miércoles, diciembre 19, 2012

El 'placer' de emigrar

En el año 2000 emigré a Madrid. Vine a otro país en busca de estudios, en busca de trabajo. En definitiva, en busca de un futuro que quería que fuera distinto al que tendría en mi propia tierra. Vine por el deseo de aventura, por el afán de autodescubrimiento, por las ganas de rociarme de la libertad y la independencia. No fue mi primera aventura, ya había vivido en Argentina y en Cuba -un año en cada caso-, y desde luego no fue un exilio. Fue una decisión tomada con total libertad y con pleno conocimiento de las alternativas. Las razones que me llevaron a realizar el viaje fueron particulares, y únicas a mi caso, y dispuse del privilegio de ser ciudadano de la Unión Europea, de manera que pude disfrutar de mi libertad sin sobresaltos. No tuve que explicar mis motivos a nadie, y menos al control de fronteras del estado español.

Al iniciar mis estudios, conocí a otros tantos jóvenes que habían venido con el mismo deseo de aventura, en muchos casos desde países mucho más lejanos, aunque no todos tenían el mismo objetivo de empezar una vida nueva. Para algunos fue una especie de Erasmus, para otros aún no había quedado claro si venían para quedarse o si pasados los 24 meses que duraría la maestría regresarían a sus respectivos países. En casi todos los casos, el destino de cada uno iba a depender en gran parte de la fortuna. De las posibilidades de integrarse, de encontrar trabajo y de desarrollarse profesionalmente. Ninguno vino para aprovecharse de nada, sino para aprender y para aportar algo a una sociedad que se abría al mundo y necesitaba enriquecerse con los conocimientos y la creatividad ajenas. Todos vinimos como inmigrantes, todos con nuestra propia realidad y todos con los mismos derechos innatos, por mucho que el Estado quisiera valorar a los de unos como superiores a los de otros. En mi caso, mi condición quedó confirmada cuando la policía me expidió una cédula de identidad que llevaba el distintivo de 'extranjería', por mucho que tuviera que escuchar comentarios del tipo, "Tu no eres inmigrante, tu eres europeo", como si de alguna forma procediera de otra raza. Todos vinimos como iguales y quisimos que nos trataran como iguales.

Han pasado 12 años desde entonces. Lamentablemente, muchos de los que vinieron no pudieron quedarse por mucho que quisieran, y también se fueron unos cuantos de los que ya estaban. Si España no es un país de fácil acceso para los inmigrantes, tampoco da muchas facilidades a sus propios ciudadanos. Y no me refiero a la situación actual -mucho más grave- sino a unos años que algunos agraciados recuerdan como una época de bonanza. Para la mayoría, no lo fueron. Simplemente representó una oportunidad para trabajar duro, ganar poco y sobre todo aprender y crecer. Por eso soy eternamente agradecido. Pude, en cierta medida, alcanzar mi sueño y esa suerte se debió no sólo a mi propio empeño sino también a la amabilidad y la generosidad de tanta gente, nacional y foránea, que en estos años se han transformado en parte de mí.

Con el tiempo me dí cuenta de que mi condición de 'extranjero' o de 'inmigrante' era muy relativa, porque muchos españoles también se sienten inmigrantes en su propio país. Cada uno pertenece a su 'tierra', y un andaluz en Barcelona se considera a veces tan 'inmigrante' como un asturiano en Madrid o un francés en Sevilla. La migración es un fenómeno que nos afecta a casi todos en algún momento de nuestras vidas, visto lo difícil que es sembrar continuamente el mismo pedazo de tierra. La vida es cambio y nunca sabemos cuando nos tendremos que mover y en qué dirección. La aventura es permanente.

Como europeos tenemos el gran privilegio de disfrutar de esa libertad, tanto en nuestro continente como en muchos otros donde a menudo nos tratan como inmigrantes de primera clase, con menos trabas para el movimiento que las que sufren los ciudadanos de los países que en términos sociopolíticos se conocen como los del Sur.No es por tener más conocimientos o talento, muchas veces es todo lo contrario. Son prejuicios y tienen que ser erradicados. La inmigración enriquece y nos permite recordar que todos compartimos el mismo planeta. Pone a prueba los intentos de algunos de rodear a los países y continentes con vallas y muros artificiales con tal de poder explotar a unos en beneficio de otros y sin permitir que los ciudadanos accedan en igualdad de condiciones a la riqueza que se genere. Sólo con más inmigración podrá el mundo solucionar sus problemas y acabar de una vez con la intolerancia y el extremismo que empobrece a todos.

Hoy es el Día de Acción Global por los Derechos de los Inmigrantes. Y es por este motivo que quiero aprovechar para recordar mi condición de inmigrante, así como la condición de casi todos los seres humanos que son inmigrantes pasados, presentes o futuros. El mundo es lo que es gracias al movimiento y la comunicación. Ojalá hubiera más movimiento y más comunicación para que pueda parecerse incluso más a la imagen que nos gustaría tener de él. Porque ningún ser humano es inferior a otro y los únicos papeles que necesitamos son nuestros genes, que son la mejor prueba de que el niño que se muere en una patera en el estrecho de Gibraltar es de la misma piel y la misma sangre del empresario que se pasa el invierno esquiando en los alpes suizos y que tiene los mismos derechos de compartir los recursos de esta tan maravillosa tierra que habitamos. Emigremos, pues, para tener un futuro mejor.

miércoles, diciembre 12, 2012

Olvídense de los medios de papel: El futuro es digital y puede ser hasta rentable

¿Por qué nos regalan los medios los contenidos online mientras cobran por la versión digital del periódico impreso? ¿No debería pasar al revés? El País, por ejemplo, ofrece una aplicación gratuita para los smartphone, que se actualiza las 24 horas del día y proporciona la información en un formato cómodo y accesible. Sin embargo, intenta cobrar 75 euros al año para ver las noticias del diario en papel a través de otra aplicación similar, cuando estas noticias en seguida quedan obsoletas.

La única ventaja es no tener publicidad pero, ¿acaso pagábamos unos 40 euros al mes por un diario impreso que llevaba publicidad? Como el producto era bueno, les permitía sacar rentabilidad por las dos vías pero ahora creen que la publicidad es infumable. ¿Acaso es infumable porque no han aprendido a captar la audiencia con formatos de publicidad menos intrusivos, mejor segmentados y que, además, interesen? Yo conozco gente que lo primero que hacían cuando abrían el periódico era sacar el folleto de MediaMarkt y mirar las ofertas.


 ¿No es un error percibir la publicidad como algo pestilento? ¿No puede ser hasta atractiva? Desde luego, yo tengo claro con qué aplicación me quedo y para la cual estaría dispuesto a pagar, y no es la del periódico de papel. El error que cometen los medios, sin embargo, es intentar cobrar al usuario por los mismos servicios de antes, sólo a través de otra plataforma. Internet, en cambio, ha transformado la manera con la que accedemos a la información y, por tanto, también ha cambiado el producto.

Mientras los medios no se enteren de cuál es su producto, difícilmente lo podrán vender. El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia, El Periódico... cuentan con un producto excelente pero nos lo regalan y, en cambio, intentan ganar dinero con soluciones del pasado. Si hasta Juan Luis Cebrián reconoce que los medios impresos se van a morir, ¿por qué el empeño en rentabilizarlos cuándo ya cuenta con un producto mucho más atractivo?

domingo, noviembre 18, 2012

Ciudadanos obsoletos en un mundo virtual


La segunda parte de la serie británica, Black Mirror, retrata una sociedad en la que los ciudadanos se han vuelto esclavos de las redes sociales. Viven en pequeños apartamentos cuyas paredes son pantallas de plasma que emiten a todas horas publicidad grotesca y que sólo pueden apagarse a cambio de unos créditos que se ganan mediante el ejercicio físico en el gimnasio. Cuando uno de los personajes encuentra el amor, el mejor regalo que le puede hacer a su amada consiste en una invitación para participar en un juego de reality que en vez de unir les lleva por dos caminos distintos e igualmente perversos, carentes de toda individualidad o del menor atisbo de dignidad humana.

La serie tuvo gran trascendencia en la opinión pública del Reino Unido, y también la de otros países de su entorno por dibujar un escenario que por muy obsceno que pareciera en realidad ofrecía una visión bastante realista del futuro que nos espera. La historia más escabrosa es la del primer episodio, de manera que la audiencia, al ver el segundo o el tercero ya no se escandaliza tanto al observar una realidad que se asemeja bastante a nuestra realidad presente. Pero es el hecho de percibir nuestra pasividad y resignación ante la constatación de una realidad distópica lo que debe echarnos a temblar. En el último episodio, cada ciudadano lleva implantado un chip que graba y archiva en formato de vídeo cada una de  sus acciones y palabras a lo largo del día. El fichero puede ser consultado y estudiado por cualquier persona que lo pida y en cualquier momento, sea esta un policía o una pareja que quiere comprobar la fidelidad de su otra mitad, y la decisión de extirpar el chip se convierte en el  mayor acto de rebeldía y de subversión que un ser humano pueda cometer.

Daría miedo verlo si no fuera que hoy, en 2012, esta imagen ya se ha convertido una realidad en nuestras vidas. Todos, de forma totalmente voluntaria, dejamos un rastro digital de nuestros pasos y nuestros pensamientos en unos formatos cada vez más públicos y accesibles. Nuestras interacciones sociales están registradas para la posteridad en Facebook y en Twitter y negar a cualquier persona el derecho a consultar ese registro se considera un grave desaire. Nuestros diarios secretos ya son blogs públicos, lo que hace que, en efecto, renunciemos a una vida secreta real o imaginada. Ni nos atrevemos a dejar grabado en ningún sitio opiniones o reflexiones que algún día puedan volverse en nuestra contra. Dentro de relativamente poco, dejará de existir el papel de manera que recurrir a la tecnología tradicional ya no será una opción. Nuestros álbumes de fotos se trasladan a las redes sociales y cada vez que saquemos una instantánea con los nuevos dispositivos móviles, esta se convierta en información pública para toda nuestra red de contactos.

Sin embargo, más allá de la cuestión de la privacidad, la omnipresencia de la tecnología ha transformado nuestra manera de vivir y de relacionarnos. Ahora, cuando alguien entra en su casa, los primeros sonidos que se escuchan son el giro de la llave en la cerradura de la puerta, una breve serie de pasos y el arranque del ordenador. Si antes había tres maneras de comunicarse: en persona, por teléfono o por carta; a estas hoy se suman Skype, MSN, What’sApp, Viber, Facebook, Twitter, y una larga etcétera. De tal forma que es posible que una única conversación empiece con un mensaje SMS y termine en Skype después de pasarse por al menos dos canales de comunicación más. Interactuar así deja de ser una experiencia agradable para convertirse en una pesadez. La cara opuesta a un mundo sin privacidad es que la creciente variedad de herramientas de comunicación nos permite elegir el medio que mejor nos permitirá lucir, o más bien, mostrar sólo aquellas facetas que queremos que la otra parte vea. Y la lucha, por supuesto, es hacer que el otro acepte comunicarse por la vía que más le incomode para poder así tener una mayor posibilidad de conocer sus secretos más oscuros. Las citas románticas ya no se llevan a cabo en un restaurante o en un parque sino alrededor del ordenador. La máxima reflexión de la intimidad: dejar al otro ver los contenidos de tu Facebook desde el interfaz privado. Es decir, todo. Todos los contenidos del chip que llevas si no en el cerebro, por lo menos en algún lugar de la nube.

Para los que todavía recordemos un tiempo en el que las cartas tardaran días o semanas en llegar a su destinatario y nos conformáramos con ir conociendo a la gente poco a poco; en el que la confianza era la mejor estrategia de supervivencia; encontrarnos ante esta nueva realidad en la que para sobrevivir hay que espiar, cotillear, y continuamente buscar los fallos en los demás, la adaptación a este nuevo mundo feliz resulta cuando menos traumático. Para los más jóvenes no es más que el día a día. E irá a más. Estamos viviendo una auténtica revolución no sólo en la forma de vivir y de pensar sino en nuestra manera de ser. Y si nuestros padres y abuelos se sentían abrumados por la llegada de la tecnología del ordenador, ni quiero pensar cómo sabremos adaptarnos a la realidad futura, cuando nosotros tengamos 50 ó 60 años, a la espera de la jubilación que nunca llegue, y nuestros jefes tengan 25. Los seres humanos son capaces de aguantar mucho, pero creo que en este caso, a ojos de las generaciones venideras, los mayores nos habremos vuelto locos.

miércoles, noviembre 14, 2012

Un golpe de timón. Pero, ¿hacia dónde?


Las protestas de hoy en España se resumen en una inmensa ola de descontento y en y la exigencia de que se dé un gran golpe de timón. Lo que no se ha dicho es en qué dirección. Y esto es el problema con estos grandes movimientos sociales. Al final alguien tiene que interpretarlos y para ello están los políticos.

Sin embargo, la oposición política en España es inexistente y demasiados ciudadanos han perdido la fe en la política en general. Es como si después de caerse las Torres Gemelas, los neoyorquinos hubiesen echado a los bomberos de la ciudad por no fiarse de su capacidad de hacer frente a la catástrofe. Un cóctel muy peligroso. No se han presentado alternativas y el Gobierno tendrá que descrifrar solo el mensaje de los manifestantes. Viendo la experiencia del último año, su interpretación será a gusto de pocos y se transmitirá con poca o ninguna mano izquierda.

Desde luego, hoy, 14 de noviembre de 2012, hay pocas razones para el optimismo.

domingo, noviembre 11, 2012

¿Hacia dónde va Cuba?

Además de crear contenidos propios, a veces es interesante enlazar con determinados reportajes y opiniones de otros medios y blogs. El siguiente artículo del New York Times, de la que se ha hecho hoy eco el diario británico, The Independent, ofrece una perspectiva muy interesante y bastante equilibrada sobre la situación de Cuba después del traspaso, al menos aparente, del poder de Fidel Castro a su hermano Raúl. Retrata muy bien, desde una perspectiva personal, las inmensas heridas en uno de los últimos reductos del comunismo más inhumano y brutal, la dependencia de la economía de las remisas de los que viven fuera, el dolor que viven tantas familias divididas por el exilio, y la ausencia absoluta de las libertades más básicas. Dista poco de lo que ví en primera persona en 1995-1996 en medio de la fase conocida como "Periodo Especial en Tiempos de Paz" tras la caída de la Unión Soviética", y sólo sirve para volver a demostrar la irresponsabilidad de parte de la izquierda europea, que sigue aprovechándose del sufrimiento de un pueblo para alimentar un discurso antiamericano caduco y profundamente antidemocrático.

El reportaje completo, firmado por John Jeremiah Sullivan, se puede leer en inglés a través de este enlace o en español, en dos partes, en el blog, Cabaiguán: 

Una lectura muy recomendable.

Realidad y ficción en el sistema político español


El discurso de los partidos políticos ya no corresponde con la realidad que vivimos. Las elecciones ya no se ganan o se pierden después de un duro debate sobre la realidad a la que nos enfrentamos sino en base a cuestiones más emocionales que, aunque sean importantes, se eligen porque facilitan discursos demagógicos que pueden atraer votantes pero que al final cansan y distraen. Unos discursos que permiten dividir a la sociedad entre buenos y malos. En definitiva, el país se divide por la mitad, según las mismas líneas ideológicas que nos separaban hace 60 años, sólo que ahora es un debate ficticio, televisado y profundamente engañoso.

Estamos viviendo la crisis más profunda de la historia reciente. Hay miles de factores que impiden que la economía vuelva a crecer, empezando por el simple hecho de que el sistema fiscal castiga a quien quiera coger el toro por los cuernos y levantarse por sí mismo. Los expertos calculan que la economía sumergida representa el 20% del PIB español y hay razones muy obvias por este dato tan brutal. Y es que si hoy te quieres hacer autónomo, desde el primer día tienes que pagar una cuota mensual de 250 euros a la Seguridad Social. Es decir, si el primer mes de dar clases, para dar un ejemplo, un profesor gana 500 euros, sólo se lleva a casa 250, a los que también habrá que descontar el IRPF. Dinero apenas suficiente para alquilar una habitación en un piso compartido, sin hablar del coste de vestirse y alimentarse. Pues, ¿por qué no permiten a los autónomos dejar de pagar esta tasa en sus primeros meses hasta que logren salir a flote? ¿No sería uno de los mejores incentivos para que dejaran de cobrar en negro? Y, ¿por qué es España el segundo país del mundo en el que más tiempo se tarda en crear una empresa nueva? ¿Es posible que un Gobierno que se define como liberal no haya dado respuesta a estas preguntas en sus primeros 12 meses? Sin embargo, presume de estar sacando a España del pozo en el que la metió su antecesor. Como siga a este ritmo, será mejor que nos vayamos acostumbrando, porque estaremos mucho tiempo sin ver la luz.

Pero no, estas cosas no se debaten. Los que sí, en cambio, han sido los temas candentes del día son el matrimonio homosexual y el aborto en caso de malformación del feto. ¡Válgame Dios! ¿Si estas cosas hay que debatirlas? Si pueden sacar un tema donde hay consenso en la sociedad es el derecho de cualquier pareja a contraer matrimonio. No hay polémica. ¿Por qué hubo que dedicar tanta energía a semejante tema cuando lo sencillo hubiera sido asumir la decisión del Gobierno anterior? Y sobre el aborto, un tema más espinoso, sólo los elementos más reaccionarios del nacional catolicismo están en contra de permitirlo en casos de malformación del feto cuando no existe ninguna posibilidad de que el bebé tenga una vida digna por las pocas horas, días o meses que, en cualquier caso, viviría. Son cuestiones tan absurdas que no hay quien entienda por qué tienen que centrar el debate político del país cuando el mayor problema es que la gente no puede conseguir un trabajo o un sueldo.

Luego está el asunto de la independencia de Cataluña. Allí tenemos a un partido, CiU, cuyos políticos son, en realidad, correligionarios del PP, aunque no quieran admitirlo por la cuenta que les trae, pero que disfrazan con un discurso nacional socialista su intención de hacerse con el 20% del Estado español y luego venderlo al mayor postor. Es un partido más thatcherita que la Thatcher, que no cree en el poder del Estado y que ya ha dejado la mayor parte de la sanidad pública en manos privadas. Pero no se debate eso sino el hecho teórico y poco contrastado de que están sufriendo peor la crisis debido a su contribución desproporcional a las arcas del estado. La manipulación llega a tal dimensión que vemos como salen inmigrantes a la calle para defender su identidad catalana, aunque muchos de ellos estén pendientes de que el Estado español les conceda la nacionalidad, algo que un estado nacionalista catalán podría tardar aún más tiempo en otorgar. Pero de esta forma no se debate la economía sino la identidad y la bandera. Y Artur Mas se queda tan ancho.

Y el discurso de los socialistas tampoco es mucho mejor. De la misma forma que Rajoy no se atreve a presentar a los españoles la realidad que hay que afrontar, la mayoría de los políticos socialistas intentan argüir que no hace falta tanta austeridad y que, en cambio, hay que invertir para que la economía vuelva a crecer. Es un discurso atractivo y no le faltan adeptos, empezando por el Presidente francés, François  Hollande o el nobel, Paul Krugman. De todas formas, a estas alturas de la crisis es un discurso difícil de tragar, más porque la Unión Europea y Alemania dejan a España poco margen para aplicar políticas heterodoxas cuando el paro ya está en el 25% y el déficit está fuera de control. Y aunque se puedan moderar los recortes, la realidad es que todavía habrá que recortar y el debate no es tanto una cuestión de cuánto hay que recortar sino de donde. El propio nombre, ‘socialista’, por otra parte, esconde una especie de manipulación retórica ya que apela a unos valores caducos pero que todavía resuenan entre unos votantes que responden mejor a consignas que a la presentación de datos empíricos sobre la situación en la que estamos y a donde queremos llegar. Llamarse “Partido Social Demócrata” sería más intelectualmente honesto y además le daría una dirección más clara y quizás incluso le ganaría más adeptos de entre los centristas. Los países escandinavos son para muchos un modelo a seguir aunque más allá de la fuerza de sus estados de bienestar, sus economías son, en realidad, bastante más capitalistas que socialistas.

Estamos, sin embargo, atrapados en este continuo debate retórico entre el nacional catolicismo y el nacional socialismo, como si nada hubiera cambiado desde los años 30 del siglo pasado. Es un debate caduco para la inmensa mayoría de la población pero los árboles impiden ver el bosque y así tenemos uno de los países europeos con menos votantes indecisos, en el que los que por muchos años se han definido como partidarios de una u otra banda no cambian nunca de barco o exploran otras opciones políticas alternativas. Si para apoyar una política económica liberal hay que tragar el discurso reaccionario de María Dolores de Cospedal, de Cristina Cifuentes o de Fátima Báñez, cualquier persona normal se lo piensa dos veces. En cambio, si para defender que el Estado regule los mercados financieros, permita un mejor reparto de la riqueza e invierta en I+D hay que votar a un partido cuyos líderes tienen todavía alguna simpatía por tiranos como Fidel Castro o demagogos como Hugo Chávez, que muestran más simpatía por el islamismo más extremista que por el estado de Israel, y que no son capaces de elegir sus propios líderes de manera democrática, también habrá muchos que no lo verán tan claro.

Para poder participar en democracia, primero hay que contar con opciones reales presentadas por partidos que nos cuenten la realidad, que reconozcan cuando hay que tomar decisiones duras y que propongan soluciones a los problemas de los ciudadanos. Para que esto ocurra, quizás tengan primero que desaparecer los partidos hegemónicos actuales, sin embargo, tampoco mi inspiran confianza una Izquierda Unida más castrista que Castro, una UPyD borracha con un discurso centralista que haría enrojecer a José María Aznar o un Equo que más allá de todas sus buenas intenciones, no tiene el discurso de un partido de Gobierno sino de un participante junior dentro de una amplia coalición. Y el peligro es que si los grandes partidos no se dan cuenta de sus errores y rectifican, brotarán cada vez más de estos partidos que, más que contar con un discurso realista, se aprovechan del descontento para sembrar la tierra con más populismo, si cabe. Y con tanta demagogia, ¿quién podrá distinguir los unos de los otros? Nunca hay que olvidar que el propio Chávez llegó fruto de un fallido sistema bipartidista que no daba respuesta a las demandas de los ciudadanos. Si nuestros grandes partidos no dejan de hacer el juego a los discursos guerracivilistas, es bastante obvio que tarde o temprano las nuevas generaciones de votantes mirarán para el otro lado, si todavía no lo han hecho.


viernes, octubre 26, 2012

Una masa manipulada y poco crítica es el caldo de cultivo para los extremistas


El espectro ideológico adopta una forma esférica. Bastante parecido al planeta Tierra, uno puede dirigirse hacia el Este o hacia el Oeste sin llegar nunca al “final”. Sólo con las mejores herramientas geométricas –bastante mejores que las que tenía Cristobal Colón, por cierto- uno puede darse cuenta de si realmente ha alcanzado el extremo de lo que en términos geopolíticos se conoce como Occidente o si en realidad está otra vez en Oriente. Con la única diferencia que en vez de Oriente y Occidente hablamos de Izquierda y Derecha.

Colón, al llegar a la isla que luego se llamaría La Española, creía haber llegado a la India. Todavía le faltaba un buen recorrido para llegar tan lejos. Sin embargo, de la misma forma, hoy en día hay mucha gente que quiere definirse como ‘de izquierdas’, pero que en realidad ha alcanzado unas posiciones tan extremas que les cuesta distinguir sus ideas de las que geopolíticamente están en sus antípodas, pero que en realidad están a unos pocos kilómetros de distancia.

Está de moda, por ejemplo, entre los votantes –y abstencionistas- de izquierdas criticar no sólo a los que impongan políticas que les desfavorezcan sino a toda la clase política española. Colectivo que califican de corrupto, avaricioso y alejado de los problemas reales de los ciudadanos. Desde luego, la política en España es mejorable en muchos aspectos: El sistema de listas da demasiado poder a los partidos políticos e impide que los diputados voten en función de las necesidades de los ciudadanos de su circunscripción. (También es verdad que en países como el Reino Unido, tan celebrado últimamente por la derecha española, donde cada diputado es elegido de forma directa, llegan críticas similares porque al fin y al cabo es la dirección del partido en Londres la que más influye en la elección de los candidatos, por encima de la organización local). La estructura autonómica ha permitido numerosos excesos por parte de los representantes regionales y se han creado muchos cargos políticos innecesarios. Sin embargo, estos problemas, por muy reales que sean, tienen relativamente poco que ver con el sufrimiento actual de tantos españoles, que se debe principalmente a una crisis económica con sus orígenes en un modelo de crecimiento basado en la construcción. Un modelo que por muchos años funcionó y que en su día contaba con el aval no sólo de los políticos sino también de muchos ciudadanos quienes veían como les generaba riqueza a corto plazo. Así es la democracia. No sólo se equivocan los políticos. También lo hacen los ciudadanos. Y hay que ser muy nerd para pensar que todo se va a solucionar con un sistema electoral más proporcional.

Ahora hay que cambiar muchas cosas. No es normal que un país con el nivel de desarrollo del tejido económico y social de España tenga el mismo nivel de paro de países que padecen sistemas totalitarios o que rozan la más extrema pobreza. Hay que hacer algo para acabar con la economía clandestina y para poner fin a una situación en la que unos pocos cotizan para pagar la Seguridad Social, la sanidad y la educación de todos. Y esta no es una guerra de pobres contra ricos. Incluso entre las clases medias son miles y miles los que aprovechan esta situación para poder contar con algo más para pagar sus gastos de mes a mes.

Son problemas que en una sociedad democrática madura se pueden analizar, debatir y al final de todo solucionar, pero para ello necesitamos reforzar las instituciones democráticas y no debilitarlas. Y es allí que, en mi opinión existe la diferencia entre gran parte de la izquierda moderada y la derecha extrema, una diferencia que debido a la escasa frontera entre los dos extremos muchas veces genera confusión y permite que demasiados ciudadanos se dejen manipular por la otra banda para dar fuelle a sus objetivos autoritarios.

Hace unas semanas empezó a circular a través de las redes sociales un artículo que llevaba el título, “El ignorado artículo publicado en Alemania sobre la situación real de España”, y a continuación la entradilla, “Traducción de un artículo publicado en varios periódicos económicos alemanes, por su corresponsal en España” escrito por una periodista llamada Stephanie Claudia Müller. En realidad, el artículo ni se había publicado en Alemania, ni la había escrito la mencionada periodista –o, por lo menos, no ella sola-, y desde luego, no había sido ignorado en España. Se había publicado en El Confidencial, y llevaba también la firma de Roberto Centeno, tertuliano de la derecha desacomplejada de Intereconomía. Sin embargo, el mero indicio de una conspiración de censura que sugería el título de la versión viral fue suficiente para que tuviera gran repercusión en la Red y especialmente entre el colectivo de izquierdas definido como ‘antisistema’. Incluía algunas de las siguientes afirmaciones:

  • “España no es Grecia, pero España puede ser un paciente crónico si Alemania, junto con Europa, no contribuye a solucionar sus verdaderos problemas”.
  • España no debería recibir más dinero sin que se cambie a fondo el sistema político y económico, hoy en manos de una oligarquía política aliada con la oligarquía económica y financiera, y sin que se aumente la participación ciudadana real en las decisiones políticas”.
  • “Para no perpetuar la crisis y endeudar a los españoles durante generaciones, el Gobierno español debe reformar a fondo la administración de las comunidades autónomas y los ayuntamientos, en su mayoría en bancarrota y completamente fuera de control, sometiendo a referéndum el modelo de Estado”.
  • “….las regiones, ayuntamientos y diputaciones son los responsables de los dos tercios del gasto público -234.000 millones frente a 118.000 el Estado en 2011-, excluyendo la Seguridad Social -23.000 millones-, y este gasto se realiza en condiciones de descontrol, despilfarro y corrupción totalmente inaceptables”.
  • “Las razones verdaderas de la crisis del país, en consonancia con lo dicho, nada tienen que ver con salarios demasiado altos -un 60 % de la población ocupada gana menos de 1.000 euros/mes-, pensiones demasiado altas -la pensión media es de 785 euros, el 63% de la media de la UE-15- o pocas horas de trabajo, como se ha trasmitido a veces desde Alemania”. 
  • “La razón de la enfermedad de España es un modelo de Estado inviablefuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por una oligarquía de partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica,  y con el poder judicial y los organismos de control a su servicio”.
  • “No puede permitirse por más tiempo este nivel de corrupción”,…

Utilizaba, por tanto, un discurso que viniendo de un periodista de la derecha conservadora sonaba atractivo para un gran segmento de la izquierda de nuestro país. Los argumentos no carecían de fundamento -aunque habría que contrastar las cifras que nos ofrece-, sin embargo, en parte por la forma viral de difusión los redactores lograron transmitir otros mensajes indirectos:
  1. Los medios españoles conspiran para ocultar la verdad, que sólo se conoce en Alemania.
  2. España no es capaz de solucionar sus propios problemas y necesita seguir los consejos de otro país –Alemania- para poner su casa en orden.
  3.  El final de la crisis pasa por acabar con el estado autonómico.
  4.  La política es la razón número uno de todos los problemas de nuestro país.

Se trata de un discurso sensacionalista, populista, que busca simplificar los problemas de España, encontrar un solo culpable –las instituciones públicas- de un problema esencialmente de deuda privada –Medios serios como The Economist no cesan de repetir que España tenía superávit cuando estalló la burbuja inmobiliaria-, y generar un clima de creciente hostilidad hacia los políticos. Es un discurso de derechas, pero que en estos tiempos tan turbulentos fácilmente puede ser asumido por la izquierda, y es una prueba fundamental del paso corto que supone en un país en el que la gente lo está pasando realmente mal, pasar de votar a un partido como la coalición de izquierdas griega, Siriza, a otro de ideología nazi, Aurea Dorada: “La política no nos sirve y por tanto tenemos que buscar nuestras propias soluciones aunque eso pase por limpiar las calles de inmigrantes, sustituir nuestros gobernantes por unos mandados de Berlín o enviar la Guardia Civil para que establezca el orden en el Parlament de Catalunya” es el mensaje que nos llega. De hecho, esta última idea no dista mucho de la del propio redactor del artículo, Roberto Centeno, quien afirmó después de la manifestación independista el pasado 11 de noviembre, “Los nacionalistas catalanes son unos mierdas. No hace falta mandarles el Ejército, basta con algunos guardias civiles”.
El espectro ideológico es, como escribí al principio de esta entrada, esférico, y la frontera entre la extrema izquierda y la derecha extrema es muy difusa, tan difusa que es muy fácil que una se disfrace de la otra con tal de ganar una audiencia cautiva para mensajes cada vez más radicales y salvajes; y hay suficientes en cada bando como para que con sólo unirse con el mismo objetivo, puedan suponer una verdadera amenaza para el futuro democrático del país. El Nacional Socialismo no era nacionalista y socialista por nada, y tampoco fue por nada que un partido tuviera entre sus militantes a dos personalidades tan diferentes como pueden ser Joseph Ratzinger o Günter Grass. Dirán que en aquel entonces todo el mundo era radical y no sabían cómo la cosa iba a terminar. Pues, no parece que hoy las cosas sean muy distintas y si nosotros queremos evitar caer en la misma trampa, tenemos que ser más críticos y aprender a elegir mejor nuestros referentes. Algo que es más fácil si nos basamos en fuentes de confianza, y no sólo en cualquier spam que aparezca en Facebook.
Y para terminar, no podemos dejar que la clase política siga perdiendo credibilidad entre los ciudadanos y cuando sufre, no podemos seguir golpeándoles, rodeándoles y destruyéndoles. Las instituciones siempre son mejorables y como bien decía Winston Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. La mayoría de los políticos eligen su profesión porque creen en algo y porque quieren contribuir al bienestar de la sociedad. Que haya corruptos, que el proceso de toma de decisiones no sea perfecto, que los ciudadanos se sientan ignorados, son problemas que buscan respuesta. Y debemos buscar esa respuesta sin dejar que los extremistas se aprovechen de la situación y tumben todo el edificio. Cuando suceda eso, que esperemos que no, tardaremos siglos en volver a construir algo similar.

martes, octubre 16, 2012

Aquellos cerebros imparables


Hace años, los que emigraban de Europa, principalmente a las Américas, iban sin billete de vuelta. Las distancias y los costes de trasladarse eran tales que en la mayoría de los casos no existía la posibilidad de regresar, al menos en el corto plazo.

Hoy, no es así. Los que tenemos la fortuna de haber nacido en los países avanzados, y de tener un cierto nivel cultural, formamos parte de un mercado laboral que es cada vez más global y tan grande como nuestra inquietud y afán explorador. Ante esta realidad, es comprensible que cuando no existan oportunidades laborales en un sitio iremos a otro para poder así ganar más experiencia allá donde nos toque. Lo mismo que ocurre en sentido inverso en los tiempos de bonanza económica.

Me resulta, por lo tanto, bastante absurdo leer editoriales como el de El País de hoy, que habla de una transferencia de talento perjudicial para los intereses de España, país que ha financiado su formación. Me pregunto qué esperan. ¿Que estos profesionales se queden en España para engrosar las filas de paro y perder empleabilidad? 

Es precisamente el nivel sociocultural y la educación de estos españoles el principal factor que les permite marcharse y ganar experiencia, abrirse al mundo, y quizás algún día regresar para aportar algo de lo que han aprendido para hacer avanzar su país.La educación de la que se han beneficiado –todo lo opuesto a lo que sugiere el editorial- abre un círculo virtuoso que no hará más que beneficiar a largo plazo a la economía local. Lo único que hace falta para que vuelvan es que los políticos españoles y europeos tomen las medidas que permitan que los jóvenes españoles tengan las mismas oportunidades que tuvieron los que lideraron la economía durante la transición de crear empresas y de generar riqueza. Las mismas oportunidades que tantos empresarios hoy envejecidos, millonarios e incapaces de levantarse de una vez de sus sillas para ceder el protagonismo a las generaciones más jóvenes, les quieren negar.

El otro día vi un reportaje de la TVE sobre los nuevos emprendedores españoles. Entrevistaron a unos cuantos y la casi totalidad de ellos tenían un denominador común. Contaban con padres -y en algunos casos abuelos- con la capacidad y la buena disposición de financiar el 100% de su inversión, es decir, unas cifras de 30.000 euros para arriba. El canal público no fue capaz de identificar ni a uno sólo que hubiera conseguido el apoyo de alguna entidad financiera. Y seguramente había unos cuantos con hipotecas adquiridas a los años gordos, como si aquello se hubiera tratado de una buena inversión.

Ante esta realidad en la que las oportunidades empresariales se limitan a una élite con suficiente capital económico como para financiar las hazañas de sus descendientes biológicos, que los más preparados se marchen a tierras más fértiles es tan real como inevitable. Pero si se quiere que algún día vuelvan, la política del avestruz ya no servirá a los dirigentes españoles. Quizás cuando se levanten y abran los ojos, también se abra la oportunidad para que este país vuelva a arrancar y a atraer tanto a sus ciudadanos como a más personas como yo, que se educaron gracias a los contribuyentes de otros países, unos países que no nos critican con aquella mentalidad provinciana por querer conocer mundo y crecer tanto personal y profesionalmente.

viernes, octubre 12, 2012

Pasión y ceguera: Lo que nos cuentan y lo que, de verdad, sabemos


Ya es tópico escribir que los políticos han perdido la credibilidad entre los ciudadanos, aunque no deja de ser un hecho preocupante por lo que puede acarrear en un futuro próximo para la democracia. Tristemente, en Europa ya sabemos lo que pasa cuando todo el sistema social y constitucional se derrumba y los votantes empiezan a buscar respuestas a través de ideologías más radicales y ‘chabacanas’, como dirían algunos. Sin embargo, no se ha comentado tanto otra institución que actualmente tiene una crisis de credibilidad, que es la que se conoce como el cuarto poder: los medios de comunicación.

Y no es que los periodistas no sean buenos profesionales. Excelentes periodistas hay muchos, y en muchos países. Y muchos son los que ponen en riesgo hasta su propia integridad física en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, para que todo ese esfuerzo valga la pena, tiene que haber una relación bidireccional entre periodista y lector, y últimamente tengo la sensación de que los ciudadanos de muchos países se han enrocado tanto en sus prejuicios que ni siquiera quieren escuchar unos argumentos que contradigan a su propia ideología. El éxito de ciertos grupos mediáticos –la Fox en Estados Unidos, Intereconomía en España, Mediaset en Italia, etc.-, que definen su labor no como investigadores sino como alimentadores de prejuicios sólo sirve para aumentar la pereza intelectual del ciudadano antaño crítico para que deje de explorar otros canales y vías para poder comprender la realidad que habita.

Las redes sociales tampoco han ayudado. Ya no sé si todavía sirve la palabra ‘bulo’ para describir lo que ocurre últimamente en estas comunidades virtuales. No pasan 24 horas sin que vea a otro amigo retransmitir una opinión sensacionalista escrita por nadie sabe quién y sin referencia a ninguna fuente o dato contrastado. La velocidad con la que se mueve la rumorología en Internet es tal que la verdad ya no importa. Las ideas se meten por nuestros oídos y salen por nuestras bocas sin ser procesadas en ningún momento por el cerebro, como comentó en una de sus últimas entrevistas grabadas el ex presidente del Gobierno de España, Adolfo Suárez.

Pero, volvamos al tema en cuestión. El caso es que más allá de los riesgos, Internet también tiene sus ventajas para los que de verdad queramos informarnos. Podemos acceder, no sólo a  medios de comunicación de todo el mundo sino también pedir directamente la opinión de nuestros contactos cercanos, por muy dispersos que estos se encuentren por el planeta. Los que no hayamos perdido el sentido crítico y estemos dispuestos a analizar la información que nos llegue podemos convertirnos en ciudadanos muy bien informados, mucho más que hace apenas 15 o 20 años cuando dependíamos, a lo mejor, de uno o dos diarios más o menos objetivos que comprábamos cada día en el quiosco y en los que confiábamos porque no teníamos otra forma de contrastar las observaciones que contenían.

En mi caso las redes sociales son de gran utilidad, para dar sólo un ejemplo, por la capacidad que me dan para  informarme sobre lo que ocurre en América Latina, región que siempre me ha fascinado y que también fue el tema de mi licenciatura. El tiempo que he vivido en dos países muy diferentes de aquella región, y los contactos que he tenido con numerosas personas de todo el continente sirven como buen punto de partida para intentar mantenerme informado sobre algunos aspectos de la realidad de la región. Reconozco que mis conocimientos siempre serán parciales pero no me preocupa especialmente porque tampoco soy imparcial cuando opino sobre el país en el que llevo 12 años viviendo o sobre la tierra donde nací. Todos tenemos nuestra propia subjetividad, y para eso sirve el diálogo y el debate, pero lo importante es que siempre intentemos mirar más allá de ella y escuchar y procesar opiniones diferentes a las nuestras.

¿Y a qué viene este debate? Pues, el caso es que hace unos días se celebraron las elecciones presidenciales en Venezuela en las que volvió a ganar Hugo Chávez con un margen reducido pero todavía significativo. Seguí todos los detalles de la contienda en las semanas anteriores, informándome como siempre a través de diversos medios y vías. En ningún momento expresé una opinión personal, ante todo por mi propia sensibilidad democrática y por no tener ninguna intención de inmiscuirme en los asuntos de un país que no es el mío. Sin embargo, me fui dando cuenta poco a poco de la brecha que había entre las opiniones que leía en unos y otros medios, y más aún entre la cobertura de los medios, en términos generales, y las opiniones de la ‘gente de la calle’.

Por un lado, como fue el caso de muchos medios de comunicación ‘serios’, leía que el sistema de recuento de votos rozaba la perfección, contando con el aval de diversos organismos internacionales, que Venezuela disfrutaba de una pluralidad mediática que sería la envidia de un país como España, y que según todos los indicadores internacionales el país caribeño había logrado reducir de manera sustancial los índices de pobreza y de marginación social. Por otro lado, descubrí que, en realidad, estos datos no eran prueba de la calidad democrática debido a que más allá del sistema de votación, también se habían registrado numerosos casos de intimidación a los votantes quienes tenían miedo a perder el trabajo si no votaban al partido de Chávez y que, según se dice, muchos de los que trabajan en los nuevos puestos de la administración creados por Chávez pueden ser despedidos si se descubre que hayan apoyado a la oposición.

También leí que muchos de los supuestos ‘avances’ sociales eran muy relativos porque se financiaban con el dinero del petróleo y que a la larga las políticas no iban a ser sostenibles. Leí muchos otros datos que ofrecían una variedad de perspectivas sobre la situación del país, aunque me sorprendió ante todo que, al acercarse la fecha de la contienda, la mayoría de los medios europeos no se encontraran capaces de criticar con severidad, y con pruebas concretas, ningún aspecto de la gestión de Chávez durante los últimos 14 años más allá del dramático aumento de la inseguridad y el pobre estado de las infraestructuras. Ambas cosas, desde luego, son prueba de fallos graves en la administración, sin embargo, también se critica el estado de las infraestructuras y la inseguridad en Argentina, e incluso en el Reino Unido, y aunque pueden ser motivo de la caída de un gobierno, no justifican por si solas todas las insinuaciones que hemos escuchado en los últimos años de que Venezuela es un régimen autoritario y de que Chávez ha desmantelado todas las instituciones del Estado.

La única conclusión a la que puedo llegar es que la realidad de Venezuela, como la de cualquier otro país, es bien compleja, que hay una gran diversidad de opiniones respecto a su situación política y económica y que el debate político presenta dos (o varios) caminos alternativos muy diferentes y que, por tanto, es tan o más pasional como era hace 50 o 100 años en el Reino Unido cuando también había alternativas claras, y no como hoy cuando parece que gane quien gane, el único vencedor claro en las elecciones siempre acaba siendo el Estado británico.

Venezuela es el país del mundo con más reservas petrolíferas y los resultados de sus elecciones son relevantes tanto para sus ciudadanos como para los países importadores de petróleo, por tanto, la crispación se extiende a los medios de comunicación extranjeros. Para el observador foráneo surgen multitud de dudas y respuestas que necesitan ser contestadas para que aumente la comprensión sobre lo que de verdad ocurre. Sin embargo, la sensación que tengo es que la realidad genera tanta pasión que cualquier extranjero que intente hablar con un ciudadano de aquel país para poder llegar al fondo de la cuestión, si su hipótesis con coincide con el de su locutor corre el riesgo de salir quemado. Salvo en contadísimas ocasiones las respuestas incluyen tantas tópicas como el relato de los medios de comunicación tan extremistas de una u otra banda. Falta un análisis frío de la situación que sirva como punto de partida para buscar una solución o una alternativa a la realidad actual. En los últimos días, noto que las cosas están empezando a dar un vuelco y que hay una mayor disposición en la sociedad a intentar escuchar al otro, algo que me parece sumamente positivo, pero sólo es un primer paso.

Al igual que ocurrió con los gobiernos de Juan Perón en Argentina, en la Venezuela actual existe un Gobierno y una oposición que es un amalgama de todo lo que el chavismo no es pero que todavía no se atreve a definirse por lo que sí es. Por tanto el discurso de los opositores también se centra en todo lo malo de la realidad actual sin explicar cómo sería la ‘otra Venezuela’ que se quiere construir. Si lo que se quiere crear es una sociedad que cuente con todos, lo primero que habría que hacer es buscar puntos de encuentro entre las opiniones de ambas bandas, entender por qué gran parte de la población, que estaba excluida cuando Venezuela era uno de los países más desiguales y con mayores índices de pobreza del mundo y cuando dos partidos se repartían felizmente el poder entre ellos y el dinero entre las élites, siente tanta lealtad por Hugo Chávez, y empezar a diseñar una alternativa que no les vaya a volver a dejar en la cuneta. Y de cara al exterior, si los medios profesionales de todo el mundo de verdad no son capaces de proyectar una imagen real de lo que de verdad ocurre, está claro que se necesita una labor de comunicación que vaya más allá de los eslóganes pro y antichavistas y que nos permita abrir los ojos y los oídos a los demás. Pero está claro que, en un mundo en el que tan importante como los medios escritos son las redes sociales, ese esfuerzo también tiene que extenderse al ciudadano de a pie, quien tendrá que acostumbrarse a escuchar los comentarios de los de fuera, agradecerles el interés mostrado por su realidad, y presentar argumentos que les permitan formar una opinión más completa, y por supuesto reconociendo que nadie lleva la razón absoluta.

Y sólo es un ejemplo. Todos los conflictos en el mundo, y no menos en España o en Europa, son conflicto de la ignorancia y de la poca voluntad de unos de escuchar al otro. En un mundo cada vez más social, primero tenemos que aprender a escuchar, y después, aunque no menos importante, saber analizar de forma más o menos objetiva la información que nos llegue. En definitiva, a aprender a divulgar no lo que nos cuenten los demás sino las conclusiones a las que hemos podido llegar como consecuencia de un proceso analítico mucho más profundo. Pero ante todo, debemos aleccionar menos y escuchar más, porque acercarse a una mentira es lo más fácil del mundo. La verdad, en cambio, es mucho más escurridiza.

viernes, julio 13, 2012

La gran chingada española


“¡Que se jodan!” Me da cierta vergüenza escribirla pero esto es el lenguaje que utilizan los políticos en nuestro país. Vale, no vayamos a ser hipócritas, ni siquiera ‘falsas hipócritas’ al estilo de la mujer de Aznar. En España, las malas palabras se utilizan por todas partes, incluso delante de los hijos. Sin embargo, en algunas situaciones no están permitidas. Y no voy a dirigir el fuego contra nadie en particular, porque según ellos mismos se defienden, “no pasa nada, si todos nos pasamos el día insultándonos”.

Pero sí, importa, de la misma forma que importó para la imagen del fútbol español que Luis Aragonés insultara con palabras incluso más groseras al jugador, Thierry Henry por el color de su piel. “No pasa nada, en España decimos ‘puto negro’ con cariño”, decía medio país. Claro, como también se exterminaron a las indígenas en América del Sur. Con cariño. Podemos ser muy niños en nuestras casas y con nuestras familias, pero en la vida pública hay que comportarse como adultos. Y no vale que la presidenta de la Comunidad de Madrid llame al alcalde, ‘hijo de puta’, de la misma forma que no valió que Tony Blair se refiriera a determinados miembros de su partido como ‘pajeros sin reconstruir’ o que José Bono clasificara a este último como un gilipollas integral. Aunque en estos últimos casos se trataron de declaraciones ‘off the record’, quitan prestigio a los políticos como si algo todavía les quedara.

Tenía un amigo en Cuba, un profesor de la universidad, que cuando yo o cualquier otro entraba en su casa, gritaba, “¡Hijo de puta! ¿Cómo andan las cosas?” Dicho con cariño, por supuesto, y además es cubano y se le perdona. Pero en España, y en las instituciones democráticas, hay que mantener una cierta aura de misterio, y no vale que nuestros hijos vean que los políticos hablen aún peor que sus propios padres. Fue Rajoy el que inició la práctica de insultar al Presidente del Gobierno, tuteándole con desprecio y llamándole cosas como, bobo solemne’. Fue una estrategia planificada y funcionó. La derecha sabe que rara vez gana elecciones por su programa. Para ellos es más fácil despreciar a toda la clase política porque pase lo que pase, sus 10 millones de votos seguirán allí. Lo que hay que conseguir es que las clases populares pierdan el respeto a todos los políticos para que los demás no voten a ninguno. Luego surgen partidos como la ultraderecha griega que brean a los inmigrantes delante de las narices de la policía, pero poco le importa a los del ‘todo vale’. Y así nos va.

Ahora la diputada responsable de la frase con la que he iniciado esta entrada, en vez de disculparse, ha acusado al PSOE de querer manipular, porque lo que quería en realidad no era insultar a los ciudadanos parados sino a la oposición. Van en la misma línea de siempre. Creen que está bien insultar a los políticos porque cuanto menos votan mejor para ellos. Al final, aunque es verdad que la política se ha fragmentado en Grecia tanto a la izquierda como a la derecha, sigue gobernando la derecha, y eso es para ellos realmente tranquilizador.

Pero, ¿de quién se ríen realmente? Porque lo que más importa a los ciudadanos es qué están haciendo para el país. Y en eso no cabe la menor duda. Están acabando con los servicios públicos, aumentan el IVA sin tomar medidas contra el fraude fiscal, reducen los sueldos a los más pobres mientras ellos mantienen todos sus privilegios, intentan solucionar los problemas de la deuda con más deuda, y cobran los intereses a los que no tienen nada que ver con las causas de la crisis. De manera fratricida, echan toda la culpa a los funcionarios, pero no a todos los funcionarios. No ellos, sino los que están varios peldaños más abajo y que aceptan trabajos en los que asumen que nunca van a hacerse ricos, pero a cambio de unos mínimos derechos y garantías. Y eso en uno de los países con menos funcionarios de la Unión Europea y en el que menos se invierte en educación y sanidad.

Y no hay que olvidarse de que esta crisis no la creamos ni tú, que lee esto, ni yo. Por lo menos, la mayoría de nosotros intentamos vivir dentro de nuestras posibilidades. Si sacamos una hipoteca fue porque necesitábamos un lugar donde vivir, y aún sospechando del engaño, no queríamos atarnos a un mercado de alquiler que tiene aún menos piedad con el inquilino y que no ofrece garantía alguna si no dispones de un trabajo por cuenta ajena. Huelga repetir: Esta crisis se debe al ladrillo. Como escribió ayer el profesor, Vicenç Navarro, en Público la responsabilidad es de los bancos españoles que aceptaban unos préstamos usureros para inflar una burbuja artificial, y de los alemanes que se lo prestaron aún sabiendo que nunca lo íbamos a poder devolver. Pero ahora somos nosotros que tenemos que pagar. Nos toca salvar a la banca alemana porque es demasiado grande para quebrar y se llevaría a todos nosotros con él. Amenazan que si no aceptamos sus recetas, morirán ellos pero como Sansón, acabarán con todo el imperio por el camino.

Nos llevaron los corruptos a esta situación y ahora quieren que la paguemos. Da igual a quien iba dirigida la frase, quieren que nos jodamos todos. Para repetir una frase del gran referente de Rajoy, David Cameron, “We’re all in it together”. Efectivamente, todos estamos jodidos pero los que nos van a dar son ellos.

martes, junio 19, 2012

Algunos apuntes sobre las perspectivas para la economía española


Los inversores no invierten en nuestro país, pase lo que pase, porque dudan de que el euro sobreviva y no quieren que sus inversiones se conviertan en pesetas. Y allí no se puede culpar a los capitalistas y especuladores, si hasta los propios españoles -los que tienen ahorros- están haciendo todo lo que puedan para enviar su dinero a Alemania. Por tanto, recorten lo que recorten, tendrán que seguir recortando y sin solucionar nada. Seguirá aumentando la deuda, el desempleo,…, y estaremos cada vez más arruinados.

Sólo tenemos, por tanto, dos alternativas:
  1. La UE decide por una vez que vamos a crear una gran unión política y financiera sólida y capaz de garantizar la continuidad del euro, con lo cual los países periféricos tendrán que adaptar sus políticas: salarios, vacaciones, seguridad social, etc. a las de los países del centro y asumir las consecuencias.
  2. Salimos del euro ya y tragamos: Empobrecimiento de la población, incapacidad de comprar nuevas infraestructuras o mantener las existentes, falta de medicamentos, etc., pero a largo plazo cierto crecimiento y recuperación, y sobre todo inversiones, porque los capitalistas verán una gran oportunidad en la nueva peseta devaluada.

La primera opción no es viable porque la estructura de la Unión Europea de 27 no permite tomar decisiones. La segunda opción tampoco va a ocurrir a corto plazo, porque tenemos un Presidente del Gobierno que no toma decisiones sino espera que las cosas se resuelvan solas mientras se fuma un puro y ve el fútbol.

CONCLUSIONES
  1. Los inversores y compradores de bonos no son tontos.
  2. Esta crisis no es una crisis de España sino de la Unión Europea.
  3. La Unión Europea tiene las mismas capacidades para resolver la crisis que tenían los romanos cuando descubrieron que ya no les servía el ábaco, y que escribir I, II, III, IV, V… era demasiado complicado.
  4. El modelo actual –y lo dice alguien que siempre ha sido pro-europeo- está abocado al fracaso y no se buscarán soluciones hasta que no se haya consumado el desastre que ya es inevitable.

Una vez que el desastre se consume, y pasado un tiempo, se podrá volver a valorar si es posible tener una unión, por ejemplo, entre Francia, Alemania, Bélgica, y Holanda. Por nuestra parte, podríamos valorar juntarnos con Portugal y con Italia, dos países con bastante afinidad cultural y económica. Los países escandinavos, por supuesto, irán por su cuenta. El Reino Unido irá flotando por el Atlántico mientras busca reforzar sus antiguos lazos con el Commonwealth. Y los del Centro y el Este de Europa, bueno, siempre les quedará hacer las paces con Rusia.

A veces para saber qué funciona, conviene ver cómo se hacen las cosas en las empresas. Lo normal es que éstas tienen un director comercial para el Reino Unido, otro para los países nórdicos, que a veces se extiende a Benelux, otro para el sur de Europa, que a veces incluye Francia y otras veces no, y otro para Alemania o, en su caso, Alemania y Francia. Intentar unir todas esas regiones en una es un proyecto bastante arriesgado para las empresas, y cada día estoy más convencido de que ha sido una locura intentarlo a nivel de los estados.

Pero ya es tarde para intentar hacer parches. De momento, lo único que podemos hacer es esperar, tomarnos un fino con el Presidente del Gobierno, disfrutar de los partidos de la Eurocopa, mirar como los problemas se solucionan por si solos… y antes que nada, acaso llenar el almacén de productos no perecederos, que la lucha se prevé dura.

Un apunte final: Creo que los latinoamericanos han aprendido esta lección y no cometerán los mismos errores que cometimos nosotros en Europa durante los últimos 50 años.

jueves, junio 07, 2012

El nomadismo postmoderno


La libertad de movimiento – “El derecho de toda persona a moverse libremente por el mundo, ya sea dentro de un país o de un país a otro. Está reconocido parcialmente en el artículo 13º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos". (Wikipedia)

Miren como los señores del mundo capitalista sacan términos del léxico de los derechos humanos para justificar un proyecto económico que si bien funciona en teoría, empieza a demostrar tremendas flaquezas en su ejercicio práctico.

Ahora nos dicen –lo vienen diciendo desde hace años en las páginas de sus biblias ideológicas, El Economista siendo uno de sus máximos referentes- que el capitalismo liberal sólo puede funcionar si además de la libre circulación de capitales, se permite la libre circulación de personas. Es decir, si su modelo deja países y regiones enteras en un estado de devastación y de quiebra económica, el problema no es que su modelo haya dejado de funcionar, sino que no se permite que los ciudadanos de aquellos países transformados en infiernos terrenales busquen su El Dorado en alguna otra región del mundo. Además, suena bonito. Lo dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¡Echados a andar por el mundo como Pedro por su casa! Y sus lectores duermen contentos.

¡Tonterías! A mí me parece muy bien que los que quieran viajar, por impulso, por curiosidad o simplemente por la culoinquietud más auténtica tengan ese derecho. Por supuesto, junto a esa libertad está la obligación de intentar integrarse o por lo menos de respetar las diferencias culturales de la sociedad anfitriona. Sin embargo, de allí a asumir que el nomadismo es el futuro para la humanidad hay un trecho.

En Europa, a pesar de la tan denostada integración económica, son más bien pocos los europeos que viajan a otros países en busca de trabajo. Ahora sí crece el número de españoles, griegos e italianos que, por necesidad económica, se trasladan a Australia, Argentina o Japón en busca del éxito que les niega su país. ¿Pero se puede definir eso como un éxito para la sociedad que dejan atrás? No, a menudo es un auténtico desastre. E incluso, en muchos casos, a nivel personal supone la separación de familias enteras, la pérdida de la protección que ofrecían las redes sociales del país de origen y la obligación de aceptar un trabajo inferior a su nivel educativo.

Siempre ha habido y siempre habrá millones de personas que decidan viajar a otros países en busca del éxito. Es verdad que, tal y como se afirma en la Declaración Universal, están en su derecho. Y también es cierto que esos flujos contribuyen al intercambio del conocimiento y al enriquecimiento económico y cultural del mundo. Sin embargo, también debe ser un derecho poder ganarte la vida en tu propio país si así lo deseas, si así te va a permitir formar una familia con lazos estables, si así vas a sentirte más realizado. Un modelo que pone el mundo patas arriba no puede justificarse con el argumento de que el único problema es que la gente no sabe subirse por las paredes como Spiderman. El problema es que hay que recordar donde está el suelo, que los árboles sólo pueden crecer si echan bien las raíces, y que el mundo nunca será sostenible si las personas que lo habitan no se sienten identificadas con las tierras que cultivan. Los economistas, sin embargo, por mucho que lo intenten no acaban de entender las realidades tangibles. Y nos siguen vendiendo humo.

jueves, mayo 03, 2012

Despilfarro y mala gestión en la Comunidad de Madrid

Nos preguntamos por qué el precio de viajar en Metro ha subido tanto en los últimos años y hoy nos llega la respuesta. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid (PP) ha reconocido ante los medios que entre 1988 y 2012 la rentabilidad del sistema de transporte subterráneo en la capital ha bajado hasta tal extremo que hoy, a pesar del impresionante aumento de las tarifas, hay que subvencionar el Metro en un 60%, una proporción tres veces mayor que a finales de los ’90 cuando los billetes financiaban un 80% del coste del mantenimiento de la red. Dato curioso a la vista de que en los años ’80 la Comunidad de Madrid tenía un presidente socialista. Sí, un dirigente del partido que según la actual presidenta conservadora, Esperanza Aguirre derrocha el dinero de los ciudadanos y deja el país en bancarrota, para que luego ella y sus secuaces tengan que venir con sus recortes para ‘salvar las cuentas públicas’.

Los dirigentes del PP madrileño tanto alardean de haber construido uno de los mejores metros del mundo. Sin embargo, a la luz de estos datos no parece que su principal prioridad haya sido la sostenibilidad de las cuentas públicas. Ya se venía hablando desde hace tiempo de que la mega-obra del MetroSur era una ruina y que los beneficios que daba a los ciudadanos de aquellos barrios no merecían una inversión a la altura de una ciudad como Tokio. Ya existía una amplia red de cercanías e incluso después de la obra los tiempos de viaje entre el centro y los distintos barrios del sur son más cortos en autobús que en Metro. Sin embargo, victoria tras victoria electoral, se ha repetido que el gran éxito de la gestión de Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre es el Metro.

Todos estos datos me parecen muy interesantes, porque siempre me había parecido raro el afán de la Presidenta Aguirre por los recortes presupuestarios una vez que su correligionario, Mariano Rajoy hubiera entrado por las puertas del Palacio de la Moncloa. Porque en los años de Zapatero, Aguirre no destacaba precisamente por el instinto ahorrador. En absoluto. Casi llegó a proclamar la independencia de la Comunidad de Madrid y se quejaba día tras día de que el Estado no invertía lo suficiente en esta ciudad. Mientras tanto, persistía en ejecutar unas obras faraónicas que beneficiaban a sus amigos del sector de la construcción pero sin prestar atención alguna a la rentabilidad. Populismo y votos. Nada más.

A lo mejor los ciudadanos debemos reflexionar un poquito más acerca de la verdadera responsabilidad de esta crisis porque escuchar a nuestros mandatarios echar la culpa a otros por la crisis de la deuda cuando son precisamente las comunidades que ellos gestionan los que más han gastado en unas obras e infraestructuras que requerían una alta cantidad de mano de obra, generaban empleo a corto plazo, y creaban riqueza para sus amigos pero no tenían ningún sentido desde una perspectiva de utilidad pública, me resulta cuando menos perverso. Si el verdadero legado de su gestión es una red de transportes incapaz de autofinanciarse, unas instalaciones deportivas –Piscinas Madrid 86- en bancarrota, una ciudad cada vez más contaminada y una crisis de la deuda que destruye los sueños de toda una generación de gente joven, no sé de qué pueden presumir.

Lo único que pido es que primero asuman su parte de la culpa- está claro que no son los únicos pero representan una parte importante de lo que se ha hecho mal en los últimos años-, y segundo, tomen medidas para solventar la situación sin que tengan que perjudicar el conjunto de los ciudadanos. Y si para ello hay que separar la gestión del transporte público en dos y privatizar aquellas líneas que no son capaces de autofinanciarse (Principalmente MetroSur, MetroNorte y MetroEste), que así sea. Pero que no vengan diciendo que toda la culpa es de ya sabéis quien.

sábado, abril 28, 2012

El J. Edgar Hoover español que se cree Franklin D. Roosevelt


Mariano Rajoy cree que la mejor estrategia de gobierno es echar la culpa de todos sus problemas del país a los que vinieron antes. Desde luego, en línea con todo lo que venga de la boca de este señor, no tiene nada de novedoso. Es algo que se ha intentado muchas veces y que con una buena estrategia de relaciones públicas mediante, puede dar resultados por bastante tiempo.

Sin embargo, los votantes pueden ser ingenuos, pero no son tontos. Y con el paso del tiempo se van dando cuenta de que nuestras desgracias son, en gran parte, responsabilidad de los que nos gobiernan y que ellos son los primeros que tendrán que rendir cuentas. Porque no fue el anterior Gobierno el que decidiera los últimos recortes de Rajoy, que han endurecido aún más las políticas de austeridad y que nos están conduciendo a una tasa de desempleo y una recesión aún mayores, a pesar de que este hubiera prometido que nada más llegar al poder las cosas iban a mejorar. No fue el anterior Gobierno el que decidiera aumentar el IRPF, y ahora el IVA, reduciendo la capacidad de consumo y de ahorro de los ciudadanos, a pesar de haber centrado su labor de oposición en criticar a unas medidas similares por considerar que no nos iban a permitir volver a crecer. Y no fue el anterior Gobierno el que decidiera introducir el copago en la sanidad pública o restringir el acceso a los inmigrantes, aunque se ha demostrado que esta medida de tintes racistas tiene mucho de populismo y poco de eficacia porque los que menos consumen en servicios sanitarios son justo los que pretende castigar.

Los ciudadanos entienden que el señor Rajoy tiene pocas alternativas, al igual que ocurrió en la segunda legislatura de Zapatero.  La diferencia es que mientras este recortó con desgana –sabía que los que más iban a verse perjudicados eran sus propios votantes- el PP lo disfruta. Para bien o para mal, la política de austeridad es la niña de su correligionario, Angela Merkel. Rajoy, la niña de Merkel. Y además cree que si mientras aplique los recortes, finge dolor y se excusa, siempre a través de su sufrida portavoz, Soraya Sáenz de Santamaría, con el argumento de que la culpa es de los demás, la gente le perdonará todo.

Gobernar significa tomar decisiones. E incluso cuando se recorta, hay que elegir qué recortar. No es lo mismo aumentar el precio del transporte público que imponer un canon a los coches en los centros urbanos. No es lo mismo poner un vendedor de armas como Ministro de Defensa que cobrar un impuesto a las grandes fortunas. El Gobierno sabe quien representa. Los demás son carne para las urnas que se gana manipulando.

El PP criticó la manera con la que recortaba el PSOE y prometió hacerlo de otra manera, y con otras prioridades. Dijo que el IVA perjudicaba sobre todo a los jubilados y a los parados, y que él no iba a hacer semejante cosa. Dijo que no se podía reducir el déficit recortando, porque más paro y más recesión siempre significan menos dinero para las arcas públicas. Nos prometió otra cosa pero nos ofrece lo mismo, sólo con mayor dureza, mayor rapidez y con menos vergüenza. Si estamos como estamos por lo que hicieron los demás, ¿por qué hace lo mismo de lo que hicieron los demás? O reconoce que Zapatero tenía razón o tiene que rectificar y aplicar la doctrina keynesiana que él tanto reclamaba.

Por mucho que se critique al anterior Gobierno, en sus últimos dos años se leían editoriales cada vez más halagüeños por parte de The Economist y el Financial Times, que llegaron a afirmar que tarde o temprano los españoles agradecerían su gestión por evitar un escenario como el griego. Sin embargo, en los últimos meses en medios extranjeros sólo se leen críticas al Gobierno de Rajoy, unas críticas que apenas se leen en El Mundo o El País, como sí ocurría cada vez que algún pirata informático suplantaba la identidad de Zapatero para burlarse de la presidencia española de la Unión Europea. Primero, Rajoy dijo que no iba a alcanzar los objetivos de déficit, perjudicando la imagen de España de cara a los inversores e las instituciones europeas. Sin embargo, le mandaron a freír espárragos y ahora se ríen de que ni siquiera ahora España va a alcanzar los objetivos revisados. Él promete alcanzar el 3% en 2013, sin embargo, el FMI dice que no llegaremos al 3% hasta 2018. Sigue aplicando la misma doctrina que le enseñaron desde pequeño, y dice que lo que hay que hacer es dejar de tomar café. Antes había café para todos. Ahora sólo hay café para Rajoy y sus ministros. Los demás tenemos que ajustar el cinturón o emigrar. Mientras los ministros del anterior gobierno repetían hasta la saciedad que España era solvente, el jefe de la diplomacia muy poco diplomático de Rajoy acaba de afirmar que esto es como el Titanic. Y por supuesto, toda la culpa es del PSOE y de Cristina Kirchner. La Merkel no entra en sus críticas porque son amigos.

Estarán esperando que la semana que viene en Francia gane Hollande para que por fin se puedan aplicar unas políticas que impulsen el crecimiento. Unas políticas socialdemócratas que nos ayuden a salir de la crisis. Y de la misma forma que Aznar logró hace 12 años subirse el carro del laborista, Blair, Rajoy podrá posicionarse como el nuevo ‘centroman’ y ponerse la medalla por la futura recuperación. Aunque él no haya hecho nada más que adular y seguir a los que realmente ostentan el poder en Europa. Y mientras tanto, vemos como berlusconiza la tele, invierte cada vez más en antidisturbios, privatiza el poco que queda del sector público y planta las semillas de la próxima crisis, que como siempre, será culpa de otros.

martes, abril 17, 2012

Locos en el mundo: Surrealismo en pleno siglo… no sé qué


Esta cabina en el tiempo se encuentra desorientada desde que a alguna hora de la noche del sábado, se transformó en una de máquina de tiempo y nos hizo retroceder unos 100 años hasta una lejana época colonial cuando los reyes iban a la caza de osos en la Casa de Campo y de proboscidios al sur del continente africano. Resultó, de todas formas, que en realidad siempre habitábamos en aquella época, sólo que hasta ahora nuestros medios de comunicación nos habían hecho creer que en realidad los monarcas se dedicaban a pasar noches insomnes preocupándose por el futuro de la generación más joven o por las perspectivas de las pequeñas y medianas empresas.

El rey se cayó y se rompió la cadera, sólo unos días después de que su nieto, Froilán, se pegara un tiro en el pie, porque efectivamente, ser aristócrata en este siglo XIX presupone que llevas arma, y manejar una escopeta requiere sobre todo experiencia, es decir, prueba y error, tal y como descubrió el Jefe de Estado en sus años juveniles a expensas de la salud y la vida de su hermano.

Pero avancemos un poquito, que el uniforme del Coronel Tapioca, por mucho estilo que tenga, se consideraba algo pasado de moda incluso a finales de los años 50, década a la que fui trasladado 24 horas después cuando la Presidenta de Argentina decidió expropiar el 51% de los activos de la empresa petrolera YPF al más puro estilo de los rebeldes de la revolución cubana, expulsando a los directivos de sus despachos en el mismo momento de hacer el anuncio. Sigo dándole vueltas en mi cabeza intentando encontrar una explicación por semejante maniobra, más allá del efectismo del momento. Desde luego, se trata de una decisión soberana del Gobierno argentino y las consecuencias las percibiremos en los próximos meses. Sin embargo, incluso en los casos en los que sea de interés nacional hacerse con el control de una industria estratégica, hasta ayer creía que vivía en una época en la que estas cosas se hacían con más decoro, ante todo, para no espantar a otros inversores.

Ahora, sin embargo, han pasado otras 24 horas y la reacción del gobierno español a semejante despropósito se acerca más al surrealismo de Dalí que a cualquier otro fenómeno que había visto en este siglo que creía ser el XXI, y más en un continente que se llama Europa. Después de entretenernos por unos días con un espectáculo teatral para intentar afectar indignación por una decisión que ya sabían era hecho consumado, y que en realidad, tal y como ya ha confesado la Comisión Europea y como señala ayer en un duro editorial la revista, The Economist, les deja entre la espada y la pared, hoy nos revelan la primera pieza en su estrategia de represalias: Censurar un programa de viajes en la primera cadena pública. ¡Ya veo como tiembla la Kirchner!

Y es que el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha encontrado en esta desafortunada cadena de sucesos el argumento perfecto para montar su propia aventura trillesca, sólo que en esta ocasión su principal herramienta para tensar las cuerdas con otro país no se llama la Isla Perejil sino RTVE. De esta forma rocambolesca, ha situado en el centro de la polémica por la propiedad de YPF, al programa Españoles en el Mundo, que intenta retratar la vida de los españoles de pie en diversos lugares del planeta. Hoy tocaba la Patagonia, lugar de origen de su nueva enemiga pública número uno, y por tanto, había que censurarla sin falta y sustituirla por otro capítulo sobre Praga. Curiosamente, la defensa de la cadena es que no querían situar al programa en medio de la controversia, pero al hacerlo, han situado a Televisión Española a la altura de Cubavisión, y aquí estoy escribiendo sobre el insólito episodio.

Vale. Lo reconozco. Soy ingenuo. Floto por el mundo en mi cabina y sigo intentando pensar que hay políticos buenos y malos, que la sofisticación se aprende con la experiencia y que las decisiones políticas en los países democráticas tienen un componente estratégico. Sin embargo, en la semana en la que he visto al rey luchar con los elefantes; al ministro, Margallo, acusar a Cristina Fernández de Kirchner de manejar la escopeta de Froilán -y amenazar con duras medidas diplomáticas a un país que más allá del caso Repsol sigue siendo estratégico para algunas de las mayores empresas españolas-; y a la mayor parte de la clásica política argentina aplaudir una intervención de una empresa que aún no se sabe cómo se va a gestionar a partir de ahora; lo único con el que puedo soñar es con despertarme o con que esta máquina de tiempo me devuelva cuanto antes al siglo en el que creía vivir. O eso o que dejen de meter alucinógenas en mi desayuno.