martes, diciembre 13, 2011

La nueva Jane Eyre demuestra que las voces foráneas fortalecen la esencia profunda del la Inglaterra provinciana




Disfruté enormemente con la última versión cinematográfica de Jane Eyre. Sólo los escritores ingleses de época fueron capaces de mezclar de manera tan eficaz la ironía y el romanticismo; y después de añadir a la tensión novelística de Charlotte Brontë un excelente reparto desde el primero hasta el último actor y una deliciosa escenografía, el espectador no puede abandonar la sala sin tener la satisfacción de haber vivido en primera persona una apasionante historia.

Han sido muchos los intentos de trasladar esta novela a la gran pantalla, sin embargo, la mayoría de las películas y series de época de la BBC transmitían una imagen excesivamente acartonada. En cambio, la producción del director norteamericano, de madre sueca y padre japonés, Cary Fukunaga, consigue todo lo contrario. El increíble talento de la australiana, Mia Wasikowska, le ayuda a transmitir todas las emociones contradictorias de su personaje –demasiadas veces retratada como un prototipo de feminista del siglo XIX– y su lucha por encontrar su lugar y su identidad en una sociedad clasista y estirada. El alemán, Michael Fassbender, se mete perfectamente en el papel de Mr Rochester y a diferencia de tantos actores ingleses consigue mostrar el lado cruel y frío del terrateniente sin dejar escapar su dimensión más humana. Detrás de todos está el personaje de Mrs. Fairfax, interpretada por la siempre grandiosa, Judi Dench. Y como nos reímos cuando después de escuchar con asombro la canción francesa de la alumna francesa, Adele Varens, los ojos de Jane Eyre bailando con emoción, Dench nos devuelve a la gélida realidad con esa frase tan típica como condescendiente, ‘mmm, very French!’

Y es que tener la fortuna de ver esta nueva interpretación moderna, pero a la vez extremadamente literal de la obra de Brontë el mismo día en el que la actuación de un primer ministro inglés y provinciano vuelve a ensanchar el Canal de la Mancha, nos recuerda qué poco ha cambiado la esencia de la sociedad en la Inglaterra profunda una vez que se deja atrás Londres y su urbanismo cosmopolita. Pero también nos demuestra la tremenda ironía de que para alcanzar esta imagen de la Inglaterra más auténtica es fundamental contar con un reparto tan internacional como las ambiciones históricas del Reino Unido. Es la mejor constatación de que Gran Bretaña necesita tanto a Estados Unidos como a Europa, incluso para disfrutar plenamente de los sabores de su esencia profunda; y de que obviar esta realidad nos alejaría de nuestros vecinos de ambos lados del charco y, por supuesto, de nosotros mismos.