martes, abril 17, 2012

Locos en el mundo: Surrealismo en pleno siglo… no sé qué


Esta cabina en el tiempo se encuentra desorientada desde que a alguna hora de la noche del sábado, se transformó en una de máquina de tiempo y nos hizo retroceder unos 100 años hasta una lejana época colonial cuando los reyes iban a la caza de osos en la Casa de Campo y de proboscidios al sur del continente africano. Resultó, de todas formas, que en realidad siempre habitábamos en aquella época, sólo que hasta ahora nuestros medios de comunicación nos habían hecho creer que en realidad los monarcas se dedicaban a pasar noches insomnes preocupándose por el futuro de la generación más joven o por las perspectivas de las pequeñas y medianas empresas.

El rey se cayó y se rompió la cadera, sólo unos días después de que su nieto, Froilán, se pegara un tiro en el pie, porque efectivamente, ser aristócrata en este siglo XIX presupone que llevas arma, y manejar una escopeta requiere sobre todo experiencia, es decir, prueba y error, tal y como descubrió el Jefe de Estado en sus años juveniles a expensas de la salud y la vida de su hermano.

Pero avancemos un poquito, que el uniforme del Coronel Tapioca, por mucho estilo que tenga, se consideraba algo pasado de moda incluso a finales de los años 50, década a la que fui trasladado 24 horas después cuando la Presidenta de Argentina decidió expropiar el 51% de los activos de la empresa petrolera YPF al más puro estilo de los rebeldes de la revolución cubana, expulsando a los directivos de sus despachos en el mismo momento de hacer el anuncio. Sigo dándole vueltas en mi cabeza intentando encontrar una explicación por semejante maniobra, más allá del efectismo del momento. Desde luego, se trata de una decisión soberana del Gobierno argentino y las consecuencias las percibiremos en los próximos meses. Sin embargo, incluso en los casos en los que sea de interés nacional hacerse con el control de una industria estratégica, hasta ayer creía que vivía en una época en la que estas cosas se hacían con más decoro, ante todo, para no espantar a otros inversores.

Ahora, sin embargo, han pasado otras 24 horas y la reacción del gobierno español a semejante despropósito se acerca más al surrealismo de Dalí que a cualquier otro fenómeno que había visto en este siglo que creía ser el XXI, y más en un continente que se llama Europa. Después de entretenernos por unos días con un espectáculo teatral para intentar afectar indignación por una decisión que ya sabían era hecho consumado, y que en realidad, tal y como ya ha confesado la Comisión Europea y como señala ayer en un duro editorial la revista, The Economist, les deja entre la espada y la pared, hoy nos revelan la primera pieza en su estrategia de represalias: Censurar un programa de viajes en la primera cadena pública. ¡Ya veo como tiembla la Kirchner!

Y es que el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha encontrado en esta desafortunada cadena de sucesos el argumento perfecto para montar su propia aventura trillesca, sólo que en esta ocasión su principal herramienta para tensar las cuerdas con otro país no se llama la Isla Perejil sino RTVE. De esta forma rocambolesca, ha situado en el centro de la polémica por la propiedad de YPF, al programa Españoles en el Mundo, que intenta retratar la vida de los españoles de pie en diversos lugares del planeta. Hoy tocaba la Patagonia, lugar de origen de su nueva enemiga pública número uno, y por tanto, había que censurarla sin falta y sustituirla por otro capítulo sobre Praga. Curiosamente, la defensa de la cadena es que no querían situar al programa en medio de la controversia, pero al hacerlo, han situado a Televisión Española a la altura de Cubavisión, y aquí estoy escribiendo sobre el insólito episodio.

Vale. Lo reconozco. Soy ingenuo. Floto por el mundo en mi cabina y sigo intentando pensar que hay políticos buenos y malos, que la sofisticación se aprende con la experiencia y que las decisiones políticas en los países democráticas tienen un componente estratégico. Sin embargo, en la semana en la que he visto al rey luchar con los elefantes; al ministro, Margallo, acusar a Cristina Fernández de Kirchner de manejar la escopeta de Froilán -y amenazar con duras medidas diplomáticas a un país que más allá del caso Repsol sigue siendo estratégico para algunas de las mayores empresas españolas-; y a la mayor parte de la clásica política argentina aplaudir una intervención de una empresa que aún no se sabe cómo se va a gestionar a partir de ahora; lo único con el que puedo soñar es con despertarme o con que esta máquina de tiempo me devuelva cuanto antes al siglo en el que creía vivir. O eso o que dejen de meter alucinógenas en mi desayuno.