Unido organizaron estrategias y campañas para intentar convencer a sus ciudadanos de que era necesario atacar. Para Estados Unidos, el 11 de Septiembre sirvió como el mejor argumento. A Blair le costó más convencer a los británicos, pero al final le sirvió la jugada del dossier falso con la que consiguió que al inicio de la guerra más de la mitad de los británicos defendieran su actuación. Sin embargo, en el caso de España Aznar no se sirvió de ninguna estrategia de comunicación. El 90% de los ciudadanos se opusieron a la participación de su país en la guerra, y el Presidente no hizo nada para intentar cambiar su opinión. Ni mentir. Pesaron más la necesidad de mostrarse fuerte de cara a Washington, así como los intereses de las empresas constructoras y petroleras españolas. España fue a la guerra sin contar con el legítimo apoyo del pueblo. Y después Aznar puso a Rajoy como candidato pensando que la gente le vería como más moderado y le volverían a votar. No es esa democracia representativa ni de lejos. Había que ser muy chulo para vetar la opinión de tus votantes sin siquiera ofrecer un solo argumento para justificar tu actuación. Simplemente, hizo lo que le salió de los huevos. Y luego se sorprendió cuando explotó en su cara.

Zapatero se creía mejor persona y decidió que iba a cumplir el programa por el que le habían votado. La primera cosa que hizo fue retirar las tropas de Irak. Luego, legalizó el matrimonio gay, aumentó la inversión en ayuda al desarrollo, introdujo la ley de la dependencia, mejoró el diálogo con las Comunidades Autónomas… Todas ellas medidas que, te gustaran o no, había prometido a los votantes e intentó cumplir. Sin embargo, intentar gobernar de manera más o menos representativa en un sistema que no lo es no funciona, y pronto se dio un golpe con la realidad. Pocas semanas después de iniciar su primera legislatura, la oposición salió a la calle, la Iglesia salió a la calle, las juventudes del Falange salieron al calle, hasta el Embajador de Estados Unidos salió a la calle. A poco habrían incendiado el Palacio de la Moncloa cual bombardeo de la Moneda. De hecho, el Ministro de Defensa, José Bono, tuvo que destituir a los altos mandos del ejército después de que estos le amenazaran con sacar los tanques a las calles de Barcelona.  Y no es broma, algunos tenemos memoria.

El gran error de Zapatero fue pensar –y por eso le tildaron de ‘ingenuo’- que su deber era representar a los votantes. Cuando sus militantes le gritaron, ‘no nos falles’ en la noche de su primera victoria, les contestó que no, que no les iba a fallar. Ningún presidente había tardado tan poco tiempo en cometer su primer error garrafal. Tardó seis años en aprender, el pobre, y qué bien aprendió, como los mejores estudiantes. La Merkel casi le recomienda para un premio Nobel. Escucharle rendir cuentas ante su partido en el reciente Congreso del PSOE fue la mejor prueba de que, a pesar de haber tenido que vestirse con las prendas del enemigo, nunca perdió del todo esa visión idealista de que los gobernantes tienen que escuchar a los votantes y ser transparentes. Su discurso no tenía ni pies ni cabeza. Cuando te obligan a hacer algo, y más si eres una persona de convicciones, no hay manera de justificarlo. Se parecía al discurso de un embajador que intenta defender el punto de vista de los terroristas que le han tomado rehén en su propia embajada. Lo tiene que decir porque es la única manera de salir vivo, aunque nadie se lo cree ni muerto. Pero tampoco había traicionado a los votantes por voluntad propia. Él les había fallado de la misma forma que el sistema le había fallado a él. La mayoría de los líderes jóvenes empiezan siendo Bambi, pero luego crecen y se convierten en algo más parecido a Lucifer. Zapatero empezó como Bambi y terminó como Bambi. Le habían cambiado la ropa y el cerebro. Pero en su alma más profunda seguía siendo Bambi.

Y bueno, ahora tenemos al espantapájaros, y sobre él cuanto menos se habla mejor. Sólo hay que volver a escuchar las cosas que dijo en la campaña electoral y luego ver lo que ha hecho en sus primeros dos meses en el Gobierno para comprender que no ha necesitado ni una sola lección para darse cuenta de quién representa. Llevaba ocho años reuniéndose con ellos para preparar su plan de Gobierno. ¿Y cuántas veces se reunió con grupos ciudadanos para sondear la opinión pública, salvo con los que los estamentos eclesiásticos sacaban cada domingo a las calles de Madrid? Si alguna vez lo hizo, nunca salió en los medios.

La democracia directa, en mi humilde opinión, no es una gran idea. Sólo hay que ver el ejemplo de California donde sólo sirve para dar alas a los populismos, radicalismos y, sobre todo, el inmovilismo. Y para experiencias aún más aciagas, se puede estudiar la República Weimar. No son tiempos para tales experimentos. Sin embargo, si vamos a defender la democracia representativa, tenemos que defender que de verdad sea así. Para que pueda llamarse democracia, sea representativa o no, el poder tiene que emanar del pueblo, sí o sí. Pero en la actualidad el poder, y más en Grecia, Italia o España, emana del poder, y el poder enseña al pueblo a acatar sus decisiones. Hace falta otra democracia, o por lo menos, la que dicen que ya tenemos. Esta, la llaman democracia, pero…

domingo, febrero 19, 2012

Los comentarios en los medios online son una merienda de trolls


Una cosa que me llamó la atención cuando vine a España por primera vez fue descubrir que para enviar una carta al director de El País, había que facilitar no sólo el nombre y dirección postal, sino también el número de DNI.  Para alguien que venía de un país en el que el mero concepto de tener que llevar un número de identidad encima se considera contrario a la libertad personal y más propio de otras épocas más autoritarias, tener que facilitar estos datos para poder ejercer la libertad de expresión me produjo indignación.

Sin embargo, con el tiempo me fui adaptando a esta costumbre y hasta me convertí en defensor del documento de identidad por razones sobre todo prácticas. No por carecer de un DNI los británicos nos libramos de tener que identificarnos, y menos cuando estamos fuera de nuestro país. Ante la ausencia de un registro único de todos los ciudadanos del país o de un documento que acredite nuestra identidad, demostrar que eres quien dices que eres se convierte muchas veces en un suplicio. Además, he ido descubriendo que España no es, ni mucho menos, el país más exigente en este sentido. Para dirigir una carta al director del diario argentino, La Nación, para dar sólo un ejemplo, no sólo tienes que facilitarle el número de DNI, sino también aceptar que lo publique debajo de tu firma en el papel impreso. Supongo que será para evitar la suplantación de identidad con intención difamatoria. En este sentido, como para muchas otras cosas, los medios británicos confían de la palabra de sus lectores quienes no tienen ninguna obligación de demostrar su inocencia antes de publicar un comentario sino más bien al revés. Si alguien es difamado, el sistema legal es perfectamente capaz de castigar al culpable y de compensar a la víctima.

De todas formas, Internet lo ha cambiado todo. Cualquier persona puede abrir un perfil en Twitter y expresar cualquier opinión que le venga a la cabeza, y en general, el sistema funciona bastante bien. Mucho mejor, de hecho, que la mayoría de los medios online españoles, que muestran un exceso de celo a la hora de moderar los comentarios, un hábito que ha vuelto en su contra ya que el retraso en su publicación impide que haya un debate fluido e inteligente. Los medios anglosajones se limitan a moderar los comentarios después de su publicación y a eliminar los que consideren ofensivos. Y aunque la calidad del debate todavía deja mucho que desear, supera con creces la de las conversaciones sin sentido que proliferan en las webs de El Mundo ó El País. Las empresas, las personalidades públicas y los propios periodistas contribuyen al debate con sus comentarios y es bastante fácil distinguir entre una conversación seria y una merienda de trolls.

El Mundo intentó hacer lo contrario y replicar en Internet la misma política que aplica al papel, de manera que hasta hace poco pedía a los usuarios que se registraran con su DNI para poder comentar sus artículos. Sin embargo, al mantener la opción de que los usuarios no registrados dejaran comentarios sin identificarse, el 90% de los comentarios llevaban la firma, ‘Anónimo’, lo que de poco sirvió para promover una discusión digna de ser leída. Y curiosamente, en el otro extremo, como parte de su intento de ‘mejorar’ la calidad de los debates, El País ahora permite que los usuarios suban, además de texto, imágenes y vídeos; de manera que los jóvenes militantes de los partidos políticos ya pueden publicar contenidos difamatorios en cualquier formato multimedia. Desde luego, no parece que los medios españoles dediquen mucho tiempo a la reflexión antes de diseñar sus estrategias para la participación de sus lectores.

Si fuera periodista en alguno de estos medios, reclamaría, como hoy lo ha hecho el cómico, David Mitchell en el diario, The Guardian, que dejen de una vez de admitir los comentarios de los lectores. Los artículos que merecen ser comentados rápidamente se convierten en trending topics en Twitter o copan la línea de tiempo de sus fans en Facebook, de manera que se facilita el debate entre personas que ya se conocen entre sí y no pueden esconderse detrás del anonimato. Así han evolucionado los blogs, y en el caso de este para el que escribo, la gran mayoría de los comentarios que recibo me llegan a través Twitter o Facebook, y siempre han contribuido de forma positiva a la conversación. Las redes sociales han acabado con el anonimato sin tener que inmiscuirse en los datos personales de los usuarios, sino simplemente mediante el poder de la comunidad. En este contexto, ¿no ha llegado la hora de cerrar de una vez la puerta a los trolls y de transformar los medios online en plataformas de prestigio y no en un regalo para los grafiteros, o peor, en plataformas a medida de los que buscan ofender, amenazar o agredir a los que intentan ganarse la vida con el periodismo?

miércoles, febrero 15, 2012

Cuando miente Pinocho 2.0, se achica su nariz


Si el plagio es una ofensa a los que se esfuerzan por investigar y escribir algo original, me pregunto qué sensación tiene un escritor a quien le atribuyen textos que no son suyos. Desde luego, si me atribuyeran alguna obra de Cervantes o de Shakespeare, lo tomaría como un honor aunque después me daría algo de vergüenza pensar que la gente me respeta por un don que no me corresponde. En cambio, si fuera un gran escritor y me diera cuenta de que circulaban, con mi foto y firma, textos mediocres  que nunca había escrito, me provocaría algo cercano a la indignación.

Curioso me resulta, por tanto, que hoy han sido precisamente los ‘indignados’ los que han tenido que eliminar de su página web un texto atribuido al escritor, Arturo Pérez-Reverte sobre la crisis, cinco días después de haberlo colgado. En realidad, se trata de una versión de otro artículo publicado hace más de un año en Noticias de Navarra,  firmado por Jesús Sanz Astigarraga, y que lleva mucho tiempo circulando en diversos foros de Internet con la firma del falso autor. Leyendo el artículo, no hay que ser muy avispado para darse cuenta de que no es de Pérez-Reverte. No comparte nada de su estilo, e insulta directamente a sus lectores de una forma cruda que rebasa incluso los límites del creador de la saga del Capitán Alatriste. Sin embargo, el fenómeno de la viralidad ha permitido que en poco tiempo la mentira se convierta casi en artículo de fe, e incontables usuarios de las redes sociales se enrojecen al darse cuenta del engaño, en muchos casos después de haberlo compartido con sus amigos y, por tanto, de dar continuidad a su difusión en la Red.

Internet es quizás la mejor prueba de lo ingenuos que somos y de hasta qué punto estamos dispuestos a difundir infamias o noticias sensacionalistas sin contrastar. Recuerdo esos e-mails en los que se anuncia que tal persona ha desaparecido y, por favor, reenvíalo a todos los contactos de tu libreta de direcciones. Los inocentes usuarios cumplen con la solicitud añadiendo la breve introducción, “No sé si será verdad pero te lo reenvío por si acaso…” En muchos casos, me atrevo a pensar que incluso sospechando que la información puede que no sea completamente verdadera, preferimos compartirla con rapidez por el morbo. Las mentiras son mucho más interesantes que la verdad. Vivimos, después de todo, en una época en la que las verdades no son rentables, en la que canales como CNN o la BBC son superados por la Fox o Intereconomía, que ponen la ideología y la mentira por delante la investigación y la objetividad. Buscamos confirmar nuestros prejuicios en vez de cuestionarlos, que es lo que antaño se enseñaba en la Universidad.

En este contexto, me pregunto, si incluso nos dejamos engañar por cosas tan absurdas como el artículo que acabo de mencionar, ¿cuántas mentiras nos transmiten nuestros gobernantes? O mejor dicho, ¿con qué frecuencia nos cuentan la verdad? Sospecho que esta segunda cifra, por pequeña, sería más fácil de cuantificar. Las redes sociales no clasifican las noticias según su nivel de veracidad, sino por el nivel de coincidencia con nuestros prejuicios y en este contexto los gobiernos tienen un inmenso campo de juego para manipularnos, para crear falsos enemigos, para generar miedo, y en definitiva, para alistarnos en sus oscuros proyectos.

¿Será verdad que Facebook es una creación de la CIA? Si no existiera, lo tendrían que inventar.

martes, febrero 14, 2012

Sencillos y vulnerables


Llegas a un punto en el que ni sabes qué opinar. Tus valores te dicen que estamos todos padeciendo una crisis que crearon otros, los cuales ahora buscan que nosotros admitamos el castigo. Sin embargo, la cruda realidad te termina convenciendo de que no importa como hemos llegado hasta aquí sino descubrir de qué manera podemos salir del atolladero, y si eso requiere recortar, hacer sacrificios, trabajar más y mejor, es lo que nos toca para poder pagar las deudas de las que todos tenemos parte de la responsabilidad. Por supuesto, el monodiscurso de los medios de comunicación nos ayuda a asumir que esa es la única solución.

Me resisto a creerlo. No todos vivimos por encima de nuestras capacidades en los años de supuesta bonanza. Muchos fuimos mileuristas o poco más que eso. Muchos de los que nos hipotecamos lo hicimos para poder vivir en un diminuto espacio, y no porque nos obsesionara la idea de ser propietario sino porque un mercado de alquiler mal diseñado nos empujó a comprar para tener, aunque fuera un mínimo de estabilidad.

No nos hicimos ricos. Ahorramos un poquito –muy poquito- y vivíamos de manera más o menos acorde a los medios que teníamos a nuestra disposición. No sabíamos qué había detrás de los préstamos que sacábamos, ni qué instrumentos utilizaban las entidades financieras. Lo único que teníamos claro era que el coste de la vida era excesivo y que teníamos que pagar un precio injusto sólo por tener un techo mientras cientos de miles de casas estaban vacías.

Fue una estafa. Y los que intentaron enriquecerse con nuestro sudor crearon una burbuja que estalló en sus caras. Tanto que los gobiernos, algunos de los cuales, al igual que el nuestro que andaba con superávit presupuestario, tuvieron que generar más deuda para proteger los ahorros de los ciudadanos de a pie, y sobre todo los sueldos de los banqueros. Y ahora nos toca amortizar esas deudas con más deuda y con la venta de nuestro patrimonio y estado de bienestar.

Es la conclusión a la que llega cualquier persona que tenga pocos dotes de economía pero sí algo de sentido de justicia social, de todas formas, hay otros que sí entienden de finanzas y que son capaces de construir cada vez más argumentos y cada vez más torres de marfil para demostrar que en realidad lo que necesitamos para salir de aquí es más lucha y más sacrificio.

Los votantes, desde luego, se lo creen. La ilustración es todavía un fenómeno reciente y a los seres humanos nos cuesta dar ese último paso hacia nuestra emancipación. Tenemos momentos de lucidez en los que creemos que las cosas pueden ser distintas y luchamos por un mundo mejor. Sin embargo, cuando las cosas se ponen feas de verdad, nos asustamos y otra vez buscamos la protección del padre. Llamamos a los financieros, que según creemos son los únicos que de verdad entienden como manejar esta porquería de sistema que, a pesar de sus defectos, hasta ahora nos ha dado de comer, y seguimos sin darnos cuenta de que sus defectos tarde o temprano nos llevarán a la ruina. Todos estamos de acuerdo en que sólo hay una persona que sabe pilotar el avión, sin embargo, no acabamos de darnos cuenta de que este avión ha perdido las alas.

Es una visión simplista, lo sé, pero cada día creo que, en efecto, nos estamos volviendo más sencillos. El Leviatán no es el Estado, tal y como señalaba Hobbes, sino el mundo financiero, el sistema que nos controla y que se aleja cada día más del concepto de democracia que nos enseñaron en el cole. No me siento inteligente escribiendo estas cosas. Sólo me siento pequeño, débil e impotente ante las fuerzas que poco a poco nos van quitando el oxígeno vital. Sólo cuando rescatemos la cosa pública, si de verdad es salvable, -algo que dudo- evitaremos un futuro aciago.

pd. Me sigue resultando curioso que las principales agencias de ratings se llaman 'Estándares y Pobres' y 'de Mala Leche'. ¿Alguien me lo sabe explicar?

domingo, febrero 12, 2012

Crónica de una inhabilitación anunciada


El desenlace estaba cantado. La envidia y los celos de las autoridades judiciales españolas por el estrellato universal del juez instructor, Baltasar Garzón, habían bastado para entorpecer su trabajo desde que, tras el arresto del General Pinochet en Londres en octubre de 1998, la Audiencia Nacional, con la complicidad del entonces Presidente del Gobierno, José María Aznar, obrara para evitar la extradición del ex dictador a España. Un hecho que no sólo hubiera perjudicado gravemente las relaciones comerciales entre España y Chile sino también habría creado un precedente que sin duda con el tiempo obligaría al estado español a rendir cuentas por los crímenes de su pasado franquista. Había que parar al juez utilizando todos los medios a su alcance.

A pesar de todo, tardaron 14 años en conseguir su objetivo, y el pasado 9 de febrero, el Tribunal Supremo inhabilitó al juez por 11 años en un fallo que ha sido criticado por los medios de todo el mundo, a pesar la reacción tibia en España, un país en el que apenas quedan medios de comunicación independientes. Aquí el consenso, entre todos menos los de la derecha más rancia que aplauden sin matices la decisión del Supremo, es que se trata de un hecho poco afortunado pero necesario, porque al fin y al cabo, Garzón no incumplió la ley al realizar escuchas a los imputados del caso Gürtel. Es decir que en España hacer justicia es suspender a un juez que persigue a los políticos corruptos y obligarle a pagar una multa de 2.500 euros a los criminales. No parece importar que las escuchas fueran realizadas por pedido de la policía judicial y con el consentimiento del fiscal, que se debían a la sospecha de que los abogados de los detenidos eran cómplices y que las comunicaciones se dirigían a blanquear dinero. Parece que ha habido importantes errores de procedimiento y Garzón sigue afirmando que no se tomaron en cuenta las pruebas que él mismo proporcionó, sin embargo, al menos en España se considera primordial defender a las instituciones y asumir que el que ha errado es el investigador.

Estamos, por tanto, enfrentados hoy a la brutal ironía de ver como el Ministro de Justicia, Alberto Ruíz Gallardón, afirma que el Gobierno defiende la independencia de la justicia y que nunca hará comentarios políticos sobre un juicio, a pesar del carácter marcadamente político de este fallo. Como si en estos 14 años nadie en su partido hubiera hecho nada para influir en el destino del juez español más famoso del mundo. Hablar hoy de la independencia de la judicatura española es algo parecido a hablar de la capacidad de empatía de Jack el Destripador. Sencillamente, no existe.

Garzón recurrirá al Tribunal Constitucional, y posteriormente al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Sin embargo, no hay muchas razones por el optimismo. El fallo contra el juez es sólo el último paso en la derechización de un continente, en el que la democracia en efecto se ha suspendido hasta nueva orden del FMI y el Banco Mundial. Mientras tanto, los militares griegos se preparan para tomar el control del Gobierno de su país tras una declaración de impago que ya se da casi por sentada y las fuerzas antidisturbios españolas enfilan sus armas para hacer frente a la violencia social que nos espera.

En este contexto, ¿qué autoridad hoy en día permitiría que se establecieran precedentes legales para que sus futuros crímenes puedan ser juzgados o para que se declare ilegal una amnistía que permitió que nadie rindiera cuentas por los crímenes a la humanidad? Tras 50 años de avances en derechos humanos, ha llegado el momento del retroceso, porque para los poderosos es lo que más conviene. Curiosamente, ahora la última esperanza de que haya un fallo a favor de las víctimas del franquismo está en Argentina, donde la justicia intenta devolver a los españoles el favor que le hizo Garzón al investigar las acciones de su propia dictadura militar, amparándose en la jurisdicción universal. Ahora que han criogenizado a la justicia española, han castrado a nuestros medios de comunicación,  y todos los poderes están controlados por el partido que más se beneficia de este fallo, el próximo paso será poner en orden al país de Cristina Fernández de Kirchner y acabar con la carrera de sus jueces más turbulentos, para que no quede ni el menor resquicio de voluntad popular y las élites puedan repartir los cada vez más escasos recursos de esta tierra sin el inconveniente de tener que consultar a sus clientes, perdón, conciudadanos. Y, en eso tienen mucha experiencia.

miércoles, febrero 08, 2012

Desde la ventana


Hoy sólo leo tonterías. Es como asomar la cabeza por la ventana y ver sólo cosas absurdas. Estar cegado a la naturaleza y la verdad y ver exclusivamente las creaciones del cerebro, pero no el de uno mismo sino el de un loco que anda por el mundo haciendo el papel de dirigente.

Ha dicho hoy Ken Livingstone, ex alcalde laborista de Londres, en una entrevista con la revista, New Statesman, “El mundo está liderado por monstruos y hay que saber tratar con ellos. Algunos de ellos gobiernan países, otros son banqueros y otros son magnates de grandes grupos de medios”. Lo que está claro es que sus juegos políticos les alejan cada vez más de la sensatez y de la realidad de nuestras vidas.

Amenazan a países enteros sin darse cuenta de que la globalización que ellos mismos han fomentado ha destruido las fronteras y creado hermandades entre pueblos que sólo ellos no son capaces de ver, que las muestras de violencia no sólo hacen daño a su enemigo imaginario sino parten el corazón de muchos de los suyos (o de los nuestros), que no entienden por qué el país que les da el pasaporte es capaz de jugar con las vidas de otros seres humanos como ellos. Viven en una burbuja que les atrapa en una forma de pensar decimonónica cuando el resto del mundo ha avanzado. Lanzan consignas patrioteras mientras siembran el mundo de muerte y ennegrecen las vidas de la gente humilde.

Nos toman por tontos y lanzan mensajes que son fácilmente captados por sus medios de desinformación, obviando que los lectores, oyentes y espectadores ya están inmunizados a la propaganda y que la credibilidad que ellos intentan dar a la información publicada es inversamente proporcional a la suya propia. Juegan con nuestro esfuerzo y con nuestros ahorros. Nos quieren convencer de que los problemas del mundo son culpa de los más débiles. ¿Será que el auge del laicismo obliga a los políticos a asumir los cargos que antaño tenían los curas y los obispos? El de amedrentar y de infundir sentimientos de culpa en los ciudadanos.

¿Cuánto tardarán en asomarse por la ventana para ver lo que pasa de verdad en la calle, para escuchar las conversaciones de la gente común, para descubrir nuestras preocupaciones y miedos para posteriormente dar respuesta a ellos? ¿Cuándo nos devolverán el mundo que nos han quitado?

Quosque tandem abutere patientia nostra?

martes, febrero 07, 2012

Intrusismo en el aula


La Presidenta de la Comunidad de Madrid, según leo en Público, ahora acusa a los profesores de frenar el bilingüismo porque algunos “no saben inglés y no quieren aprenderlo”.

Me parece loable el esfuerzo por mejorar la enseñanza del inglés, pero ¿no es exagerado esperar que cualquier profesor, sea de historia, de matemáticas o de geografía, también sea experto en lengua inglesa? ¿Y realmente fomenta los conocimientos de un idioma que las asignaturas más importantes sean impartidas por unos profesores que no son nativos en la lengua de enseñanza?

Cuando iba al colegio y el instituto, tenía la suerte de contar con unos profesores que eran cada uno de los mejores en sus respectivas materias. Sin embargo, nunca iba a esperar que el profesor de filología inglesa me diera las clases de francés. De hecho, recuerdo un día en el que un profesor mío, un filólogo excelente, tuvo que sustituir precisamente a mi profesora de francés. Se sentó delante de la clase y se puso a leer el Daily Telegraph mientras hacíamos con diligencia los deberes que la profesora ausente nos había asignado. Pasaron cinco minutos y el docente, ya aburrido, cerró el periódico y dijo, “Mirad, dejad de perder el tiempo con esa lengua tan absurda, hablemos de política”. Y así siguió la clase.

Con tanta obsesión por mejorar los conocimientos de la lengua de Shakespeare entre el cuerpo docente, la Comunidad de Madrid corre el riesgo de perder de vista los pésimos resultados de los alumnos españoles en asignaturas tan importantes como la ciencia o las matemáticas. Si quieren mejorar el nivel de inglés de los jóvenes, tienen diversas formas de hacerlo. Podrían, por ejemplo, promover la difusión del cine en versión original, algo que empezaron a hacer con la llegada de la TDT a través de su canal oficial, pero que después de la publicidad inicial han abandonado. O podrían cambiar la manera de enseñar inglés desde los primeros años del colegio mediante la adopción de una metodología con contenidos más prácticos e interactivos. ¿No sería más llamativo, por ejemplo, que la Comunidad de Madrid contratase a una personalidad de la talla de Richard Vaughan como gurú encargado de analizar cómo mejorar la formación del inglés en los centros educativos de la región? Sin duda, saciaría su apetito por titulares y quizás a este se le ocurran mejores ideas que los palos de ciego de los consejeros madrileños.

Hay mil maneras de mejorar la enseñanza de inglés, sin embargo, el modelo de bilingüismo que ha elegido la Presidenta de nuestra región no me convence, por lo menos mientras sea necesario obligar a unos profesores que llevan años perfeccionándose en otras asignaturas a enseñar su materia en una lengua en la que no se sienten cómodos y con la que pierden su capacidad didáctica. Aparte, es una ofensa a los que llevan 10 o 20 años perfeccionando una segunda lengua sugerir ahora que cualquier persona puede dominar el inglés en 3 meses con la ayuda de un curso intensivo, y con un nivel suficiente para poderlo impartir en un instituto. Es la peor forma de intrusismo profesional que hay y sólo conducirá a la mediocridad y la pérdida de prestigio de la asignatura que se quiere impulsar.

domingo, febrero 05, 2012

Que se fuguen los cerebros, pero que luego vuelvan


España se preocupa por la cantidad de jóvenes bien formados y preparados que abandonan el país en busca de trabajo en otros sitios. Y debería ser así, pero no por el hecho de que se vayan sino por la falta de empleo que les empuja a dar el paso.

Sin embargo, cuando se habla de una fuga de cerebros, se obvia que los que se van lo único que hacen es seguir el instinto natural, el de buscar ampliar sus conocimientos y experiencias en otros lares y de establecerse en los paises en los que sientan que tendrán mayor reconocimiento y calidad de vida.

No debe ser el objetivo del Gobierno detener ese flujo, que sería restringir la libertad de la gente. Sólo países como Cuba intentan crear barreras artificiales que impidan a sus ciudadanos respirar o dar respuesta a sus inquietudes en el exterior, y ya hemos visto como termina eso. Salen más y más para no regresar nunca. Tampoco debe considerarse una pérdida de dinero por parte de un Estado que ha costeado durante tantos años sus estudios. O por lo menos, no debe considerarse así si el movimiento es circular. Porque incluso cuando se vuelva a generar empleo, habrá muchos que mantengan la misma inquietud de viajar, de explorar y de descubrir. Y a la larga aprenderán más y los que algún día vuelvan aportarán nuevas ideas, nuevos conceptos y nuevos estilos de vida que enriquecerán el país en todos los sentidos.

Lo que tiene que garantizar el Gobierno es que para cada español formado que salga, entre otro extranjero, o mejor dos, con igual o mayor formación para así fortalecer este círculo virtuoso de crecimiento y aprendizaje. Porque no sólo el Estado español invierte en formación, y algunos países son especialmente expertos en formar a personas en áreas determinadas en las que aquí falta experiencia. La bonanza tecnológica en Estados Unidos, para ofrecer sólo un ejemplo, se alimentó principalmente de ingenieros e informáticos procedentes de Asia que fueron en busca del éxito en unos años en los que en sus países sufrían una grave depresión y no había oportunidades. Muchos de estos ya han regresado a sus países y hoy apuntalan el éxito de las economías emergentes, o lideran los movimientos ciudadanos que demandan mayor libertad y más democracia en sus paises de origen. 

El principal error que se cometió en España en los últimos años de bonanza fue que además de permitir que los jóvenes dejaran de estudiar para trabajar en el ladrillo y después unirse a la cola del paro, se dieron más facilidades a las constructoras para que contrataran mano de obra extranjera y poco calificada, y en cambio los que venían de fuera con un alto nivel de formación encontraron un montón de estorbos burocráticos para ser considerados como iguales en el mercado laboral, o que ni siquiera se reconocían sus estudios.

Sólo cuando logremos sustituir el término ‘fuga de cerebros’ por ‘libertad de cerebros’ y tomemos las medidas necesarias para ayudar a las empresas a contratar los mejores, vengan de donde vengan, seremos capaces de aprovechar todos los beneficios de este fenómeno y de integrar a España plenamente en un modelo de globalización más humano en el que no sólo fluya libremente el capital sino también las personas.

Y que no vengan sólo para dar clases de inglés...

sábado, febrero 04, 2012

Un país gobernado desde la nostalgia


Ocupan los puestos más altos en los sindicatos; son alcaldes, concejales, hasta líderes de los principales partidos políticos. Son personas que han hecho mucho y que se han ganado méritos considerables a lo largo de los años; sin embargo, sobre todo son personas que una vez, hace ya muchos años, soñaron que algún día les tocaría a ellos, que el país y sus principales instituciones serían gobernadas y gestionadas por personas como ellos que tenían juventud, ilusión y sobre todo la capacidad de imaginar en qué país querían vivir.

Han pasado los años, han visto cumplirse sus sueños y han llegado a la edad de la jubilación. Sin embargo, lo que antes soñaban por el país, ahora lo sueñan por ellos mismos, por mantenerse en sus cargos o por no tener nunca que regresar a ser ciudadanos normales. Ven como el país que una vez lograron construir ahora se derrumba bajo su mando cada vez más torpe. Están alejados de los problemas de los ciudadanos y creen que ser solidario es conservar los privilegios de los que ya los tienen y no tener que repartir el pastel con las futuras generaciones.

Mientras tanto, los que hoy son jóvenes, los que entienden el mundo de otra forma, que han viajado, que entienden cómo las cosas han cambiado y tienen la capacidad de ver cómo ha de progresar la sociedad para que todos puedan seguir formando parte de ella, no tienen la palabra. En muchos casos sólo les queda emigrar. Los que consiguen un trabajo en España ven como sus contratos les dan cada vez menos derechos. Saben más, tienen más formación pero para las empresas son más prescindibles.

Es una situación dura, hasta trágica, y crea creciente desilusión por parte de los ciudadanos respecto a la clase política ver cada día noticias que no son capaces ni de entender ni de explicar. Ver como los que tienen el poder se lo manejan para que nadie más pueda coger el timón y cambiar el rumbo del barco. Y como lo celebran en reuniones y congresos cerrados en los que los únicos que tienen voz y voto son ellos mismos. Ocupan también los medios de comunicación de manera que cualquier aspirante de menos de 50 años sea ridiculizado como advenedizo, ingenuo, ignorante, o peor de todo, mujer. Ser mujer, joven y ambiciosa es el peor pecado imaginable en este país de hombres viejos que nunca se conforman con lo que ya tienen.

Recuerda a ‘Rebelión en la Granja’. Los que una vez se rebelaron ahora son los que defienden el statu quo. Nos venden la continuidad como si se tratara de cambio, la decepción como si fuera ilusión. Y siguen tocando la misma musiquilla de ambiente para anular nuestras almas y nuestras mentes.

Hace falta una nueva rebelión para volver a dar oxígeno al país, y para recuperar el futuro para las generaciones que tendrán que sufrir las consecuencias de las decisiones que se toman, o no se toman, ahora. Seguimos viviendo en el Viejo Continente pero somos muchos los que lo queremos rejuvenecer. Nos queda una batalla por delante, pero la situación actual es insostenible y tarde o temprano algo tendrá que cambiar. El 15M sólo fue un primer paso muy pequeño, pero vamos cada vez a peor. El descontento volverá cada vez más aparente, el deseo de cambio se transformará en fuerza.

Se acabará el tiempo de los mítines de gente llena de nostalgia y les tomarán el relevo otro tipo de reuniones más útiles y más constructivas en las que predominen personas con los ojos abiertos al futuro. Es necesario y será sólo el primer paso para que algunos de los millones de españoles que han emigrado vuelvan a imaginar a España como tierra de éxitos y de oportunidades. Si no lo empezamos a creer, nunca pasará.

jueves, febrero 02, 2012

Wert’s up?

"No alcanzo a entender por qué el cumplimiento de un compromiso electoral es motivo de tantísimo interés" (José Ignacio Wert).



Así se ha defendido el Ministro de Cultura en relación al debate sobre la eliminación de la materia de Educación para la Ciudadanía. Al parecer, al Wert este le falta cultura democrática si cree que sus decisiones no deben ser de interés público, y más cuando intenta engañar a los oyentes de un programa de radio al presentar como ejemplo de ‘manipulación’ un libro que nunca se utilizó para esta asignatura.

Es verdad que el partido de este político incluyó en su programa electoral la eliminación de esta asignatura, sin embargo, también tiene que entender que su partido no ganó las elecciones sólo por los méritos de su programa sino por la percepción general entre los ciudadanos de que iba a gobernar mejor que los anteriores en el capítulo económico. Por supuesto, no es su culpa que el sistema político y electoral es como es o que favorece las mayorías absolutas de derechas, sin embargo, podría mostrar un poquito de humildad antes de presuponer que los que votaron a favor de la austeridad económica no le vayan a criticar cuando aplica medidas ideológicas de derechas en el apartado social.

Le vendría bien al Ministro acudir a unas clases de Educación para la Ciudadanía. Tal vez le explicarían que la democracia es más que unas elecciones que se celebran cada cuatro años; que la legislatura existe para que las propuestas del Gobierno estén sujetas al debate crítico por parte de los diputados, quienes en una democracia avanzada representan a sus electores antes que al partido al cual pertenecen; y que los medios de comunicación están allí por su capacidad de controlar al Gobierno. Quizás si entendiera estos tres puntos, que no son especialmente complicados, pensaría dos veces antes de imponer por decreto otras de sus promesas, por ejemplo la que acabará con la objetividad de los medios audiovisuales públicos.

Vivimos en una democracia representativa –con bastantes deficiencias, eso sí-, y las elecciones generales se celebran para elegir a los representantes y no porque haya ganado unas elecciones tiene un partido derecho a imponer su programa sin pasar primero por los controles y equilibrios del sistema democrático. Por supuesto, el Gobierno tiene legitimidad para aplicar las políticas que considere más adecuadas para la situación del país –faltaría más con la aplastante mayoría que tiene–, sin embargo, también tiene la obligación de rendir cuentas ante los medios y los ciudadanos y, cuando mete la pata, rectificar.

miércoles, febrero 01, 2012

“Vos colonial, yo populista”

Sólo hay un imperio en el mundo en 2012 y es el del capital. Por consiguiente, para la mayoría de los mortales los conflictos sobre el futuro de las últimas avanzadas coloniales del Reino Unido, sean las Islas Malvinas o la roca de Gibraltar, resultan cuando menos anacrónicos y sólo suben a la superficie cuando por razones internas, bien británicas, bien del país colonalizado, los respectivos gobiernos deciden subir la retórica o practicar el boxeo con un adversario imaginario con tal de conseguir titulares patrioteros en sus respectivos periódicos. Sin embargo, no deja de ser un tema sensible que siempre intento tratar con pinzas con tal de no herir las susceptibilidades de cualquiera de las partes implicadas, y más debido a mis propias conexiones con los tres países.

Sin embargo, una cosa es ver dos potencias más o menos iguales como Francia y el Reino Unido inventar conflictos teatrales en el seno de la Unión Europea con tal de apaciguar los ánimos e inflar los prejuicios de sus respectivos votantes en tiempos de gran impopularidad gubernamental, y otra bien distinta observar la escalada de tensión de las últimas semanas entre el Reino Unido y la Argentina. No parece que en el colegio de Eton hagan gran empeño en fomentar la creatividad a la vista de las últimas acciones de su ex alumno, que no hace más que obsesionarse con perfilarse como una mala copia de Margaret Thatcher, y con consecuencias nefastas para el prestigio del país.

Está claro que, como suele ser el caso en la mayoría de estos conflictos, ambas partes tienen algún interés en ‘marcar paquete’ de cara a sus votantes. En el Reino Unido el continuo declive económico, en parte consecuencia de las medidas de austeridad de su Gobierno, crea el ambiente perfecto para que un gobierno conservador busque crear enemigos imaginarios para desviar la atención de los ciudadanos de los problemas internos. En Argentina, la inmensa popularidad de Cristina Fernández de Kirchner no parece crear semejante necesidad, sin embargo, el conflicto sí le permite reforzar su papel como líder regional. La reciente respuesta de los países de Mercosur, que accedieron a la petición de la Presidenta argentina de prohibir el acceso a sus puertos de barcos con la bandera de las Falklands también ha servido como una excelente plataforma para recordar al Gobierno británico la resolución de Naciones Unidas que llama a los dos países a dialogar sobre el futuro de las islas, y para mostrarle que ya no podrá dividir a una región emergente con ganas de consolidar su posición en la economía global.

De hecho, cuando se analiza en profundidad, parece que las acciones del Gobierno  argentino han sido bien medidos, y en cambio, las de Cameron, machistas, improvisadas y completamente fuera de proporción. La veda a la entrada de los barcos no es real ya que los barcos procedentes de Malvinas no llevan la bandera de las islas y el país austral no ha tomado ninguna medida de naturaleza militar. De hecho, Fernández Kirchner ni siquiera mantiene el reclamo de que las Malvinas sean completamente argentinas, su única exigencia que los países se sientan a negociar. Sin embargo, Cameron ha respondido con una actitud belicista, que se ha culminado esta semana con la decisión de enviar un nuevo destructor a las islas y el anuncio de la próxima visita del príncipe Guillermo, también consecuencia de una misión militar.

Cameron ha dejado claro desde que asumió el mando como Primer Ministro en 2010 que no está dispuesto a negociar con la Argentina sobre el futuro de las islas y parece que por esta misma razón, la actitud pragmática de la Presidenta le infunde más temor que tranquilidad. Intenta provocar al Gobierno de Buenos Aires para que responda con sus propias maniobras militares para así poder afirmar que Argentina es un país desestabilizador y para justificar su propia intransigencia.

Desde la guerra de 1982, el Gobierno británico siempre ha recurrido al argumento de la autodeterminación para oponerse a la descolonización de las Islas Malvinas. Los kelpers no quieren pertenecer a la Argentina y no se les puede obligar, afirma, por mucho que esta no haya sido la posición del Reino Unido respecto a sus otras colonias. Tampoco acepta que pueda haber una negociación a dos bandas, sin tener en cuenta la opinión de los isleños, algo inaceptable para la Argentina que considera las islas parte inseparable de su territorio y por tanto sin derecho a que formen parte de la negociación. No hay ninguna diferencia entre esta postura y la de España respecto a Gibraltar, y Londres sigue sin enviar un nuevo destructor al peñón.

Sea como sea, la reacción del Reino Unido me parece completamente exagerado, y además preocupante en un país en el que el ciudadano medio no destaca precisamente por sus conocimientos geográficos o geopolíticos. La ignorancia sobre la Argentina es casi total, salvo en lo que se refiere al fútbol. Apenas se sabe qué idioma se habla y menos que se trata de una democracia. Los conservadores juegan con esta ignorancia para intentar construir la imagen de un país hostil que en cualquier momento sería capaz de lanzarse a una aventura militar y del cual hay que defenderse a capa y espada. Sin embargo, aparte de injusta, se trata de una actitud peligrosa, que sólo servirá para endurecer la opinión pública e impedir que en algún momento futuro el país cumpla con su obligación de sentarse a hablar. Y la derecha inglesa ya está acostumbrada a meterse en estos jardines. Sólo hay que ver las consecuencias de su política europea, que más que proteger los intereses del país dentro de la UE, ha servido para generar hostilidad por parte de los británicos a todo lo que huele a Bruselas y poco a poco nos está empujando hacia la puerta de salida.

El populismo, desde luego, no es un fenómeno exclusivamente latinoamericano.