viernes, septiembre 05, 2008

¿Quién necesita a los inmigrantes?

Hace dos semanas estuve de vacaciones en Roma. Nunca había estado y no sabía lo que iba a encontrar, tanto había escuchado en los últimos meses por parte de Berlusconi y sus ultras de que el país estaba inundado por una marea de inmigrantes, y de gitanos que comían sus bebes. Entonces, cual fue mi sorpresa cuando descubrí que escasamente había trabajadores extranjeros, por lo menos en comparación con ciudades españolas como Madrid o Barcelona. Las tiendas, los bares, los restaurantes, el transporte público eran casi siempre regentado por italianos. ¡Qué curioso! Por mucho que la mayoría de los trabajos sean para los italianos, el país lleva años con la economía estancada, los servicios públicos son un caos, las ciudades están sucias, el transporte es un desastre. ¿De verdad es posible que un país no funcione sin que la culpa sea de los extranjeros?

España en cambio hasta hace muy poco llevaba años creciendo, en gran parte gracias a la llegado de inmigrantes que encontraron trabajo en la construcción y los servicios, pagaban impuestos dando solución al envejecimiento de la población autóctona, y ayudaban a dinamizar la economía y crear una sociedad más abierta, más tolerante, y más diversa en todos los sentidos. Ahora la economía se estanca y la reacción de las autoridades es pagar a esa gente que tanto ha contribuido a los años gordos para que vuelva a su país de orígen.

Pero, ¿cuánto se puede equivocar? No nos engañemos. España no volverá a enriquecerse con la construcción. Demasiado grande ha sido el debacle como para que luego se permita otra burbuja inmobiliaria como la de los últimos años. Ahora las prioridades serán otras. España, como país europeo que es, no puede seguir siendo una economía 'low cost'. Como siga así, ¿quien pagará para cenar en sus restaurantes cada vez más caros y ferranizados? Tiene que promover la economía del conocimiento, la creación de empresas de alta especialización, posicionarse en la misma línea de países como Alemania, Holanda o el Reino Unido. Pero seamos realistas, esto no se va a conseguir de la noche a la mañana mediante la intervención directa del estado en la economía. En cambio, sí se puede lograr si se abre al país a gente de la más alta calificación, gente con vocación empresarial, atraída por la calidad de vida, el clima, la belleza del país, y el único factor que falta que sería una economía dinámica y las condiciones adecuadas para desarrollar su negocio en España.

Todavía son pocos los que dan el paso. Los salarios son bajos, las universidades son mediocres, el exceso de regulación les estorba. Ni siquiera se respetan sus calificaciones si las empresas de ingeniería son tan caraduras que consideran un título de la Complutense de mayor prestigio de uno del Massachussets Institute of Technology or Imperial College de Londres. Es demasiado difícil conseguir un permiso de trabajo si no eres europeo. Pero al bloquear la entrada a estos profesionales por envidia o por nacionalismo se impide la dinamización del empleo, el intercambio de conocimiento, el aumento de la competitividad de las empresas locales y la resultante modernización del país. ¿Por qué la gente más calificada termina en Canadá, en Estados Unidos o en Australia? Porque allí pueden realizar todo su potencial. En España, como en Francia, como en Italia no lo pueden. Y para España ha llegado la oportunidad de ser el primero de esos tres países en ayudarles a conseguirlo porque nunca llegará a ser la California de Europa si no impulsa la entrada a los indios, asiáticos y otros extranjeros altamente calificados con los conocimientos necesarios para crear empresas y generar empleo de calidad.