domingo, diciembre 18, 2011

‘La incondicionalidad se ha convertido en dogma’


Lo afirma hoy un artículo de opinión del diario argentino, La Nación, en relación a la supuesta ausencia de sentido de autocrítica dentro del kirchnerismo, sin embargo, es en absoluto un fenómeno exclusivo. Desde que el ex presidente de Estados Unidos, George W. Bush, pronunciara esa temible frase, ‘o estás con nosotros o contra nosotros’, y el español, José María Aznar, la repitiera hasta la saciedad para defender su apoyo sin fisuras a la hegemonía norteamericana, no se admiten medias tintas en el discurso político.

El sistema electoral español, que se basa en listas cerradas y con el que los diputados son meros votantes pasivos a disposición de los respectivos líderes de partido, no admite ni un atisbo de debate una vez que los ciudadanos han emitido su veredicto en las urnas. En el Reino Unido, el liberal demócrata, Nick Clegg, creía que para formar parte de un gobierno de coalición con los conservadores su apoyo también tenía que ser incondicional, incluso cuando las decisiones contradijeran claramente su propio programa electoral. Sólo ahora empieza a dudar de si de verdad se trata de la mejor política ahora que se evapora el apoyo a un partido que nadie sabe qué valores representa.

La autocrítica es una estrategia arriesgada a corto plazo. Los partidos políticos funcionan como empresas. Tienen sus propias políticas de comunicación y sólo pueden hablar a los medios los portavoces designados para opinar sobre cada tema. El que emita una nota discorde pronto será clasificado como ‘rebelde’, ‘disidente’, o en el mejor de los casos un ‘verso suelto’. Lo mejor es no hacer mucho ruido y esperar que el líder le premie con una promoción.

Una de las ventajas de estudiar la actualidad política en sociedades ajenas es la mayor capacidad de observarla de manera objetiva. No hay que vivir la realidad en primera persona. Uno puede sentir un gran interés o preocupación, pero no con la misma pasión del que habita allí y, desde luego, sin los prejuicios que uno va creando a medida que va estableciendo una conexión más fuerte con el país. En cambio, cuando pasas un tiempo extendido en el extranjero es casi inevitable que con el tiempo te irás poniendo etiquetas, te identificarás cada vez más con una u otra banda, empezarás a leer con mayor asiduidad determinados periódicos porque crees que coinciden más con tu forma de pensar. Poco a poco, se te nublará la vista y en los tiempos que corren lo más probable es que también te vuelvas incondicional.

Sin embargo, el riesgo de la incondicionalidad es que más pronto que tarde aparecen grietas en el discurso del dirigente que tanto has apoyado y llega el momento de explicar por qué antes estabas de acuerdo y ahora no. En definitiva, vas perdiendo credibilidad. Te conviertes en ‘oportunista’, en ‘chaquetero’.

Forma parte de la naturaleza humana. Ese instinto tribal que nos conduce a establecer vínculos con un grupo que nos protege contra un enemigo imaginado. Pero los enemigos imaginarios acaban transformándose en enemigos reales y la protección de un líder tribal que sólo conoce la adulación ofrece una falsa seguridad. Su incapacidad de escuchar las críticas terminará por conducir a todo el grupo hasta el precipicio.

Hoy por hoy la crítica requiere gran valor, sin embargo, es cada vez más necesario para alejarnos del precipicio que está cada vez más cerca. Hace falta que los seres pensantes recuperen su autonomía y su coherencia intelectual. Con este fin debemos huir de los movimientos políticos cuasi religiosos e intentar que los dirigentes nos vuelvan a escuchar en vez de sólo imponer. Todos los políticos cometen errores. Los mejores son los que aciertan en las cosas más importantes y la crítica constructiva seguramente les ayudará a conseguirlo.