martes, enero 24, 2012

¿Y cuántos nuevos despertares nos esperan?

¿Cuántos hombres murieron a manos de Occidente? ¿Cuántos genocidios se cometieron para establecer el poderío de los países europeos en la mayor parte del mundo? ¿Y cuántas personas siguen muriendo, y cuántos genocidios se siguen cometiendo, consecuencia del desdén de los ‘países ricos’ por los derechos de los derechos de los habitantes de África un pueblo que nos parece mejor subyugar con fin de obtener las materias primas y los precios baratos que necesitamos para sostener nuestro estilo de vida?

Lo más curioso de todo ello es que no nos consideramos personas malas por definición. Hasta soñamos por un mundo mejor, participamos en trabajos de voluntariado para intentar paliar el sufrimiento de nuestras víctimas y damos parte de nuestros sueldos a organizaciones solidarias. En definitiva, hemos encontrado mecanismos para convencernos de que el modelo que tenemos es el mejor posible, de asumir que lo que hay en los países pobres es ‘subdesarrollo’, y que con el tiempo todo mejorará. Hasta los habitantes del mundo en vías de desarrollo a menudo defienden el ‘sistema’. Cuando hace 10 o 15 años se debatía la posibilidad de perdonar la deuda de los países africanos, había quien decía, al igual que se dice hoy sobre Grecia, que había que imponer la disciplina económica a aquellos países para ayudarles a avanzar, a acabar con la corrupción política y a integrarse de manera eficaz en el mundo capitalista.

Puede que sea verdad, pero eso no quita que los métodos que hemos utilizado para llegar a donde estamos se basaron en conceptos racistas y genocidas; la idea de que culturalmente Occidente era superior y que lo que había que hacer era acabar con la gente bárbara que impedía el avance de nuestra civilización. Ganamos la I y la II Guerra Mundial, acabamos con Hitler y Stalin, unos locos paranoicos que organizaron nuevos genocidios con el mismo deseo de diseñar el mundo a su manera. Eran los genocidas malos, a diferencia de los genocidas buenos, como Franco que impidió que el comunismo atravesara los Pirineos; Saddam Hussein, que mataba a los kurdos pero que nos servía como barrera de contención frente a Irán; Pinochet, que impuso el neoliberalismo, botas mediante, en el país andino; o tantos sátrapas árabes que permitieron que siguiera fluyendo el petróleo hasta nuestros países.

Por supuesto, desde dentro las cosas se ven de otra forma. Reconocemos nuestra propia humanidad como individuos, la religión nos ayuda a creer que somos seres libres que actuamos sólo por el deseo de hacer el bien, y a olvidarnos de que somos ante todo actores económicos, que recurrimos al olvido para poder seguir avanzando en unas pequeñas obras que creemos positivas gracias a la ceguera de no poder ver el impacto que nuestras acciones tienen en las cosas que suceden al otro lado del mundo. Algunos llegamos hasta a creer en el Cielo y el Infierno para de alguna forma explicar tanto contraste y tanta injusticia y crueldad en el mundo. Y por supuesto, Hollywood nos recuerda cada día que vivimos en un mundo de buenos y malos, y que nosotros somos los buenos. Al igual de todas las sociedades, construidas según el modelo del estado nación, un modelo que no existiría si no fuera por el ejercicio del fascismo en sus diversas formas, tenemos nuestros esquemas y nuestros valores que nos permiten justificar nuestra realidad, defenderla a ultranza y creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Desde dentro creemos que las cosas no están tan mal, aunque desde fuera se ven bien distintas. Viviendo en Cuba, vi de primera mano lo que supone padecer una dictadura, con el privilegio de saber que sólo tendría que estar allí 12 meses y que después tendría la posibilidad de salir y de realizarme en un país que permite la diferencia, el debate, la libertad de pensar y de sentir. Con el tiempo, incluso escapé de mi propia dictadura autoimpuesta, la de la religión, otra forma de control y de represión de nuestra naturaleza humana. Como individuos, en 2012, tenemos mucha más libertad aquí que allá, sin embargo, ¿hasta qué punto depende nuestra libertad de la esclavitud de otros? Y por mucho que pensemos, ¿de verdad somos libres para actuar según nuestras convicciones? Si lo fuéramos, seguramente sentiríamos más completos, más realizados, menos estresados, y nos levantaríamos cada día con otro tipo de energía. El lunes dejaría de ser lunes para transformarse en algo parecido al viernes. El día en el que volvemos a empezar a construir algo que queremos.

El ser humano lleva muy poco tiempo en la Tierra y para los que tenemos el privilegio de vivir en un país rico, no es difícil convencernos de que vivimos en el mejor momento histórico. En realidad, es así. Sufrimos mucho menos que nuestros antecesores. Los libros de historia nos ayudan a recordar que antes que nosotros hubo mucho sufrimiento que no queremos revivir. Sin embargo, sólo si tuviéramos la capacidad de ver o imaginar el mundo dentro de 500 o 1.000 años, podremos saber realmente en qué momento estamos en el desarrollo de nuestra civilización. Desde luego, estoy seguro de que si es que sobrevive -algo muy dudoso a la vista del más absoluto desprecio que mostramos por nuestro entorno- algún día nuestros herederos estudiarán la vida de nuestra época y agradecerán no haber estado allí.

La crisis nos despertó de la hipnosis de una bonanza económica en la que la gente repetía cual autómatas que el precio de la vivienda nunca bajaba. Pero, ¿cuántas otras cosas estamos soñando? ¿Y cuándo aprenderemos a decirnos la verdad?