jueves, marzo 01, 2012

Nacionalismos caducos y francamente peligrosos en la sociedad global


No recuerdo quien dijo que el mejor antídoto al nacionalismo era tener un pasaporte. Una de las principales ventajas de viajar y de conocer otros países, más allá de los tópicos que enseñan las guías turísticas, es que por el camino conoces a muchas personas y te das cuenta de que tenemos más cosas en común que lo que nos intentan hacer creer. Y viajar de verdad significa cada vez más salir no sólo de tu propio país sino también de la Unión Europea, que rápidamente se va convirtiendo en una región más homogénea en la que, para bien o para mal, y a pesar de los obstáculos, se va formando una identidad propia más allá de la identidad nacional de cada uno de los países que la componen.

Es algo que no vemos con tanta claridad cuando estamos en casa. Los medios de comunicación nos intentan transmitir que los alemanes son expansionistas; los franceses, chauvinistas; los británicos, insulares; los griegos perezosos, etc. Y son demasiados los que se lo creen. Sin embargo, cuando he viajado fuera de Europa y he conocido alemanes, franceses, italianos, suizos,… de inmediato he encontrado muchos más lugares comunes que los que me pueden vincular con un norteamericano, un chino o un indonesio. Lo que no quiere decir que no tenga también una afinidad con las gentes de estos países, o que no cuente con muy buenos amigos de algunos de ellos, sino que tendría que viajar aún más lejos para ver las cosas suficientemente en perspectiva y para darme cuenta de todos los factores que nos unen como seres humanos. Todos somos seres humanos pero cuanto más cercanos geográfica y políticamente, mayor afinidad cultural tenemos. ¿No es ya bastante obvio como para tener que repetirlo?

La internacionalización de la sociedad es imparable. Sin embargo, el ritmo no es igual para todos. El programa, Erasmus, ha permitido mejorar el intercambio cultural (e incluso el de genes – dicen que las mujeres españolas y los hombres italianos los que más), entre los distintos países europeos de manera que nuestros políticos deberían, en teoría, aunque no parece que haya funcionado en la práctica, por lo menos haber roto algunos de sus prejuicios respecto a sus países vecinos. Y mi país es tal vez el que menos lecciones puede dar en ese sentido, aunque dicha afirmación sea también la retransmisión de un prejuicio – Los franceses o los alemanes, más allá de las palabras bonitas, defienden ferozmente sus intereses en las instituciones europeas y muchas veces les interesa retratar a los demás como los intransigentes para así avanzar en sus propios objetivos nacionales.

Los británicos que no viajan creen que tienen más en común con los norteamericanos que con los franceses o los italianos. Quizás en algunos casos sea verdad, no lo niego, sin embargo, poder divertirnos con las mismas películas y en la misma lengua sigue siendo una manera muy superficial de conocer a un país. Muchos aspectos de la vida norteamericana tienen poco o nada que ver con la inglesa; y no sólo me refiero a la ‘América profunda’. Aunque el Reino Unido se ha transformado en los últimos 50 años en una sociedad realmente multicultural, Londres todavía dista mucho de ciudades como Nueva York o Chicago, en las que se da mucho más importancia al mérito que a la clase social. Como sociedad construida por medio de la inmigración, Estados Unidos tiene enormes diferencias respecto al Reino Unido, una sociedad tradicional del modelo europeo en el que los inmigrantes, incluso los nacionalizados, no siempre se consideran ciudadanos de plenos derechos. (Lo digo no por mi experiencia sino por lo que me han contado personas no británicas que han vivido en ambos países).

Tener el lujo de poder viajar y percibir estas diferencias y similitudes enriquece y proporciona mayor amplitud de miras a cualquiera. Sin embargo, el migrante sigue encontrando que la gente le valora no según su propia identidad como persona sino según la percepción que se tiene de su país de origen. Empobrece el debate cuando al criticar algo que te parece incorrecto, injusto o simplemente mejorable en tu país de residencia, te responden que tú no eres nadie para dar ejemplo a la vista de lo que pasa en tu país. Pero es aún peor cuando, por razones de objetividad, tu opinión coincide con la de tus gobernantes y por ello te tachan de ‘nacionalista’. No, no por no identificarnos con un nacionalismo propio tenemos que tragar las locuras de los nacionalismos o populismos foráneos. Hay que buscar la verdad, y a veces es muy escurridiza.

Todos somos capaces de ejercer diferentes niveles de objetividad al analizar y criticar las cosas que pasan a nuestro alrededor, sin embargo, por encima de nuestra identidad como pertenecientes a una nación o a un Estado, somos seres humanos con las mismas necesidades, deseos y sueños que el resto de la humanidad. Somos responsables de la actuación de nuestros políticos porque vivimos en democracia y les elegimos, pero eso no quiere decir que por pertenecer a un país tengamos que estar de acuerdo con y defender a capa a espada todo lo que hagan o digan nuestros políticos, o sentirnos ofendidos cuando otros les critiquen.

Precisamente, hace unos cuantos años, mientras conversaba con unos compañeros estadounidenses, estos mostraron sorpresa cuando critiqué con dureza determinadas actitudes de mis conciudadanos. “Cómo puedes hablar así de tu patria”, me recriminaron. Es precisamente una de las virtudes que tenemos los europeos. Nuestra historia común nos ha dado suficientes lecciones para que desconfiemos de las recetas de nuestros gobernantes y cuestionemos los valores ‘oficiales’ de nuestra sociedad. Y poder hacerlo en libertad es fundamental para la democracia, y algo por el que tenemos que luchar especialmente en estos momentos de gran dureza a nivel regional y global.

Los nacionalismos son caducos. El concepto de patria, no. Todos tenemos un sentido de pertenencia a algo, pero tenemos derecho a definir ese algo a nuestra manera, sin tener que izar las banderas o repetir las consignas nacionalistas de nuestros gobernantes.

Muchos de nuestros políticos han cursado Erasmus, y gracias a ello tenemos una mayor garantía de paz en nuestro tiempo. Sin embargo, poco conocen de la vida más allá de las fronteras europeas. Igual habrá que pedirles que aprovechen un poco más su pasaporte antes de llegar a los más altos niveles institucionales. Quizás así será posible que haya menos guerras y que los que no tenemos nada que ver con la política, pero sí hemos viajado, no tengamos que enrojecernos cada vez que abramos el periódico y veamos como nuestros dirigentes intentan crear falsas enemistades con países con los que los ciudadanos normales podemos sentir una afinidad como seres humanos. En definitiva, acabar con esa tan fea costumbre de la clase política que no ha evolucionado desde la Edad Media de construir y romper alianzas a su antojo, y de enfrentarnos con nuestros hermanos de forma brutal e innecesaria.