jueves, diciembre 08, 2011

Internet: ¿Varias aldeas o global?


Una de las ventajas de viajar, de vivir en diferentes países y de absorber la cultura y la lengua de cada uno es que te saca de la realidad virtual casi orwelliana en la que vive la mayoría de las sociedades del mundo ‘desarrollado’, y te permite ver hasta qué punto los titiriteros manipulan las mentes de los ciudadanos de sus respectivos estados.

El poder hipnótico de la telerrealidad nos hace ver el mundo con una estrechez de miras que es en absoluto compatible con los tiempos globales en los que vivimos y lo más curioso es que la llegada de Internet, con su supuesta capacidad de eliminar fronteras, acortar distancias y generar una verdadera conversación global, no ha servido para sacarnos del viejo parroquialismo del siglo XX.

La revolución de Internet se parece cada vez más a cualquier otra revolución. Ha hecho que el mundo dé un giro de 360 grados para volver exactamente a donde estaba. Pilló a las empresas y los poderes públicos desprevenidos pero estas no han tardado en ordenar la nueva casa virtual y segmentarla según las mismas barreras nacionales de antaño. Y seguirán avanzando en la misma dirección.

El comercio electrónico es, quizás, el mejor ejemplo. Tiendas como Amazon, que fueron justo los pioneros de Internet y que hace 15 años nos permitían acceder a todo un mundo de literatura con unos pocos clics del ratón, ahora intentan dividir a sus audiencias en pequeños segmentos estancos, cada uno con sus derechos y sus prohibiciones. En septiembre abrieron Amazon.es y todos pensamos que, por fin, toda esa riqueza de conocimiento estaría más cerca, y en euros. Sin embargo, ahora nos damos cuenta de que la oferta de la web española es tan limitada que la FNAC o la Casa del Libro y que si queremos aprovechar su oferta completa, tenemos que seguir contactando con la web de Estados Unidos, que comparte el mismo nombre pero que en todo lo demás es distinto. Si eres cliente premium de Amazon.es, no lo eres en Amazon.com. Si te compras el lector electrónico, Kindle, y quieres suscribirte a The Economist, no puedes. Para acceder a la versión de Estados Unidos, tienes que vivir en Estados Unidos. Para suscribirte a la versión europea, tienes que vivir en… el Reino Unido. Y para colmo, si quieres suscribirte a El País o El Mundo, tienes que acceder a la web de Estados Unidos y pagar en dólares. En España, no se venden.

Sólo se trata de un ejemplo de cómo las empresas están debilitando cada día más el sueño de construir una red realmente global para compartir conocimiento y hacer que la sociedad se vuelva cada vez más inteligente. Prefieren encasillarnos según los mismos estereotipos nacionales porque así es más fácil controlarnos. La filosofía de la escuela goebbelsiana pervive en el mundo del marketing. Un mensaje distinto para cada audiencia. Una Wikipedia que cuenta una versión de la historia a los norteamericanos, otra a los franceses y otra a los colombianos; un Yahoo! Respuestas que da respuestas distintas si eres español, francés o italiano no sirve para aumentar nuestro conocimiento sino para reforzar nuestra idiotez. Parece que la ceguera nacionalista es la única solución. Si queremos ver algún programa en el iPlayer de la BBC, tenemos que vivir en el Reino Unido. Si queremos ver los informativos de la RAI, lo siento, es sólo para los italianos. No obedece a ninguna lógica comercial. Pierden la oportunidad de abrir mercados, de vender sus programas a audiencias nuevas y de acabar con los viejos prejuicios. Pero no parece que les interese. Mientras tanto, empresas españolas como Prisa contribuyen al avance de la tecnología digital en Estados Unidos, mientras en España obligan a sus lectores a seguir leyendo el papel si no quieren cegarse con la pantalla del iPad.

Miramos a China y nos asombramos ante los esfuerzos de su gobierno de limitar el acceso de sus ciudadanos a Internet. Sin embargo, cualquier empresa occidental, si llegara a controlar Internet en su país, haría exactamente lo mismo. En democracia, la información sin filtrar es peligrosa. Da demasiado poder a los ciudadanos. Acaba con el pensamiento único de una masa anonada. Obliga a los políticos a exprimir sus sesos y responder a los verdaderos desafíos globales. En definitiva, sigue siendo una idea demasiado sediciosa y, de momento, tendrá que esperar.